Para los que peinamos cañas y llevamos largas décadas a cuestas recordamos muy bien los padecimientos de la dictadura y la fiesta que fue el retorno de la democracia. Ese clima había inundado aquel año 1983. A medida que se acercaban las elecciones y los militares ya preparaban la retirada empezó un lento goteo de argentinos que volvían al país luego de años de exilio forzado. Y luego de las elecciones de octubre y el triunfo de Alfonsín ese goteo ya era una persistente llovizna de decenas de personajes que retornaban cada semana al país. A punto tal que los medios televisivos, radiales y gráficos dejaban apostados en Ezeiza guardias de noteros para barajar a las personalidades a medida que llegaban. Artistas como Víctor Heredia o Marilina Ross, dirigentes sindicales como Raimundo Ongaro, siempre alguno era motivo de una nota. Ese día, el 30 de noviembre, a poco del traspaso de mando, comenzó a circular por el aeropuerto el rumor que en el vuelo tal de Iberia arribaba Casildo Herreras, un histórico dirigente textil que se había fugado del país la víspera del golpe en 1976. Para cuando estaban descendiendo los pasajeros del mencionado vuelo ya los noteros hacían la guardia correspondiente, con grabadores, anotadores y lapiceras en mano. Al rato aparece el canoso dirigente y todos se le abalanzan, estallan los flashes y se disparan preguntas desordenadamente. Uno de los noteros más veteranos y con una cultura general por sobre el promedio alcanza a ver un señor caminando unos metros más atrás, lejos de los flashes. Un hombre de cara ancha, con un saco oscuro gastado y una corbata delgada abierta por las horas de viaje. Un pantalón a tono que intentaba pasar por traje. Bajaba del mismo avión. Arrastraba con dificultad su valija. El notero inmediatamente perdió todo interés por el dirigente sindical y se acercó al hombrecito con total admiración. Guardó su libretita y le extendió la mano: "Señor, es un honor saludarlo, bienvenido de regreso a la Argentina". El señor que bajaba en absoluta soledad y lejos de los flashes y las preguntas intrascendentes era nada menos que don Julio Cortázar. La Argentina en su fiesta de recuperación democrática parecía decirle que no lo necesitaba, nadie percató de su arribo, no fue invitado a ningún canal, no hizo tapa de ningún medio. De regreso en París, su patria adoptiva, moría apenas dos meses después, el 12 de febrero de 1984.
jueves, 2 de junio de 2016
lunes, 28 de marzo de 2016
EL DIOS SURGIDO DE UNA VOTACIÓN
Entre la academia se acepta que el Evangelio más
antiguo es el de Marco. Luego siguen los de Lucas y Mateo, no interesa mucho
cual está primero, pero ambos inspirados bastante en el de Marco. Y el de Juan
se coincide que es el más reciente. Aclaro que de ninguno hay originales. Lo
manuscritos encontrados son copias de copias de copias, el más antiguo data de
unos 200 años después de que fueran escritos originalmente. Los originales, a
su vez, fueron escritos entre 40 y 70 años después de la desaparición de Jesús.
La gran discusión que entretiene a muchos eruditos hoy es exactamente cuando
Jesús de Nazaret se convierte en Dios. Dejando de lado teorías que algunas
religiones yankees como los Mormones o Testigos de Jehová sostienen, ya que
ninguna de ellas poseen eruditos de fuste y sus conclusiones salen de ideas
caprichosas que solo ellos sostienen, es interesante analizar las opiniones de
estudiosos serios en la materia, académicos en su mayoría católicos,
evangelistas y agnósticos. Aclaro, para ser honesto, que entre los Testigos
hubo uno de la actualidad muy versado en la Biblia llamado Greg Stafford que
tuvo la osadía de defender sus ideas frente a colegas de otros credos y lo hizo
con buen nivel académico. Por supuesto esto le valió la expulsión (año 2009) y
como no podía ser de otra manera para un yankee de Connecticut tan propenso a
los microemprendimientos, de inmediato fundó su propia religión. Algún día
podemos profundizar en la teoría que sobre Jesús sostienen los Testigos.
