SOBRE LA PELI FIFTY SHADES OF GREY
Esta frase del título pertenece a mi entrañable amigo y hermano Luis Albornoz. Y se refiere con ironía
y sorna a esa cultura de objetivizar a la mujer, como los deplorables programas
de Tinelli y tanta revista del corazón que hace de cómplice, y la aceptación de
ese rol asignado por algunas mujeres. El motivo de estas líneas me traerá más
dolores de cabeza que mis opiniones políticas, si eso fuera posible. Hace un
par de noches pude ver (en casa y por descuido) el film “50 shades of Grey”,
nombre complicado de traducir pero que literalmente quiere decir “50 sombras de
grises” y que solo cobra sentido si el apellido del protagonista y el nombre
del imperio que posee fuera “Grises”.
Daré crédito
por ignorancia al libro, cuyos lectores manifiestan superior a la película.
Pero el concepto central no debe diferir demasiado. El film tiene una impecable
fotografía en interiores, deja bastante que desear en tomas externas. Los
protagonistas son de segundo orden y se nota claramente. En un tema tan
delicado las expresiones pasarían a un primer plano y lo gestual debería
trascender a un libreto pobre por donde se lo mire. Pero no estamos hablando de
grandes nombres y el director no dispone de ese lenguaje o directamente no lo
percibe. De haberlo hecho hubiera afilado el lápiz a la hora del casting. Esto
en cuanto a lo técnico.
Ahora
pasemos al mensaje. Aquí hay una celebración grosera del poder adquisitivo y
encima de esa incorrección (desde mi punto de vista) va como aderezo la
transformación de la mujer en un simple capricho pasajero. El personaje
masculino es una amalgama perfecta de Ricardo Arjona y Mauricio Macri, parafraseando
al primero. Un hombre, joven ideal de 27 años soltero y multimillonario, tiene
caprichos que solo se entienden en su condición de tal. Un empleado provincial
categoría 14 recibiría una merecida bofetada con solo insinuar alguno de los
caprichos que se le toman en serio a este individuo de ficción. Un hombre que
vive ejerciendo el poder de manera discrecional gracias a su posición de
dominio dentro de su propio imperio solo se excita si puede trasladar ese
dominio absoluto al plano sexual. Y para ello necesita una partenaire que
acepte todas sus condiciones, que como buen empresario, las expresa en forma de
contrato.
La
frustración que me transmite no pasa ni por asomo por la impunidad y la
demostración de capacidad adquisitiva del protagonista que transciende cómodamente
lo material, sino por la complicidad que recibe por parte del personaje
femenino, que accede por curiosidad y placer a asumir un rol del que estoicamente
algunos tratamos de evitar para este género tan maltratado históricamente. Y
que tanto libro como película haya tenido el éxito que tuvo entre el público
femenino me hace pensar que los avances de las ideas son más lentos que lo
supuesto. Que en pleno siglo XXI se intente demostrar algún tipo de valor a
este juego de sumisión y mostrarlo como una transgresión progresista tipo
libertad sexual dan ganas de gritar “Torquemada volvé, te perdonamos”. Ya no se
si sueno anticuado o demasiado moderno. Pero mi conclusión es esta: una mala película
de un peor concepto.

No hay comentarios:
Publicar un comentario