domingo, 17 de julio de 2016

ESTEREOTIPOS ROBADOS DE LOS JARDINES DE LA REPÚBLICA

Mi presente es en un pueblo tranquilo del interior. Pero hace décadas era bastante asiduo a la noche tucumana. Y si bien sabía que a la larga el folclore decantaría y pasaría a formar parte importante de mi quehacer, en ese momento las largas caminatas nocturnas y solitarias que me eran familiar me timbreaban más imágenes de Los Sonidos del Silencio de Paul Simon que alguna insinuación telúrica local. Y de esa falta de familiaridad con cierto léxico se me viene a la memoria una construcción visual que paso a contar. 
En aquella época conocí una chica que se preciaba de ser dark, under o postmoderna, según sus propias definiciones. Algunos de esos códigos eran nuevos para mí y el postmodernismo que conocía se refería a uno de los libros más célebres de mi viejo que aun se consulta sobre literatura hispanoamericana que sospecho no era la disciplina que importaba a la susodicha.

Y como esta persona trabajaba esporádicamente como gastronómica en algunos bares de moda, si yo escuchaba el término “mozas bizarras” inmediatamente su imagen se me venía a la mente. Y si bien su carácter daba “pa que la farra pueda seguir”, tampoco creo que era el estereotipo que tenía en mente Don Virgilio Carmona cuando compuso la célebre cueca-zamba que inmortalizó la negra Sosa. Y para colmo personaje raro y único con que me topé en años pero don Virgilio hace referencia a “unas cuantas” presentes en un mismo tiempo y espacio. Evidentemente hablamos de cosas distintas. 
Mi trabajo en una fábrica tradicional del interior como fue el aleccionador paso por un ingenio azucarero me acercó a cierta cultura folclórica que me resultaba esquiva en la capital, donde vivía. Así conocí la chanfaina, por ejemplo. En Simoca los sábados de feria, pero no en la feria sino cruzando la calle, en una casa de familia donde degusté la mejor comida regional, por lejos. Salíamos de trabajar 11:30am los sábados así que a las 12 ya estábamos sentados en el palier o en la sala de esta casa, donde estaban las mesas coquetas e impecables. Y eran las 3 de la tarde y seguíamos dándole al diente. Se cerraba la ceremonia con los postres regionales y para bajar todo, luego de varias botellas de ¾, el infaltable fernet con coca. Nunca una pesadez, nunca un desarreglo. Empanadas, tripa rellena, pato, cabrito, la mencionada chanfaina, chorizos de cerdo, tira de asado y muchos detalles más. Era todo rico así que pedíamos un poco de todo en lugar de un plato determinado. No terminábamos nunca. Regado bien y con pan casero. Una de las razones por las cuales entre al ingenio pesando 58kgs y para cuando renuncié pasaba los 80. Pero valió la pena. Y volviendo a la zamba, cuando menciona guitarra, bombo y violín no se refiere a Boris Belkin sino a los simoqueños. Esa escuela que lejos de apoyar el instrumento en el mentón y variar el ángulo del arco para atacar las distintas cuerdas como enseña la academia lo apoyan en la panza, el arco lo sacuden perfectamente horizontal y es el violín el que gira de un lado al otro, apoyando varias cuerdas a la vez y sacando ese sonido tan particular. Los años y las vivencias me permitieron ir entendiendo las letras y valorando cada vez más las raíces y las sensaciones de la región. Y hasta tolerar cierta discriminación intrínseca cuando la joda es “pa las del norte” y no para las otras. Tucumán se ve distinto cuando se lo mira desde el interior. Más hoy que la ciudad me impacienta y siento que me expulsa, me agrede. El presente en este pueblo se parece tanto al pasado que viví en la ciudad. El biorritmo pausado, contemplativo, el saludo hasta con los desconocidos, el tiempo ralentizado. Aquí se comprende fácil los versos referidos. Y es una manera de aferrar algo que no queremos que desaparezca.

sábado, 2 de julio de 2016

LA VÍSPERA

Era nuestro año. Egresábamos del Instituto Técnico ese 1974 y teníamos el derecho de organizar los bailes y la semana del colegio. El primer gran baile era esa noche. Y habíamos contratado a un dúo que era muy conocido entre los que oíamos música de la buena. Pero por la radio no se pasaba eso así que populares, lo que se decía populares, no eran. Un tal Charly García y su compañero Nito Mestre nos animarían la noche. Los trajimos en la primera de la Estrella del Norte, ni siquiera para pullman nos alcanzaba. Entre señoras con gallinas y paquetes improlijos de papel madera bajaron ambos, con las pestañas blancas de la tierra del viaje de 20 horas. Y caminando ladeado por una desviación de columna, el representante, Gabriel Melgarejo, enojadísimo por las
circunstancias del viaje. Yo era el vocero del curso y trataba de calmarlo. Los llevamos a almorzar a “Mi Abuela”, lo más barato que había por entonces con menú único. Luego los llevamos a San Javier donde los chicos (tenían 22 años) la pasaron bomba. Ahí me convidó Charly lo que se convirtió en el primer porro de mi vida. Ni cigarrillos fumaba ni fumé nunca. Con Melgarejo nos cruzamos varias veces en distintos recitales y terminamos muy amigos. La última vez que lo vi fue en La Falda, Córdoba, donde me presentó así, como “mi amigo” a León Gieco, el único cliente que le quedaba. A los pocos meses de eso me enteré de su muerte, arrastraba una larga enfermedad muy bien disimulada. Volviendo al relato; el país era un caldero de violencia de todo tipo, ese 1974. Y esperábamos recaudar una cifra en el baile. Algo así como 2000 chicos nos imaginábamos basados en experiencias de años anteriores. Les pedimos a los compañeros que tuvieran armas en sus casas que la lleven, para cuidar la caja. La boletería se armaba en la sala de profesores y se vendían las entradas por la ventana que daba a la calle. Para cuando comenzamos la venta la sala parecía un arsenal: armas cortas, armas largas, escopetas de 2 caños, del calibre que sea. Todo un estilo de época. La noche no ayudaba, llovizna y paro de colectivos. Debíamos favores y dineros a todo el mundo. Finalmente fueron 1400 los que abonaron religiosamente los $18 “pesos ley” de la entrada, estábamos salvados. Recuerdo a uno que se quejó del precio diciendo ¿Dieciocho? ¿Qué actúa Sandro? No tenía idea quienes eran Sui Géneris. Y junto a los plomos y el sonidista que llegaron de Bs.As. también llegó el rumor, uno que me hizo sentir un frío por la columna: el viejo había muerto. Las autoridades están decidiendo cuando anunciarlo. Todo la carne en el asador y si la noticia salía a la luz antes de tiempo era obvio que el baile y cualquier otra fiesta o celebración se suspendería. Y nos fundíamos, dicho sea de paso. Adiós gira. En ese clima actuaron Sui Géneris y su banda que eran nada menos que Juan Rodríguez en bata y Rinaldo Rafanelli en bajo, antes de que se hicieran leyenda. La noche pasó espectacular, a la mañana siguiente, domingo, pudieron desarmar todo y rajaron para la capital. El lunes, 1° de julio, anunciaban pasado el mediodía que Juan Domingo Perón había muerto. El país se paralizó. Pero la vivencia de unas horas antes no me la quitó nadie.

domingo, 5 de junio de 2016

De Memoria: RODRIGO Y LA NEGRA

Hace unos días haciendo un comentario aquí mencioné el rodrigazo del 4 de junio de 1975. Yo me acuerdo patente el momento de oírlo por la radio: iba en el auto manejando por calle Jujuy entre Piedras y Gral. Paz cuando la prendí y el ministro Celestino Rodrigo estaba pintando el panorama del país previo al anuncio de los tarifazos y al aumento del dólar. Como escribió Luis Gregorich para el guión del gran documental “La República Perdida”, que contaba que al día siguiente nos despertamos para descubrir que éramos un país pobre. 


