martes, 15 de enero de 2013

Giulio


Semblanza muy personal

Pasada la polvareda que todo acontecimiento intenso levanta, podemos ver de nuevo con cierta claridad el paisaje de emociones y vivencias que queda diáfano en nuestras almas.
En el apacible invierno de 1965 lo conocí, por decirlo, por primera vez en mi vida conciente, ya que mis primeros dos años de vida convividos con la familia en Tucumán no se fijaron en mi disco rígido. Todo era nuevo y me parecía estar volviendo unas décadas a un período previo a mi existencia. Un Tucumán tranquilo, con calles céntricas semi desiertas durante largas horas al día, los naranjos acompañando las veredas, el paso regular del tranvía, el almacén de la esquina con el queso Chubut.
Recuerdo entrar por primera vez a la casa de la calle Chacabuco, el saludo de Pupa, inconfundible por su parecido con mi madre, y un poco más atrás, mi tío. Una pulcritud y elegancia totalmente desconocidas para mí, viniendo yo del imperio de las sombras y la chabacanería. Un porte que era imposible no relacionar con el Clark Gable de “Lo que el viento se llevó” mezclado con esa picaresca latina del Vittorio Gassman en  “Perfume de Mujer”, vocabulario incluido. Rodeado de patios amplios con parras, mamparas clásicas multicolores y un camisaco color crema que con los años me traía a la mente los personajes de las novelas de Hemmingway, Giulio había entrado en mi vida por una extraña puerta ancha, ancha de cariño, admiración y sentido de pertenencia. Mucho de esto tuvo que ver con un sentimiento de haber encontrado mi “lugar en el mundo”, a pesar de las notables diferencias en comodidades, avances tecnológicos y de comunicación que había en el Tucumán de los año 60 respecto de los grandes países del norte donde había pasado mis breves pero intensos años previos.
Con el tiempo y mi regreso definitivo a la Argentina tres años más tarde, pude disfrutarlo en toda su dimensión. Sin un perfil formativo definido, en general me sorprendía por su “criterio”, una cualidad que hasta el día de hoy valoro en extremo, particularmente por su escasez. Luego fui descubriendo el origen de su policromática cultura, amplia y al mismo tiempo alejada de la academia y los pergaminos. Tenía la costumbre de prestar atención. Se interesaba legítimamente por temas y actividades que les eran ajenos y escuchaba con una atención intensa y respetuosa para cada tanto acotar simplemente su clásico “notable”, que reflejaba su auténtica capacidad de asombro. Esa costumbre por si sola era suficiente para distinguirlo de la media y explicar su enorme abanico de puntos de vista, vivencias, opiniones y talento para adaptarse a las más diversas actividades. Con la misma prestancia que podía atender una farmacia en el turno noche podía desempeñarse como funcionario al frente de una importante repartición. Y los vaivenes de la vida que lo sacudieron igual o más que al resto de los argentinos no le arrebató lo que considero uno de los mayores aportes que nos hizo a los que lo rodeamos: su sentido del humor. Una característica que de alguna manera misteriosa logró trascender a su muerte, para asombro de los deudos que lo despedíamos en Tucumán.
Yo que recién lo comencé a tratar a sus 45 años, tengo innumerables anécdotas que no solo son amenas o desopilantes, también muchas que son profundas y que marcaron esos hitos en la vida que al unirse permiten trazar y explicar el derrotero de nuestra formación.
Sus relatos de juventud me asombraban y podía permanecer horas escuchando esas historias de play boys venidos a menos con Juan Carlos Fagalde por la Buenos Aires de los años 40. Sus “physiques du rol” daban para imaginarlos integrados a una época clásica de bodegones y tango, con gabardinas empeñadas y trasnoches de finales inciertos, champagne y rouge incluidas.
No coincidir con algunas costumbres de la época e incluso usarlas de ejemplo de lo que no hay que hacer, no me impidieron verlas con un dejo de sana envidia y cariño. Principalmente por carecer por completo del ingrediente indispensable para toda condena: la mala intención.
