Semblanza muy personal
Pasada la
polvareda que todo acontecimiento intenso levanta, podemos ver de nuevo con
cierta claridad el paisaje de emociones y vivencias que queda diáfano en
nuestras almas.
En el apacible
invierno de 1965 lo conocí, por decirlo, por primera vez en mi vida conciente,
ya que mis primeros dos años de vida convividos con la familia en Tucumán no se
fijaron en mi disco rígido. Todo era nuevo y me parecía estar volviendo unas
décadas a un período previo a mi existencia. Un Tucumán tranquilo, con calles céntricas
semi desiertas durante largas horas al día, los naranjos acompañando las
veredas, el paso regular del tranvía, el almacén de la esquina con el queso
Chubut.
Recuerdo
entrar por primera vez a la casa de la calle Chacabuco ,
el saludo de Pupa, inconfundible por su parecido con mi madre, y un poco más
atrás, mi tío. Una pulcritud y elegancia totalmente desconocidas para mí,
viniendo yo del imperio de las sombras y la chabacanería. Un
porte que era imposible no relacionar con el Clark Gable de “Lo que el viento
se llevó” mezclado con esa picaresca latina del Vittorio Gassman en “Perfume de Mujer”, vocabulario incluido.
Rodeado de patios amplios con parras, mamparas clásicas multicolores y un
camisaco color crema que con los años me traía a la mente los personajes de las
novelas de Hemmingway, Giulio había entrado en mi vida por una extraña puerta
ancha, ancha de cariño, admiración y sentido de pertenencia. Mucho de esto tuvo
que ver con un sentimiento de haber encontrado mi “lugar en el mundo”, a pesar de
las notables diferencias en comodidades, avances tecnológicos y de comunicación
que había en el Tucumán de los año 60 respecto de los grandes países del
norte donde había pasado mis breves pero intensos años previos.
Con el tiempo
y mi regreso definitivo a la Argentina tres años más tarde, pude disfrutarlo en
toda su dimensión. Sin un perfil formativo definido, en general me sorprendía
por su “criterio”, una cualidad que hasta el día de hoy valoro en extremo,
particularmente por su escasez. Luego fui descubriendo el origen de su
policromática cultura, amplia y al mismo tiempo alejada de la academia y los
pergaminos. Tenía la costumbre de prestar atención. Se interesaba legítimamente
por temas y actividades que les eran ajenos y escuchaba con una atención
intensa y respetuosa para cada tanto acotar simplemente su clásico “notable”,
que reflejaba su auténtica capacidad de asombro. Esa costumbre por si sola era
suficiente para distinguirlo de la media y explicar su enorme abanico de puntos
de vista, vivencias, opiniones y talento para adaptarse a las más diversas
actividades. Con la misma prestancia que podía atender una farmacia en el turno
noche podía desempeñarse como funcionario al frente de una importante
repartición. Y los vaivenes de la vida que lo sacudieron igual o más que al
resto de los argentinos no le arrebató lo que considero uno de los mayores
aportes que nos hizo a los que lo rodeamos: su sentido del humor. Una
característica que de alguna manera misteriosa logró trascender a su muerte,
para asombro de los deudos que lo despedíamos en Tucumán.
Yo que recién
lo comencé a tratar a sus 45 años, tengo innumerables anécdotas que no solo son
amenas o desopilantes, también muchas que son profundas y que marcaron esos
hitos en la vida que al unirse permiten trazar y explicar el derrotero de
nuestra formación.
Sus relatos de
juventud me asombraban y podía permanecer horas escuchando esas historias de
play boys venidos a menos con Juan
Carlos Fagalde por la Buenos Aires de los años 40. Sus “physiques du
rol” daban para imaginarlos integrados a una época clásica de bodegones y
tango, con gabardinas empeñadas y trasnoches de finales inciertos, champagne y
rouge incluidas.
No coincidir
con algunas costumbres de la época e incluso usarlas de ejemplo de lo que no
hay que hacer, no me impidieron verlas con un dejo de sana envidia y cariño.
Principalmente por carecer por completo del ingrediente indispensable para toda
condena: la mala intención.