Yo cursaba el primer año de la facultad y como el menor de todos mis primos tucumanos, hacía lo mismo que mis mayores: seguía viviendo en la casa materna, sin trabajar y estudiando. Comprendí que ya no iba a ser tan fácil ni tranquilo hacerlo. Y para peor la relación con mi madre no era de las mejores. Ese año empecé a marmolar mis estudios con trabajos esporádicos de electricidad y ni bien me desocupé de los exámenes en diciembre busqué trabajo. Eso todavía existía porque estábamos con la desocupación más baja de la historia aunque en un ambiente muy convulsionado. Conseguí a los 3 días entrar como electricista de la firma Indiana, la concesionaria de Peugeot. Lo acepté sabiendo que en 2 meses iba a tener que renunciar para seguir con mis estudios, pero me iba a permitir comprar herramientas e instrumentos para poder seguir como independiente el resto del año. Era mi primer trabajo formal, tenía 19 recién cumplidos. De ese mes y pico tengo 2 anécdotas, esta es la primera. Para no tener experiencia formal y con el título de técnico obtenido menos de un año atrás mi desempeño fue muy bueno. Reemplazaba a un laburante histórico que se retiró a las 2 semanas de entrar yo, período en el cual me transmitió todo lo que yo podía absorber. Ya solo, como el único electricista de la concesionaria, me dan a controlar un Peugeot 504, lo más nuevo de Peugeot de entonces, que tenía una sola falla, sencilla. No andaba el “sapito”. Luego del rodrigazo los autos eran un lujo, caros, difíciles de llenar el tanque y caros los repuestos. Reviso la instalación y estaba perfecta, le apunto al motorcito que bombea el agua al parabrisa. Era moderno el sistema, los sapitos de aquella época eran normalmente una ampolla de goma que operaba gracias a la fuerza del pulgar. Esto de una bombita eléctrica era un pequeño lujo. Y el motorcito era de plástico, compacto y una de las pocas cosas del 504 que era importado, lo que lo hacía absurdamente caro para la función que cumplía. Lo reviso y ahí estaba el problema. No andaba y no había manera de repararlo, se tira y se pone nuevo. Le aviso a mi jefe la novedad y me dice: “vení, te presento a la dueña y de paso le contás”. Esto era nuevo, yo no tenía casi nunca contacto con los clientes, era un obrero del taller. Todos tenían pantalón y camisa Grafa provistos por la empresa. Yo que era nuevo no los había recibido todavía así que vestía el mameluco azul que usaba en mis clases de taller del Instituto Técnico. Llego a la recepción y un par de empleados rodeaba a una señora compacta, redondita de pelo negro sentado en una silla. Me acerco con el aparatito en mi mano y levanta la vista para mirarme. Era Mercedes Sosa. Me saluda, mira el muerto en mi mano y mira al empleado administrativo que la acompañaba. Sin esperar mi explicación me dice “ya se hijo, ya me contaron, pero no puedo pagar tanto por ese arreglo, no tengo esa plata”.
Se me hizo un nudo el corazón, no estaba todavía en la situación que le conocimos años más tarde y Rodrigo nos golpeó a todos. Y en dos meses más caía el golpe más terrible de nuestra historia que, como a muchos, la obligaría a emigrar por muchos años. Tuve que colocar el motorcito de vuelta en su sitio y se llevó su 504 tal como lo trajo, sin sapito. Una metáfora de lo que se venía. Íbamos a perder todo lo que nos permitía ver más claro para sumergirnos en una larga noche de 7 años.
                                                                                                                                                                        

sábado, 4 de junio de 2016

ALÍ

Yo era chico y las conversaciones de la cena me resbalaban. Pero el nombre de Cassius Clay, como varios otros, me era familiar de tanto oírlo.
Por el contexto me hice la idea que era un político, o comentarista, o escritor. Luego lo ví en un par de entrevistas y mis sospechas se confirmaban. Hablaba picante, a pesar de 22 o 23 años toreaba lindo a los interlocutores. Después mi viejo me aclara que era boxeador. Y pocas semanas después lo alcanzo a ver en una de sus peleas. En blanco y negro pero en directo. Un trámite, movimientos ligeros y ágiles como si fuera un welter, pero tenía más de 1,90 mts y casi 100 kgs. El ocasional rival le duró solo 6 rounds. Fachero a punto de rivalizar con Sidney Poitier, el prototipo del negro galán de los 60 (todavía no existían los afroamericanos, eran negros).
Luego me enteré de su rechazo al servicio militar. No quería pelear en Vietnam, una gran controversia. Yo lo entendía y simpatizaba con su planteo. Luego, ya adulto, yo comprobaría que su resistencia era por las razones correctas. Perdió el título de campeón y me perdí un par de años de lo que sería la plenitud de su carrera. En ese lapso regresé a Argentina. La Corte Suprema de EE.UU. finalmente le daría la razón y pocos años después lo disfrutaría peleando con nuestro Oscar Ringo Bonavena, que por puro indisciplinado y torpe no llegó a campeón mundial durante el parate de Alí, luego de tenerlo al propio Frazier caminando a 4 manos por el ring 2 veces en un mismo round. Volviendo a Clay/Alí el resto de su carrera es historia conocida. Canchero, pillado, pero muy ubicado en su rol de minoría segregada y peleando por sus derechos. Su país natal lo reivindicó formalmente cuando lo eligió para encender la llama olímpica en los juegos de Atlanta 1996. Luego se inmortalizó en la pantalla en el rol interpretado por Will Smith.
En la presentación del film, un Alí ya bastante enfermo alcanzó a preguntar, con Smith parado a su lado "¿No había nadie más buenmozo que éste en todo Hollywood para hacer de mi? Como todo día en que un ídolo desaparece, este tiene su cuota de tristeza y melancolía muy acompañado por el clima. Mi más sentido homenaje.

jueves, 2 de junio de 2016

De Memoria: CASILDO

Para los que peinamos cañas y llevamos largas décadas a cuestas recordamos muy bien los padecimientos de la dictadura y la fiesta que fue el retorno de la democracia. Ese clima había inundado aquel año 1983. A medida que se acercaban las elecciones y los militares ya preparaban la retirada empezó un lento goteo de argentinos que volvían al país luego de años de exilio forzado. Y luego de las elecciones de octubre y el triunfo de Alfonsín ese goteo ya era una persistente llovizna de decenas de personajes que retornaban cada semana al país. A punto tal que los medios televisivos, radiales y gráficos dejaban apostados en Ezeiza guardias de noteros para barajar a las personalidades a medida que llegaban. Artistas como Víctor Heredia o Marilina Ross, dirigentes sindicales como Raimundo Ongaro, siempre alguno era motivo de una nota. Ese día, el 30 de noviembre, a poco del traspaso de mando, comenzó a circular por el aeropuerto el rumor que en el vuelo tal de Iberia arribaba Casildo Herreras, un histórico dirigente textil que se había fugado del país la víspera del golpe en 1976. Para cuando estaban descendiendo los pasajeros del mencionado vuelo ya los noteros hacían la guardia correspondiente, con grabadores, anotadores y lapiceras en mano. Al rato aparece el canoso dirigente y todos se le abalanzan, estallan los flashes y se disparan preguntas desordenadamente. Uno de los noteros más veteranos y con una cultura general por sobre el promedio alcanza a ver un señor caminando unos metros más atrás, lejos de los flashes. Un hombre de cara ancha, con un saco oscuro gastado y una corbata delgada abierta por las horas de viaje. Un pantalón a tono que intentaba pasar por traje. Bajaba del mismo avión. Arrastraba con dificultad su valija. El notero inmediatamente perdió todo interés por el dirigente sindical y se acercó al hombrecito con total admiración. Guardó su libretita y le extendió la mano: "Señor, es un honor saludarlo, bienvenido de regreso a la Argentina". El señor que bajaba en absoluta soledad y lejos de los flashes y las preguntas intrascendentes era nada menos que don Julio Cortázar. La Argentina en su fiesta de recuperación democrática parecía decirle que no lo necesitaba, nadie percató de su arribo, no fue invitado a ningún canal, no hizo tapa de ningún medio. De regreso en París, su patria adoptiva, moría apenas dos meses después, el 12 de febrero de 1984.

