jueves, 7 de enero de 2016

DESESPERADA POR TUS GOLPES

SOBRE LA PELI FIFTY SHADES OF GREY
            Esta frase del título pertenece a mi entrañable amigo y hermano Luis Albornoz. Y se refiere con ironía y sorna a esa cultura de objetivizar a la mujer, como los deplorables programas de Tinelli y tanta revista del corazón que hace de cómplice, y la aceptación de ese rol asignado por algunas mujeres. El motivo de estas líneas me traerá más dolores de cabeza que mis opiniones políticas, si eso fuera posible. Hace un par de noches pude ver (en casa y por descuido) el film “50 shades of Grey”, nombre complicado de traducir pero que literalmente quiere decir “50 sombras de grises” y que solo cobra sentido si el apellido del protagonista y el nombre del imperio que posee fuera “Grises”.
            Daré crédito por ignorancia al libro, cuyos lectores manifiestan superior a la película. Pero el concepto central no debe diferir demasiado. El film tiene una impecable fotografía en interiores, deja bastante que desear en tomas externas. Los protagonistas son de segundo orden y se nota claramente. En un tema tan delicado las expresiones pasarían a un primer plano y lo gestual debería trascender a un libreto pobre por donde se lo mire. Pero no estamos hablando de grandes nombres y el director no dispone de ese lenguaje o directamente no lo percibe. De haberlo hecho hubiera afilado el lápiz a la hora del casting. Esto en cuanto a lo técnico.
            Ahora pasemos al mensaje. Aquí hay una celebración grosera del poder adquisitivo y encima de esa incorrección (desde mi punto de vista) va como aderezo la transformación de la mujer en un simple capricho pasajero. El personaje masculino es una amalgama perfecta de Ricardo Arjona y Mauricio Macri, parafraseando al primero. Un hombre, joven ideal de 27 años soltero y multimillonario, tiene caprichos que solo se entienden en su condición de tal. Un empleado provincial categoría 14 recibiría una merecida bofetada con solo insinuar alguno de los caprichos que se le toman en serio a este individuo de ficción. Un hombre que vive ejerciendo el poder de manera discrecional gracias a su posición de dominio dentro de su propio imperio solo se excita si puede trasladar ese dominio absoluto al plano sexual. Y para ello necesita una partenaire que acepte todas sus condiciones, que como buen empresario, las expresa en forma de contrato.
            La frustración que me transmite no pasa ni por asomo por la impunidad y la demostración de capacidad adquisitiva del protagonista que transciende cómodamente lo material, sino por la complicidad que recibe por parte del personaje femenino, que accede por curiosidad y placer a asumir un rol del que estoicamente algunos tratamos de evitar para este género tan maltratado históricamente. Y que tanto libro como película haya tenido el éxito que tuvo entre el público femenino me hace pensar que los avances de las ideas son más lentos que lo supuesto. Que en pleno siglo XXI se intente demostrar algún tipo de valor a este juego de sumisión y mostrarlo como una transgresión progresista tipo libertad sexual dan ganas de gritar “Torquemada volvé, te perdonamos”. Ya no se si sueno anticuado o demasiado moderno. Pero mi conclusión es esta: una mala película de un peor concepto.         

No hay comentarios:

Publicar un comentario