Una vez en el
colegio, yo recién andaba por tercer año, Giulio estaba al frente de la
Dirección de Turismo de la
provincia. El centro de estudiantes estaba organizando un
recital muy importante para el cierre de la semana del colegio y alguien
sugirió buscar apoyo oficial. Me ofrecí interceder ante el pariente para ver
que se podía lograr. Nos recibió en su lujoso despacho una tarde ya oscurecida
y luego de escucharnos nos hizo una descripción muy detallada de las funciones
de su repartición. Tenía la capacidad de resolver esa paradoja tan compleja
para los especialistas en protocolo: podía permanecer formal pero sin caer en
ningún tipo de acartonamiento. Como la lógica señala, nos fuimos con las manos
vacías, ya que no era el ámbito para la gestión nuestra. A la salida yo
esperaba de las autoridades del Centro algún reproche por el tiempo perdido,
pero para mi sorpresa todos se arrimaron a darme la mano para felicitarme por
“mi tío”. Esa era la comprobación para mí que esa impronta que emanaba con
tanta intensidad no era impactante solo para los allegados, sino que era
perceptible hasta para un grupo de adolescentes rebeldes que tenían su cabeza
en otra cosa. Como diría él: “notable”. Luego en la vida pude comprobar
innumerables veces esa admiración que provocaba tanto en encumbrados
empresarios o dirigentes como en los empleados temporarios del Centro Azucarero
que alguna vez dirigió.
A los 17 años
yo había terminado de cursar el 5º año del Técnico y en el taller ese año
desarmamos y volvimos a armar un motor a explosión y pude entender el
funcionamiento del embrague y la caja de cambios. Y para entonces había visto
manejar innumerables kilómetros a mi padre, y en menor medida a mis compañeros
de barrio y colegio que ya usaban el auto de la familia. Yo jamás me
había sentado formalmente detrás de un volante. En la navidad de ese año, hablo
de 1973, se me ocurrió, después de la medianoche, pedirle el auto a Giulio para
ir a buscar a mi novia. Sin dudarlo un instante me extendió las llaves. Y a pesar
de haber tenido una dolorosa experiencia con Giulito unas pocas navidades
atrás. Tomé el auto conciente de la responsabilidad del momento y del gesto de
confianza depositado en mis breves años y nula experiencia. Comencé a manejarlo
extrapolando los conocimientos teóricos propios y las habilidades ajenas.
Busqué a mi novia y una pareja amiga, paseamos por el centro en una noche
lluviosa y cálida quedando yo como un duque con vehículo, dejé los cuerpitos
sanos y salvos en sus casas y regresé el auto intacto. Era la primera vez que
manejaba. ¿Cómo no guardar esos recuerdos, esos “días ejemplares” al decir de
Walt Whitman? Podría seguir por largas páginas relatando situaciones parecidas:
su fiesta de los 50 años, los veranos en Totoral, los asados en la calle Chacabuco ,
las caminatas por Buenos Aires…
Algunos
conflictos muy personales que se extendieron por interminables años lo
encontraron parado en el lado equivocado de la historia, como se estila decir
ahora, pero mucho más valioso para mí fue su reconocimiento y la capacidad de
rectificación que le dieron la estatura definitiva y el lugar privilegiado que
terminó ocupando en mi vida. En cada momento importante que me tocó vivir a
partir de entonces, en que estuvo presente, siempre encontró el momento para
apartarse del resto y dirigir unas palabras muy personales y que siempre resultaban
de una profundidad tal que hacían destacar el momento y dejarlo grabado en la
memoria.
La
trascendencia que para mí es el mejor logro de una vida, la alcanzó con creces.
Y esto es solo una visión muy personal. Pero no tengo dudas que las personas que
tuvo cerca tienen miles de recuerdos y vivencias similares y más ricas que las
pocas comentadas aquí. Por suerte lo pude disfrutar, al igual que a Pupa, por
largos años. En mi último encuentro con él, se dedicó a darme una precisa y
detallada reseña de su vida nueva en Buenos Aires, que me sorprendió al
mostrarme lo intacto que permanecía esa cualidad que destaqué al principio: el
criterio. Era absolutamente conciente de estar viviendo una buena vida dentro
de esa realidad limitada por sus achaques y por haber perdido la compañera de
toda una vida. Sé por eso, por ese relato en primera persona, que tuvo una vida
plena y gozó de su familia, de su pasado y presente, hasta sus últimos
alientos. Y eso no es poca cosa. Hoy se me dio por recordarlo de esta manera, y
no quise dejar pasar el sentimiento sin dejarlo por escrito. Esta noche
levantaré un vaso de Borgoña en honor a su vida y a su lograda posteridad que
nos permite tenerlo presente por siempre.
Luis O. Corvalán
Enero de 2013.
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