lunes, 28 de marzo de 2016

EL DIOS SURGIDO DE UNA VOTACIÓN

Entre la academia se acepta que el Evangelio más antiguo es el de Marco. Luego siguen los de Lucas y Mateo, no interesa mucho cual está primero, pero ambos inspirados bastante en el de Marco. Y el de Juan se coincide que es el más reciente. Aclaro que de ninguno hay originales. Lo manuscritos encontrados son copias de copias de copias, el más antiguo data de unos 200 años después de que fueran escritos originalmente. Los originales, a su vez, fueron escritos entre 40 y 70 años después de la desaparición de Jesús. La gran discusión que entretiene a muchos eruditos hoy es exactamente cuando Jesús de Nazaret se convierte en Dios. Dejando de lado teorías que algunas religiones yankees como los Mormones o Testigos de Jehová sostienen, ya que ninguna de ellas poseen eruditos de fuste y sus conclusiones salen de ideas caprichosas que solo ellos sostienen, es interesante analizar las opiniones de estudiosos serios en la materia, académicos en su mayoría católicos, evangelistas y agnósticos. Aclaro, para ser honesto, que entre los Testigos hubo uno de la actualidad muy versado en la Biblia llamado Greg Stafford que tuvo la osadía de defender sus ideas frente a colegas de otros credos y lo hizo con buen nivel académico. Por supuesto esto le valió la expulsión (año 2009) y como no podía ser de otra manera para un yankee de Connecticut tan propenso a los microemprendimientos, de inmediato fundó su propia religión. Algún día podemos profundizar en la teoría que sobre Jesús sostienen los Testigos.
Volvamos a Marcos. El evangelio dice en su aclaración que es la historia de Jesús, el Mesías, hijo de Dios. Pero en su contenido, al menos los primeros 8 capítulos, algo así como la mitad del libro, los protagonistas del relato (familia, vecinos, discípulos y sacerdotes) no entienden quién es Jesús. La resurrección de Jesús lo transforma en un ser divino y en esa ocasión, expresa, Marco, Dios lo adopta como su hijo y allí se convierte en una deidad. Esto es similar a otros personajes de la historia que murieron y al resucitar se hicieron una especie de dios, como Rómulo, fundador de Roma, o el propio Moisés del Antiguo Testamento. O sea, según Marco, Jesús se convierte en hijo de dios al resucitar. En Lucas y Mateo, en cambio, la divinidad de Jesús se hace presente en el momento del bautismo de Jesús, cuando se abren los cielos y baja el Espíritu Santo.
Y finalmente Juan, en su primer verso, ubica a Jesús al principio de los tiempos coexistiendo con Dios desde el vamos y se hace hombre después y es el propio Dios el que concibe a María la Virgen.


Esta tendencia cronológica de ir ubicando a la divinidad de Jesús cada vez más atrás en el tiempo según el autor del Evangelio que leamos, disparó toda una discusión durante los primeros siglos del cristianismo. Dos eruditos de Alejandría, Ario y su obispo superior Alejandro, presentaron las teorías más aceptadas para comienzos del siglo IV. Ario sostenía que Dios padre, el todo poderoso, creo a Jesús en un determinado momento del la historia y le dio su carácter divino, pero inferior en rango. Alejandro en cambio sostuvo que Dios y Jesús coexistieron siempre y con igual rango, o sea, son básicamente el mismo Dios. Estas dos interpretaciones tratan de conciliar con cierto raciocinio las contradictorias expresiones de los evangelios. En el Concilio de Nicea del año 325 se trató exclusivamente ambas interpretaciones. Y por una votación finita ganó la teoría de Alejandro. Y esa visión se volvió un Credo para el cristianismo “mainstream” que vino a continuación. En algún momento con más tiempo podemos profundizar en las corrientes de pensamiento previas a las teorías de Ario y Alejandro que son muy interesantes para comprender como se llega a esas dos propuestas zanjadas en Nicea.      

viernes, 25 de marzo de 2016

RAÚL


Mis esporádicas visitas a Buenos Aires incluyen siempre una escapada de medio día a Nueva Pompeya, emblemático barrio donde tiene el taller un entrañable amigo de tres décadas. Un colega que se dedicó casi toda su vida a la reparación de grandes motores eléctricos y de inventar o solucionar lo insolucionable. Mezquino con sus conocimientos porque sabe que ahí radica su competitividad, al poco de conocernos empezó a desburrarme generosamente porque algo mío le cayó en gracia. Imposible de dejar su pasión sigue plenamente activo a los 87 años e incursionando en nuevos desafíos permanentemente. Ahora el fuerte suyo es la fabricación y reparación de bobinas para grandes hornos de inducción, como se ve en una de las fotos. Al mediodía siempre caemos a algún restaurante de la zona que permite disfrutar de los típicos platos que hicieron célebres a los barrios porteños. Esta vez una exquisita y abundante cazuela de mariscos regada por un torrontés que me atreví a sugerir de nuestra región que estuvo perfectamente a tono con la excelente comida. Compartimos además la debilidad de los helados de postre.  
Con muchísimo para rememorar y ponernos al día. Como en una ocasión que un conflicto entre un proveedor tucumano y el Ingenio Ledesma se quiso zanjar con una reunión de “especialistas”, uno por cada parte. El proveedor tucumano me pidió si podía ser su perito de parte ya que Ledesma estaba mandando a “su” especialista para inspeccionar el trabajo en cuestión. Yo llegué una hora antes para coordinar la estrategia con el asustado empresario con la intención de ganar unos días para poder resolver una curiosa falla que no podíamos eliminar a pesar de varios intentos y modificaciones. Cuando llegó el vehículo del Ingenio y veo bajar al “especialista” no pude contener la carcajada. Era nada menos que mi entrañable amigo. Canchero, astuto, porteño de arrabal a pesar de su origen mendocino, sin siquiera mirar la máquina en cuestión me agarró del brazo, me llevó aparte y me dijo: “seguro que hiciste esto y esto, verdad? Ahí está el problema, que pelotudo que sos, y eso que sos el especialista en eso, cómo se te puede pasar?”
Sin que se le escape una insinuación sobre mi incompetencia, se dirige al dueño del taller y le dice: “necesitamos unos elementos que son indispensables para resolver esto de una buena vez, se puede encargar?”. A lo que el empresario tucumano contestó titubeante: “pida no más, le conseguiremos todo lo que necesite”. El porteño respondió “una muzza, una especial, una calabresa y 6 cervezas, con eso andaremos bien.” A partir de ahí todo fue distensión. Mientras comíamos y bebíamos los operarios iban haciendo las modificaciones en la máquina, turnándose para poder participar del convite. Para cuando la conversación ya mostraba los síntomas de los cereales fermentados, la máquina en cuestión ya funcionaba de maravillas. Mi amigo López, el Vasco Viejo como lo llamo de vez en cuando, nos lleva a un lugar reservado al empresario local y a mi y le dice: “yo esto lo hago solo porque está mi amigo Luisito de por medio. Mi intención era llevarme la máquina a Buenos Aires”.

Esta es solo una de interminables anécdotas que compartimos con Raúl López, amistad que me permitió llegar desde las minas del altiplano hasta los confines de la Patagonia. Hoy una parte de lo aprendido le retribuyo respaldando técnicamente las modificaciones e inventos que toda la vida lo hacía a puro “olfato” o prueba y error. Hoy cuenta con la colaboración de mis sofisticadas planillas de cálculo que no comparto con nadie más. No hay retiro en su horizonte. Lo vivo retando por su obstinación por el trabajo y su querido taller, único local que pudo salvar del holocausto industrial de Martínez de Hoz que lo transformó de un gran empresario en un pequeño artesano especialista, a pesar de lo cual su infraestructura y capacidad técnica supera a la de cualquier colega de nuestra región. La biología me insinúa que no lo tendré demasiado tiempo conmigo, a tiro de teléfono. Razón por la cual estas visitas se hacen cada vez más necesarias y emotivas.      