Una vez en el colegio, yo recién andaba por tercer año, Giulio estaba al frente de la Dirección de Turismo de la provincia. El centro de estudiantes estaba organizando un recital muy importante para el cierre de la semana del colegio y alguien sugirió buscar apoyo oficial. Me ofrecí interceder ante el pariente para ver que se podía lograr. Nos recibió en su lujoso despacho una tarde ya oscurecida y luego de escucharnos nos hizo una descripción muy detallada de las funciones de su repartición. Tenía la capacidad de resolver esa paradoja tan compleja para los especialistas en protocolo: podía permanecer formal pero sin caer en ningún tipo de acartonamiento. Como la lógica señala, nos fuimos con las manos vacías, ya que no era el ámbito para la gestión nuestra. A la salida yo esperaba de las autoridades del Centro algún reproche por el tiempo perdido, pero para mi sorpresa todos se arrimaron a darme la mano para felicitarme por “mi tío”. Esa era la comprobación para mí que esa impronta que emanaba con tanta intensidad no era impactante solo para los allegados, sino que era perceptible hasta para un grupo de adolescentes rebeldes que tenían su cabeza en otra cosa. Como diría él: “notable”. Luego en la vida pude comprobar innumerables veces esa admiración que provocaba tanto en encumbrados empresarios o dirigentes como en los empleados temporarios del Centro Azucarero que alguna vez dirigió.
A los 17 años yo había terminado de cursar el 5º año del Técnico y en el taller ese año desarmamos y volvimos a armar un motor a explosión y pude entender el funcionamiento del embrague y la caja de cambios. Y para entonces había visto manejar innumerables kilómetros a mi padre, y en menor medida a mis compañeros de barrio y colegio que ya usaban el auto de la familia. Yo jamás me había sentado formalmente detrás de un volante. En la navidad de ese año, hablo de 1973, se me ocurrió, después de la medianoche, pedirle el auto a Giulio para ir a buscar a mi novia. Sin dudarlo un instante me extendió las llaves. Y a pesar de haber tenido una dolorosa experiencia con Giulito unas pocas navidades atrás. Tomé el auto conciente de la responsabilidad del momento y del gesto de confianza depositado en mis breves años y nula experiencia. Comencé a manejarlo extrapolando los conocimientos teóricos propios y las habilidades ajenas. Busqué a mi novia y una pareja amiga, paseamos por el centro en una noche lluviosa y cálida quedando yo como un duque con vehículo, dejé los cuerpitos sanos y salvos en sus casas y regresé el auto intacto. Era la primera vez que manejaba. ¿Cómo no guardar esos recuerdos, esos “días ejemplares” al decir de Walt Whitman? Podría seguir por largas páginas relatando situaciones parecidas: su fiesta de los 50 años, los veranos en Totoral, los asados en la calle Chacabuco, las caminatas por Buenos Aires…
Algunos conflictos muy personales que se extendieron por interminables años lo encontraron parado en el lado equivocado de la historia, como se estila decir ahora, pero mucho más valioso para mí fue su reconocimiento y la capacidad de rectificación que le dieron la estatura definitiva y el lugar privilegiado que terminó ocupando en mi vida. En cada momento importante que me tocó vivir a partir de entonces, en que estuvo presente, siempre encontró el momento para apartarse del resto y dirigir unas palabras muy personales y que siempre resultaban de una profundidad tal que hacían destacar el momento y dejarlo grabado en la memoria.
La trascendencia que para mí es el mejor logro de una vida, la alcanzó con creces. Y esto es solo una visión muy personal. Pero no tengo dudas que las personas que tuvo cerca tienen miles de recuerdos y vivencias similares y más ricas que las pocas comentadas aquí. Por suerte lo pude disfrutar, al igual que a Pupa, por largos años. En mi último encuentro con él, se dedicó a darme una precisa y detallada reseña de su vida nueva en Buenos Aires, que me sorprendió al mostrarme lo intacto que permanecía esa cualidad que destaqué al principio: el criterio. Era absolutamente conciente de estar viviendo una buena vida dentro de esa realidad limitada por sus achaques y por haber perdido la compañera de toda una vida. Sé por eso, por ese relato en primera persona, que tuvo una vida plena y gozó de su familia, de su pasado y presente, hasta sus últimos alientos. Y eso no es poca cosa. Hoy se me dio por recordarlo de esta manera, y no quise dejar pasar el sentimiento sin dejarlo por escrito. Esta noche levantaré un vaso de Borgoña en honor a su vida y a su lograda posteridad que nos permite tenerlo presente por siempre.

Luis O. Corvalán
Enero de 2013.

        

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