SEMANA TRAGICA

Relato libre sobre eventos desconocidos de la Semana Santa
Luis Octavo Corvalán
Marzo de 2016

Parte 1: La llegada

Simón acomodó el tronco y se sentó. Aprendió la distancia justa. Muy cerca y recibía un silencio incómodo que podía durar toda la noche. Demasiado lejos y se condenaba a un anonimato intrascendente y se perdía las novedades. Siempre había novedades. A esta distancia sabía que Jesús se largaba a hablar solo, pero sabiendo que Simón, para entonces llamado Pedro, podía escucharlo claramente. Ese diálogo indefinido, sin interlocutor establecido, fue la manera que tenía Pedro de llegar un poco más allá de las palabras destinadas a toda la tropa y poder escarbar adentro de esa mente brillante que tanto le costaba entender. 
Comenzaba a caer la noche pero quedaba tiempo para llegar a las casas de los amigos que los esperaban. Pero la decisión fue acampar afuera y entrar a la ciudad recién con las luces de la mañana. Había que cumplir algunas formas, y eso irritaba particularmente a Jesús, que había dedicado su vida adulta a violarlas. Le importaba el fondo, un mensaje, enseñanzas que rompían con siglos de costumbres que incluso como tales ya se habían distorsionado mal. 
El silencio duró algunos minutos, hasta que se escuchó el primer comentario, casi un susurro. “No va a ser fácil”, alcanzó a oír Pedro. Sabía que se refería a la jornada siguiente y los días posteriores. Jerusalén se podía, en tiempos normales. Era un pueblo bullicioso pero manejable. Pero esta semana era distinta. Con las presencia de Herodes y la de Pilatos con sus soldados, los visitantes y mercaderes que aprovechan la situación, Pedro estaba intranquilo. Muchas cosas podían salir mal. No entendía la razón, pero como tantas cosas que no entendía, aceptaba que algún motivo importante debía haber para llegar a Jerusalén justo para estas pascuas. Para mostrar que estaba compenetrado de la situación atinó a comentar: “Conseguimos el burro.”
            Alcanzó a ver de reojo como Jesús movía de un lado a otro la cabeza en señal de fastidio. Largos años de caminatas, de conocer gente, países, de ver el sufrimiento de cerca, de sentir hambre, amor y odios, se había hecho demasiado hombre. Volvía a Jerusalén después de dos décadas. Y no era ya el mismo, aquel niño que podía asombrar por sus conocimientos, recitar los libros, poner en contexto las parábolas con tan solo 12 años. Ahora eso pasó a segundo plano, incluso mucho era motivo de descarte. Talión, los muertos, el sábado, las lapidaciones. Cuanta energía errada, cuanto había por revisar, por cambiar. Quería un nuevo hombre, una buena nueva, un mundo diferente. Y de esos sueños, el burro era la menor de sus preocupaciones. Mateo era el que cuidaba esos detalles. Los consideraba hitos necesarios, para llamar la atención. Jesús en cambio los padecía. Se imaginaba que siglos entrados, la gente lo recordaría por el burro, por las palmas, por la ceremonia. Pero Jesús quería que sean sus ideas las que perduren. Y para ello el burro era un estorbo. 
            En eso llegó un mensajero. Confirmaba un dato que Jesús tenía por seguro: su madre y Magdalena ya estaban en la ciudad. Ese mensaje significaba otro más encriptado e importante: que Magdalena se había reunido con Claudia. 
Claudia Prócula, la mujer del prefecto Poncio Pilatos, era amiga de Magdalena y simpatizaba con la causa. Sabía, por su amiga, que Roma y sus autoridades no eran motivo de las enseñanzas de Jesús y no estaban bajo amenaza. Las autoridades religiosas, con Caifás a la cabeza, tenían sus motivos de preocupación. Lo que Claudia desconocía por entonces eran los negocios en común que ilegalmente mantenían su marido y Caifás, tema que estallaría unos años más tarde cortando abruptamente las carreras de ambos.
El resto de la compañía se durmió rápido y la noche ya se había cerrado haciendo desaparecer el horizonte. En la otra dirección, la silueta de la ciudad tibiamente iluminada demarcaba el límite entre el cielo y la tierra, límite que Jesús en más de una ocasión intentó relativizar. Era una de esas cosas que a Simón Pedro le costaba entender. Unos minutos más tarde miró en dirección de Jesús esperando de un momento a otro un comentario que aporte algo más de información, pero ya estaba acostado y profundamente dormido. Y ahí se le vino a la memoria nuevamente la única y breve frase que su maestro había pronunciado: “no va a ser fácil”.


Parte 2: Caifás y Poncio Pilatos

-Prefecto, lo espera Caifás.
Suspiro de fastidio.
-Espero que se haya bañado esta vez. Hacelo pasar.
Aparece vestido con todos los atributos, la capa con incrustaciones cubriendo la cabeza en una pompa innecesaria para la ocasión.
-Yusef, que alegría verte nuevamente.
-Debo esperar las Pascuas para que dignes visitarme, Poncio.
-Me dijeron mis fuentes que Cesarea queda a igual distancia de Jerusalén que Jerusalén de Cesarea.
-Eso es un rumor que generaron tus soldados, amigo. Vos tenés actividades aquí que te necesitan, yo en Cesarea solo puedo contemplar el mar y comer en exceso, en gran parte por tu culpa.
-Deberías ir ahora, tenemos arte, comercio, mujeres. Imposible aburrirte. El mundo no termina en estas murallas.
Caifás adopta un tono serio, arrima su cabeza a la del Prefecto y dice:
-Tenemos que resolver lo del Nazareno. Se está convirtiendo en un problema.
-Estoy al tanto, Yusef, pero eso es problema tuyo, no el mío.
-Pero si dejo pasar su arrebato del templo, eso afectará mis intereses. Yo recaudo de lo que allí ocurre. Y sabemos ambos que ese dinero nos es útil.
-Mirá Yusef, es cierto. Tenemos actividades que compartimos y tu aporte es ese dinero. Pero si yo dedico mi tiempo, mi poder y mis soldados para asegurar tu renta, ¿cuál es entonces tu aporte a nuestro negocio? Para eso me hago cargo del templo y recaudo yo. ¿Crees que no puedo?
-Se hace llamar el Rey de lo Judíos. Eso es intolerable, Pilatos. ¿Quién te dice que no va a ir por vos después?
-¿Venir por mí? Mirá a tu alrededor Yusef. Yo soy Roma, yo soy César. Un simple Nazareno que ni un sable porta no es amenaza para mí. Para vos, que te cagaste en las patas cuando ese Lázaro supuestamente resucitó, es un problema, no para mí.
-Estamos juntos en mucho, Poncio. Vos me necesitás para terminar el acueducto. Contás con mi dinero, y es mi pellejo el que se arriesga entregando esos fondos que le pertenecen al templo. Yo creo en tu palabra que los fondos vendrán de Roma el año entrante y podré reponer, pero soy yo el que está expuesto.
-Yo pude haberte despedido y haber nombrado un nuevo sacerdote, como hicieron los cuatro que me precedieron. Pero te mantuve ahí porque te creía un tipo razonable y me prometiste colaboración. Y que mantendrías tranquilo a tus seguidores. ¿Recordás el escándalo de las estatuas? Tus hordas me persiguieron hasta Cesarea y rodearon mi casa más de una semana. No ordené a mis soldados que los maten porque soy un tipo razonable. Y por suerte uno de esos tuvo la brillante idea de parlamentar y llegamos a un acuerdo. Retiré los símbolos de Roma para no ofenderlos y la cosa terminó ahí. Eso fue hace 5 años. Si por unos símbolos de mierda reaccionaron así, imaginate si ahora mato a uno de sus ídolos. Solo para darte el gusto, tranquilizarte. No me involucraré en tus asuntos. Si para vos es un problema, resolvelo con tu gente, con tus tribunales, no me importa. Roma no tomará cartas en este asunto, no durante las Pascuas. Tengo pocos soldados, demora semanas o un mes recibir refuerzos de Siria. No me compliqués la vida.
-Está bien. No pelearé contigo. Voy a ver que puedo hacer con mi gente. Pero al menos te pido la colaboración de media docena de soldados armados si decidimos detenerlo, anda siempre con un grupo de al menos 10 seguidores, a veces más.
-Eso ya lo dispones, pero no me lo arriesgues en situaciones desfavorables. Si vas a detenerlo, esperá a que quede solo.
-Gracias. Ahí le dejé a tu asistente dos vasijas de un vino como la gente, no ese vinagre que te traen de Grecia.
-¿No será ese vino que tu amigo el Nazareno fabrica de apuro, como me contó Claudia?
Mientras Caifás se alejaba preocupado se alcanzó a oír la carcajada de Poncio Pilatos que celebraba su propia ocurrencia. 


Parte 3: La misión de Judas

-¿Por qué ahora, Jesús?
-Es la hora Judas, ya es tiempo.
-Pero no entiendo por qué tiene que ser de esta manera.
-Te soy sincero, amigo, yo tampoco tengo claro por qué. Esta parte no es mi lucha, pero es mi destino.
-¿Y cual era la lucha, entonces?
-Lo anterior. Los pueblos, los caminos polvorientos, los pobres, los enfermos, las largas charlas. Eso era lo mío. Era lo nuestro.
-Sigo sin entender por qué estamos aquí, por qué te fascina Jerusalén.
-¿Fascinarme? Jerusalén es conflicto, es guerra, es muerte. Pasarán los siglos y dentro de estas murallas nos seguiremos matando. Yo estuve aquí de niño, por última vez. Tenía 12 años y tuve que huir como un criminal. Apenas pude despedirme de mi madre. Pasaron 20 años hasta que tuve el estómago para volver. Y lo más probable que no salga vivo de esta. No es fascinación precisamente, Judas. Y a vos también te estoy condenando, amigo del alma. Lamentablemente sos el único que puede comprender la tragedia que nos acecha. Pedro ni entiende lo que hablo, si no fuera por Marcos que le explica todo. Los demás les falta mucho. Van a entender, pero no en estas horas.
            Apoyando la mano en el hombro de Judas, Jesús continua:
-Tenés la complejidad que necesito para la dura misión que te toca. Vas a ir al centro mismo de la muerte y les dirás exactamente donde encontrarme. No puede pasar de mañana.
-No me van a creer, la traición es muy obvia.
-Diles que lo haces por dinero. Toda traición cierra con dinero. Ahí te creerán.
-Lo haré porque creo en la confianza que depositaste en mí. No es a mí al que creo, creo en tu sabiduría. Tampoco entiendo, pero lo haré. Y es a pesar que la misión que me pides excede en largo mi capacidad.
-¡¡Mi misión excede mi capacidad!!- bramó Jesús. -No entiendo lo que viene, solo sé que es mi misión. Tengo dudas, tengo miedo. Pero es lo que debe ser. Todos vamos a entender después, cuando estemos del otro lado. Debes creer en esto Judas, tus amigos te abandonarán, te repudiarán, pero yo estaré a tu lado. 

            En la planta alta de la casa estaban todos reunidos. Hacía mucho que no estaban cómodos, sentados, compartiendo una cena en una mesa. La charla era distendida, festiva. Jesús estaba, sin embargo, bastante callado, para variar la costumbre. Y Judas Iscariote sumido en un preocupado silencio. Antes de que los vinos hicieran efecto, Jesús habló:
-Hemos venido un largo camino hasta aquí. Han sido buenos y persistentes en este ministerio. Me han acompañado incluso en situaciones que sé que no entendieron. Esto que estuve haciendo ustedes lo aprendieron, lo asimilaron. Quiero que continúen con esta tarea cuando yo no esté.
-Maestro, ¿nos vas a dejar?
-Se acerca la hora en que debo regresar. Pero me quedo en cada uno de ustedes. Miren este pan que estamos compartiendo, tomen un pedazo cada uno y al comerlo están comiendo una parte mía. Vean esto como una comunión de todos nosotros. Una manera de concluir en un solo cuerpo, una sola idea. Ese es nuestro poder, el poder de la iglesia, de nuestra comunidad. Aquí comienza un nuevo tiempo, y son ustedes los encargados de llevar este mensaje a los confines del mundo. Que este vino sea mi sangre, que fluirá en cada uno de ustedes. Que con mi muerte se derramará, y de esa manera todos renaceremos a un nuevo mundo. Vinimos para cambiar, para terminar con la historia y empezar una nueva vida y construir un mundo diferente.
            Todos miraban asombrados, sabiendo que algo importante estaba por ocurrir. Solo Judas miraba la mesa, sin decir una palabra, sin levantar la vista. Jesús viendo su inacción se levantó violentamente y se dirigió hacia él. Judas se incorporó sobresaltado imaginando una agresión inminente. Jesús lo toma de la túnica, a la altura del cuello y mirándolo a los ojos le dice en voz baja pero con agresión:
-Hermano, vos tenés algo que hacer. Y lo que tienes que hacer, hazlo ahora.
            Judas tenía los ojos humedecidos, pero antes que se hiciera más evidente, dio la vuelta y se marchó.
            Todos quedaron en silencio mirando a Jesús, que permanecía de pie con la vista en la puerta abierta y la oscuridad de la noche de Jerusalén que nada bueno auguraba.


Parte 4: Olivos

            Avanzaba la noche en el Jardín de los Olivos. Sobre el cantar de los grillos solo se percibía a la distancia los ronquidos de algunos de los seguidores. Andrés, Bartolomeo, Pedro, todos que se habían comprometido a la vigilia.
-Padre, aquí estoy cumpliendo tu palabra, no la mía- recitaba Jesús.
-Vine al mundo por tu voluntad, recorrí países, aprendí a ser hombre, a sufrir. El hombre con todas sus limitaciones, sus bondades, su miseria, su dolor y su hambre. Vi gente pecar no por mala sino por no tener alternativa. Son producto de tu plan, son tu creación. Yo pasé por las mismas tribulaciones. Aquí estoy, estamos, cumpliendo tus deseos. Conozco lo que se viene, y me pesa como ningún peso que tuve. Es un rol el que cumplo, sin siquiera entender completamente su significado.
            Un largo silencio iba acompañado de gruesas gotas de sudor que al caer eran sudor pero al impactar el suelo era sangre. Por primera vez Jesús estaba sumido en un mar de dudas y profunda soledad. Como si lo hubieran empujado a un escenario desconocido, hostil.
-Te pido Padre si hay algo que puedas hacer para sacarme de encima esta pesada carga. No sé si estoy preparado para lo que me espera. Si tan solo hubiera otra manera.
            Los grillos y ronquidos empezaron a ser sobrepasados por el sonido de botas y cadenas que se acercaban a través del bosque. Antorchas iluminaban los metálicos rostros de soldados y un sacerdote que los acompañaba. Se detuvieron a pocos pasos de Jesús, que se incorporó.
            Apareciendo detrás de los soldados, Judas Iscariote se abre paso y acercándose a Jesús le susurra trémulo al oído:
-Aquí estoy Maestro, como me lo pediste.
-Hermano Judas, te pedí la más cruel de las asignaciones y cumpliste. Conmigo estás en paz y perdóname por hacerte compartir este suplicio.
            Terminado el silente intercambio, Judas lo besa en la mejilla.    

            A los pocos instantes el séquito se alejaba llevándolo a Jesús consigo. Judas quedó mirando la escena con gruesas lágrimas que bañaban su rostro. En su mano derecha aferraba un pequeño saco de monedas. Fue lo último que vio. Uno de los soldados que permaneció oculto se le acercó por la espalda, rodeó su cuello con una cuerda y la ajustó hasta que Judas, sin aire, se desplomó. Temprano a la mañana siguiente lo encontraron colgando de la rama de un árbol, con la misma cuerda todavía aferrada a su cuello.    

Bibliografía:
- El Evangelio de Marcos
-El Evangelio de Lucas
-El Evangelio de Juan
-El Evangelio de Judas Iscariote
-El Evangelio de Felipe
-Tito Flavio Josefo - Las Antigüedades de los Judíos
-Filo de Alejandría - Obras Completas
-Bart D. Erhman - Did Jesus Exist? - 2012
-Bart D. Erhman - Studies in the Textual Criticism of the New Testament - 2006
-Bargil Pixner - With Jesus in Jerusalem - 1996

sábado, 5 de marzo de 2016

LA TUMBA ERRONEA DE DI CAPRIO

Cuando James Cameron concibió su romántica Titanic, bautizó a su protagonista Jack Dawson. Y para ubicarlo en el gran barco sin dejar registro lo hace ganar el pasaje de tercera clase a Nueva York a escasos minutos de la partida en un juego de naipes entre apostadores compulsivos. Así se suma a una trama que culminaría en el célebre hundimiento y en su propia muerte. 
En 1912 la catástrofe del Titanic fue, como no podía ser de otra manera, una noticia de impacto mundial. Los sobrevivientes, unos 700 de una partida de más de 2200 almas, fueron rescatados por el barco Carpatia, como todos recuerdan si vieron la peli. Pero el día 18 de abril, algo más de 48 horas de producida la tragedia, y por pedido del gobierno británico, desde Halifax, capital de la provincia canadiense de Nova Scotia y ciudad más próxima al lugar de la tragedia, parten dos barcos menores al sitio del hundimiento con intención de recoger la mayor cantidad de cadáveres posibles para su correcto entierro y/o devolución a los familiares que así lo reclamen. De las más de 1500 víctimas estos dos barcos recuperaron solo 450 cadáveres. Unos 150 fueron inhumados en el mar mismo, demasiado mutilados por efecto del frío y los animales acuáticos y con la intención de evitar angustias mayores a los familiares. Los restantes, algo más de 300, fueron llevados a Halifax. Se los numeró en forma correlativa. Los que fueron reclamados por la familia se enviaron a Londres, USA y otros países. Pero 123 no fueron reclamados por su familia y aun hoy permanecen enterrados en el cementerio de Halifax. Entre las tumbas de las víctimas del Titanic hay una identificada con el número 227 y el nombre "J. Dawson". Desde el estreno de la película de Cameron esta tumba siempre tiene flores y mensajes. Durante un par de años fue todo un revuelo de fanáticas que visitaban diariamente la tumba del supuesto héroe de la historia.
El personaje realmente enterrado ahí era uno de los trabajadores del depósito de carbón, esos que trabajan paleando bajo la línea de flotación y son reclutados apenas unos días antes de zarpar, de a decenas, a tal punto que, para no demorar el trámite solo piden la inicial de su nombre antes del apellido. "J" en la tumba y en el carnet de afiliado que permitió identificar a la infortunada víctima representa "Joseph" o Joe, y no Jack, como el personaje de di Caprio. No creo que sus pesadas tareas en el barco por los m

jueves, 21 de enero de 2016

CUARTO PISO

Relato Veraniego

Se despertó a una hora indefinida. El fuerte olor a limpio de la sábana le resultó extraño. La oscuridad total solo aportaba al desconcierto. Estaba en la bodega de un barco, en una cama por primera vez en dos meses, pero no lo recordaba. Lo más concreto que tenía para aferrarse a la realidad era el sueño que había tenido hace instantes. Era la recreación exacta de lo vivido 72 horas antes. Estaba en el monte, como llamaban a la loma, parapetado tras unas rocas, a pocos metros de la guarida excavada en el duro terreno y que había sido su hogar todo ese tiempo. Su grupo era la última línea de defensa. Si caían, sería solo cuestión de horas para que Puerto Argentino vuelva a manos del invasor. Pero se tenía confianza. No era un simple conscripto, era un infante de marina. El y sus compañeros venían de dos años de instrucción, bien entrenados, alimentados y bien pertrechados. Mira infrarroja, fusil de mayor calibre y alcance que el enemigo. Lo pudo ver avanzar en la noche con bastante anticipación. Si tan solo los miles de otros soldados desplegados en las islas hubieran tenido su formación, seguridad en si mismo y su entrenamiento, la guerra ya se habría ganado. Esa noche, recreada por flashes desordenados en su sueño, había herido al menos a tres, quizá uno muerto. Luego de la derrota, ya rendido y sin su arma, tuvo que desfilar frente al enemigo. A diferencia de la mayoría, disimulaba su agotamiento y caminaba erguido, miraba de frente, orgulloso de estar ileso y sabiendo que su uniforme infundía respeto entre la tropa enemiga.  Recuperado de la desorientación inicial, se sabía en el barco que lo estaba llevando a la Isla de Ascensión. Sentado en la cama y en la oscuridad, decidió que la Marina sería su vida. Nada de volver al mundo civil. Había encontrado su vocación, había estado en batalla, se había ganado el respeto del enemigo, de sus compañeros y había descubierto una autoestima que nunca antes había sentido. El regresaba con sus compañeros, los que sobrevivieron, como parte de un ejército derrotado. Pero en esa oscuridad absoluta, en medio del Atlántico, él tenía una sensación de triunfo personal que no se atrevía a compartir.
Los años venideros fueron tumultuosos para las fuerzas armadas. Pero él se encerró en su profesionalismo. Respetado en la fuerza por su desempeño en Malvinas, su porte intimidante y su capacidad de aprender, al poco tiempo ya era un oficial de carrera que vivía sin excesos pero cómodamente, de su vocación.

Una noche de junio de 1982 había visto la muerte cara a cara, había estado en batalla con un enemigo formidable. Las luces de la mañana todavía lo encontraron resistiendo cuando llegó la orden de replegarse. Todo lo que vino después le resultaba liviano. Sentía que la vida transcurría sin esfuerzo alguno, que era intocable, que estaba un poco por encima del resto. Y por su actividad iba siempre acompañado por su arma. Una distinta a la usada esa noche, pero arma al fin. Ya era una parte suya.
Ahora ya arrimándose a cumplir 30, con mujer y una hija, tenía todo para sentirse pleno. Solo el contexto, el país, dejaba mucho que desear. Había retornado la democracia hace varios años pero todo era difícil. El se mantuvo al margen de los conflictos carapintadas. Se encerró en su profesionalismo y en la cadena de mandos. No le gustaba la política. Tampoco quería saber nada que lo identifiquen con la dictadura. El había cumplido los 22 en Malvinas y desde ahí arrancaba su historia, al menos eso pretendía. No se consideraba un “héroe de Malvinas” como decían algunos. Combatiente, se definía. Tampoco excombatiente. Si la patria lo requería, estaba preparado para el combate. Por eso no aceptaba lo de excombatiente.
Ese verano decidió tomarse una vacaciones en serio. Pequeño burguesas le hubieran parecidos a sus ex compañeros de la secundaria. Merecidas, pensaba él. Depto de 3 ambientes en Mar del Plata. Segunda quincena. La primera noche, con su mujer e hija ya dormidas luego del largo viaje y un par de horas en la playa, decide quedar despierto un buen rato más. Con el living-comedor a oscuras, abre la ventana y se sienta con medio cuerpo afuera. Enciende un cigarrillo y le invade una sensación de realización. Lo había logrado. Una ambición modesta, una vocación que le permitía vivir de lo que le gustaba, una familia, casa en un barrio y un auto. No le faltaba nada, y antes de cumplir los 30.
Justamente desde la ventana, donde fumaba tranquilo, orgulloso, podía ver cuatro pisos más abajo, cerca de la esquina, el techo de su auto. Un 504 bastante nuevo, no cero kilómetro, pero muy decente. El techo verde metalizado brillaba, a pesar de estar algo sucio, bajo el amarillo intenso de la lámpara. Llevaba ya un rato contemplando el auto, detalle que cerraba el panorama exitoso que había construido en su cabeza, cuando ve acercarse una persona. Inmediatamente le llama la atención. Se acerca a la puerta del conductor, mira disimuladamente a ambos lados, y saca del bolsillo algo que comienza a introducir en la cerradura.
En un instante desaparece la imagen pasiva y de catálogo que había construido en su cabeza retornó el monte, el casco, el enemigo, las balas trazantes, los años de entrenamiento, el enemigo, la guerra, el enemigo. Instantes muy breves pero transcurridos como en una cámara lenta interminable. Mientras el cigarrillo caía al piso del living con la misma mano tomaba su arma que llevaba en el cinto, a su espalda. Sin decir una palabra (eso es de policías, no de soldados), apuntó al intruso que a todo esto alcanzó a abrir la puerta del auto y disparó tres veces. Seguidos, secos, acompasados. El hombre se desplomó sobre la calle. El marino se largó escaleras abajo los 4 pisos y en menos de un minuto estaba en la calle. Ya había varios curiosos a la vuelta del hombre que le impidieron verlo de inmediato. Pero si pudo ver el auto. Había algo extraño, las ruedas, el paragolpes, algo le resultaba poco familiar. Levantando la vista lo ve. Auto de por medio, más cerca de la esquina, alcanza a reconocer su Peugeot 504, estacionado, tranquilo, intacto. Mismo color pero un poco más viejo que el auto estacionado con la puerta abierta. A la par, el hombre tendido, muerto, con su llavero todavía en la mano.  


(inspirado en una noticia real)      

jueves, 7 de enero de 2016

DESESPERADA POR TUS GOLPES

SOBRE LA PELI FIFTY SHADES OF GREY
            Esta frase del título pertenece a mi entrañable amigo y hermano Luis Albornoz. Y se refiere con ironía y sorna a esa cultura de objetivizar a la mujer, como los deplorables programas de Tinelli y tanta revista del corazón que hace de cómplice, y la aceptación de ese rol asignado por algunas mujeres. El motivo de estas líneas me traerá más dolores de cabeza que mis opiniones políticas, si eso fuera posible. Hace un par de noches pude ver (en casa y por descuido) el film “50 shades of Grey”, nombre complicado de traducir pero que literalmente quiere decir “50 sombras de grises” y que solo cobra sentido si el apellido del protagonista y el nombre del imperio que posee fuera “Grises”.
            Daré crédito por ignorancia al libro, cuyos lectores manifiestan superior a la película. Pero el concepto central no debe diferir demasiado. El film tiene una impecable fotografía en interiores, deja bastante que desear en tomas externas. Los protagonistas son de segundo orden y se nota claramente. En un tema tan delicado las expresiones pasarían a un primer plano y lo gestual debería trascender a un libreto pobre por donde se lo mire. Pero no estamos hablando de grandes nombres y el director no dispone de ese lenguaje o directamente no lo percibe. De haberlo hecho hubiera afilado el lápiz a la hora del casting. Esto en cuanto a lo técnico.
            Ahora pasemos al mensaje. Aquí hay una celebración grosera del poder adquisitivo y encima de esa incorrección (desde mi punto de vista) va como aderezo la transformación de la mujer en un simple capricho pasajero. El personaje masculino es una amalgama perfecta de Ricardo Arjona y Mauricio Macri, parafraseando al primero. Un hombre, joven ideal de 27 años soltero y multimillonario, tiene caprichos que solo se entienden en su condición de tal. Un empleado provincial categoría 14 recibiría una merecida bofetada con solo insinuar alguno de los caprichos que se le toman en serio a este individuo de ficción. Un hombre que vive ejerciendo el poder de manera discrecional gracias a su posición de dominio dentro de su propio imperio solo se excita si puede trasladar ese dominio absoluto al plano sexual. Y para ello necesita una partenaire que acepte todas sus condiciones, que como buen empresario, las expresa en forma de contrato.
            La frustración que me transmite no pasa ni por asomo por la impunidad y la demostración de capacidad adquisitiva del protagonista que transciende cómodamente lo material, sino por la complicidad que recibe por parte del personaje femenino, que accede por curiosidad y placer a asumir un rol del que estoicamente algunos tratamos de evitar para este género tan maltratado históricamente. Y que tanto libro como película haya tenido el éxito que tuvo entre el público femenino me hace pensar que los avances de las ideas son más lentos que lo supuesto. Que en pleno siglo XXI se intente demostrar algún tipo de valor a este juego de sumisión y mostrarlo como una transgresión progresista tipo libertad sexual dan ganas de gritar “Torquemada volvé, te perdonamos”. Ya no se si sueno anticuado o demasiado moderno. Pero mi conclusión es esta: una mala película de un peor concepto.         

domingo, 27 de septiembre de 2015

La Muerte de San José. Jesús y Dios, ¿un solo corazón?

Es clásico en los evangelios el faltante de toda mención a Jesús por un largo período que, cual exilio de Perón, dura unos 18 años. La última mención de la juventud es a los 12 años y el famoso berrinche en el Templo. Luego aparece para un lavado de cabeza con Juan el Bautista aproximadamente a sus 30 años. Nada se menciona en el medio. Por sus discursos y su actividad se puede deducir que anduvo por oriente, ya que muchas de sus enseñanzas se parecen más a las ideas que circulaban en India por entonces que las del Antiguo Testamento y las costumbres hebreas. Poner la otra mejilla es uno de tantos ejemplos que contrastan con las anécdotas de los libros del Antiguo Testamento, cargadas con venganzas de todo tipo.
En uno de los evangelios ocultos, esos que no llegaron a integrar el Nuevo Testamento, se menciona, sin embargo, una aparición de Jesús intempestiva en medio de ese período del que los 4 evangelios no hacen mención alguna. Y es cuando don José muere. No recuerdo cual evangelio (perdí el libro prologado por Borges) pero probablemente haya sido el Protoevangelio de Santiago, escrito cerca del año 150 y del que se conocen más de 140 manuscritos. Cuenta que José llevaba ya un período largísimo de tiempo muy enfermo y ya estaba agonizando. Cuando Jesús llega se da con un cuadro típico de un enfermo terminal de aquellos tiempos. A la familia rodeando al enfermo esperando el desenlace se sumaban en este caso un séquito de ángeles que revoloteaban por la habitación sin saber que hacer, ya que se trataba nada menos que del padre terrenal de Jesús, el ungido. Esta indefinición por parte de estos personajes subalternos del cielo enviados para aparentemente acompañar el alma de José al otro mundo, explicaba la eterna agonía de José que no moría de una vez a pesar de su irremediable condición. Jesús, al hacerse presente, habla con José, hace las paces y se despide. Luego, dirigiéndose a los ángeles, les dice que está todo bien y que porsigan con su tarea. Al cabo de este episodio José muere y se va al cielo.
Aquí aparecen una serie de señales muy curiosas que merecen señalar. A pesar que algunos creyentes no les guste, voy a expresar lo que yo saco de este episodio. Jesús, como mencioné antes, tiene una formación que choca de bruces con algunas leyes del Antiguo Testamento. Hay un conflicto que subyace a lo largo de los relatos con su padre, el Dios de la Biblia. Lo que se lee entre líneas el genial José Saramago lo hace explícito en su formidable ficción “El Evangelio según Jesucristo”. Aquí hay una resistencia a lo largo del relato de Jesús de aceptar su rol de carne de cañón para el perdón de los pecados del hombre. No comprende su rol y se resiste a él. En los evangelios blanqueados, en particular en el de Juan, hay un episodio muy dramático que deja al descubierto este conflicto y transcurre minutos antes de ser detenido Jesús, en el Monte de los Olivos cuando pide sin rodeos al padre que le “saque este peso de encima”. No quiere ese rol para él. Y en el episodio de José hay una muestra más de esta diferencia: Jesús no es Dios. Jesús, al igual que Hércules y otros personajes de la antigüedad que fueron producto de la cruza de un dios y un humano, no es lo mismo que el dios, es otro personaje. El erudito de la Universidad de Princeton Bart Erhman justamente dedica un libro a explicar cuando Jesús se convierte en Dios. Esto pasa más de un siglo después de estos eventos. Mientras tanto, durante su vida, todo hace pensar que Jesús era una persona y muy diferente a su padre. Y él conserva en la tierra una cuota de poder que es respetada o al menos temida por el piquete de ángeles que no se animan a llevarse el alma de José sin su consentimiento. La muerte de José queda así documentada en este evangelio y Jesús interrumpe su famosa desaparición de 18 años al hacerse presente en ese momento. La primera vez que lo leí me hice la fantasía que Jesús promediaba sus 20 cuando muere José, pero investigando más tarde de otras fuentes aparentemente ocurre muy próximo a su reaparición, cerca de sus 30.

Unos quince siglos después, María de Jesús de Ágreda (1602-1665-foto), una monja española, un buen día empezó a escribir una monumental obra de cuatro tomos con la historia de María, la madre de Jesús. Esta obra, según esta monja, fue dictada en sueños por la propia protagonista, convirtiendo este largo relato en la autobiografía de María, para los que creen en ella. Sin entrar a cuestionar la validez del documento, la mera historia del mismo y su existencia conforman un hermoso e intrigante contexto que invita a la lectura. El texto fue reconocido por Papas y teólogos a lo largo de estos cuatro siglos. Y a mí lo que más me impresionó es que esta monja del siglo XVII, sin gran erudición ni acceso a los evangelios ocultos de los primeros siglos, relata con detalle lo que pasó a conocerse como la “alegre muerte de San José”. Cuenta como José estuvo ocho años cargando su enfermedad, sus conversaciones con la familia, la aparición de Jesús y los diálogos con su padre. También destaca la presencia de los ángeles y el estado dubitativo de los mismos. El problema lo soluciona el propio Jesús en términos muy parecidos a los relatados en el evangelio, pero aquí con diálogos y situaciones más detalladas. Ambos relatos sobre la muerte, tan distanciados en tiempo y espacio, asombran por la superposición de la situación. A su muerte, José contaba con 108 años, esto en sintonía con el Evangelio de Felipe y otros relatos como las del propio Santiago. Los detalles de como José, ya anciano, termina a cargo de la joven María, además de estar detallados en estos Evangelios, aparece reproducida en el Corán.  A los curiosos les sugiero que busquen las lecturas, tanto de los Evangelios Apócrifos como “La Mística Ciudad de Dios”, como se llama la obra de la Venerable Sor María de Jesús de Ágreda, como pasó a ser conocida María Coronel de Arana, su nombre de nacimiento. Yo confieso que estas lecturas me apasionan más que Games of Thrones o el Señor de los Anillos que tanto furor hacen en la actualidad. Yo tengo mis dudas y respeto tanto a los que creen como a los que piensan que todo esto es pura fábula. Pero la mera posibilidad que algo de esto haya ocurrido ya es motivo de un sano asombro que me resisto a abandonar.        

sábado, 11 de julio de 2015

LETRAS DE MOLDE


El aplomo de los años me permitió, paradójicamente, disfrutar mi niñez, desde la distancia. Crecí rodeado de libros, entre otras cosas. Y me doy cuenta que antes de aprender a leer y escribir, aprendí a escribir a máquina. Mi viejo tenía su oficina. Un cuarto grande, enfrentado con el living. La casa, una construcción magnífica de 1812, en Canadá, frente al Río San Lorenzo. En esos años la declararon monumento histórico. Cuando él estaba en la Universidad, dando clases, yo entraba a su estudio, agarraba una hoja de papel, indefectiblemente amarilla, la colocaba en su máquina de escribir y comenzaba a teclear aleatoriamente. Tenía 4 años. En esa época no había fotocopiadoras y Octavio, cada vez que escribía algo que le interesaba, colocaba carbónico y hacía al menos una copia en simultáneo con el original. Lo vi escribir hasta por quintuplicado. Y por eso tenía resmas de hojas blancas y otras amarillas para las copias. Esas eran las mías. Trababa la máquina, enredaba la cinta, la rebobinaba sin ningún sentido, dejaba mis dedos manchados de tinta por toda la cubierta gris de la Royal que tuvo por años. Hoy el destino la puso en mis manos. Aun funciona. Importantes libros sobre literatura hispano americana se escribieron con esa máquina. Cuando aparecieron las primeras letras en la escuela, ya me eran familiares. Mi mundo escrito empezó de molde. Eran las familiares, la de la máquina. Mis hermanas que me llevaban algunos años, escribían en cursiva. Algo absolutamente incomprensible para mí. Veía sus cuadernos y me parecían garabatos escritos en una línea continua, sin solución de continuidad. No relacionaba esas líneas largas llenas de curvas con mis conocidas letras de molde que estaban todas separadas, una de otra. Preguntaba qué era eso y ambas me contestaban “son deberes”. Cuando quedaba solo, agarraba cuadernos en blanco y garabateaba cualquier cosa en cada hoja, con la excusa de estar haciendo “deberes”. No relacionaba eso para nada con la “escritura”.  
            Para cuando aprendí el abecedario y como escribir las palabras, ya estaba ducho en escribir a máquina. Mis primeros escritos y breves relatos eran indefectiblemente hechos con la Royal. En papel amarillo.
            Cuando mi viejo estaba en casa, mi actividad se desarrollaba por los otros rincones. No había que molestar, me daba cuenta sin que nadie me lo explicara. Los sonidos de mi infancia, como esas célebres grabaciones de Janis Joplin de 1963, transcurrían con el rítmico teclear de la máquina de escribir de fondo. Mi viejo no me enseñó a escribir, pero no le hizo falta. El solo convivir con esa costumbre de leer y escribir absolutamente todos los días que él tenía, por gusto y por profesión, debe haber penetrado por mis poros por años. Un buen día, debe haber sido allá por mediado de los 80, luego de 30 años de estar leyendo cosas, apareció ese impulso por escribir. Recuerdo una tarea por encargo. Escribir un análisis de 10 hojas sobre un libro a elección, pero que trate algún tema económico. Empecé con cierto entusiasmo, leyendo, investigando. En el proceso cambié de libro, luego se fue sumando el material, el tema me absorbió y terminé escribiendo un libro de investigación de 60 páginas. Y desde entonces no pude parar. Nada demasiado serio, ni largo, ni muy concreto. Algunos libros técnicos, sin editar, historias sin terminar, cientos de artículos, comentarios, anécdotas. Hago padecer a mis amigos del FB con algunos, otros van directo a mis blogs, la mayoría descansan en una carpeta de “Escritos Propios” que se replican en mis notebooks y discos rígidos de respaldo. Por eso, digo, de viejo puedo apreciar lo crucial que fueron mis primeros, primerísimos años, esos previos a cualquier jardín o primaria, cuando deambulaba aburrido por casa en los largos meses del crudo invierno canadiense, rodeado de libros que no podía aun leer, teniendo papel y máquina de escribir para escribir lo que nadie podría entender, escuchando Ray Charles, Harry Belafonte, Perry Como y Elvis Presley, entre otros. Realmente para cuando desperté al mundo, tenía el rumbo correcto largamente establecido. Lástima el tiempo que me llevó valorarlo en toda su dimensión.