Volvamos a Marcos. El evangelio dice en su
aclaración que es la historia de Jesús, el Mesías, hijo de Dios. Pero en su
contenido, al menos los primeros 8 capítulos, algo así como la mitad del libro,
los protagonistas del relato (familia, vecinos, discípulos y sacerdotes) no
entienden quién es Jesús. La resurrección de Jesús lo transforma en un ser
divino y en esa ocasión, expresa, Marco, Dios lo adopta como su hijo y allí se
convierte en una deidad. Esto es similar a otros personajes de la historia que
murieron y al resucitar se hicieron una especie de dios, como Rómulo, fundador
de Roma, o el propio Moisés del Antiguo Testamento. O sea, según Marco, Jesús
se convierte en hijo de dios al resucitar. En Lucas y Mateo, en cambio, la
divinidad de Jesús se hace presente en el momento del bautismo de Jesús, cuando
se abren los cielos y baja el Espíritu Santo.
Y finalmente Juan, en su primer verso, ubica a
Jesús al principio de los tiempos coexistiendo con Dios desde el vamos y se
hace hombre después y es el propio Dios el que concibe a María la Virgen.
Esta tendencia cronológica de ir ubicando a la
divinidad de Jesús cada vez más atrás en el tiempo según el autor del Evangelio
que leamos, disparó toda una discusión durante los primeros siglos del
cristianismo. Dos eruditos de Alejandría, Ario y su obispo superior Alejandro,
presentaron las teorías más aceptadas para comienzos del siglo IV. Ario
sostenía que Dios padre, el todo poderoso, creo a Jesús en un determinado
momento del la historia y le dio su carácter divino, pero inferior en rango.
Alejandro en cambio sostuvo que Dios y Jesús coexistieron siempre y con igual
rango, o sea, son básicamente el mismo Dios. Estas dos interpretaciones tratan
de conciliar con cierto raciocinio las contradictorias expresiones de los
evangelios. En el Concilio de Nicea del año 325 se trató exclusivamente ambas
interpretaciones. Y por una votación finita ganó la teoría de Alejandro. Y esa
visión se volvió un Credo para el cristianismo “mainstream” que vino a
continuación. En algún momento con más tiempo podemos profundizar en las
corrientes de pensamiento previas a las teorías de Ario y Alejandro que son muy
interesantes para comprender como se llega a esas dos propuestas zanjadas en
Nicea.
viernes, 25 de marzo de 2016
RAÚL
Mis esporádicas visitas a Buenos Aires incluyen siempre una
escapada de medio día a Nueva Pompeya, emblemático barrio donde tiene el taller
un entrañable amigo de tres décadas. Un colega que se dedicó casi toda su vida
a la reparación de grandes motores eléctricos y de inventar o solucionar lo
insolucionable. Mezquino con sus conocimientos porque sabe que ahí radica su
competitividad, al poco de conocernos empezó a desburrarme generosamente porque
algo mío le cayó en gracia. Imposible de dejar su pasión sigue plenamente
activo a los 87 años e incursionando en nuevos desafíos permanentemente. Ahora
el fuerte suyo es la fabricación y reparación de bobinas para grandes hornos de
inducción, como se ve en una de las fotos. Al mediodía siempre caemos a algún
restaurante de la zona que permite disfrutar de los típicos platos que hicieron
célebres a los barrios porteños. Esta vez una exquisita y abundante cazuela de
mariscos regada por un torrontés que me atreví a sugerir de nuestra región que
estuvo perfectamente a tono con la excelente comida. Compartimos además la
debilidad de los helados de postre.
Con muchísimo para rememorar y ponernos al día. Como en una
ocasión que un conflicto entre un proveedor tucumano y el Ingenio Ledesma se
quiso zanjar con una reunión de “especialistas”, uno por cada parte. El
proveedor tucumano me pidió si podía ser su perito de parte ya que Ledesma
estaba mandando a “su” especialista para inspeccionar el trabajo en cuestión.
Yo llegué una hora antes para coordinar la estrategia con el asustado
empresario con la intención de ganar unos días para poder resolver una curiosa
falla que no podíamos eliminar a pesar de varios intentos y modificaciones.
Cuando llegó el vehículo del Ingenio y veo bajar al “especialista” no pude
contener la carcajada. Era nada menos que mi entrañable amigo. Canchero,
astuto, porteño de arrabal a pesar de su origen mendocino, sin siquiera mirar
la máquina en cuestión me agarró del brazo, me llevó aparte y me dijo: “seguro
que hiciste esto y esto, verdad? Ahí está el problema, que pelotudo que sos, y
eso que sos el especialista en eso, cómo se te puede pasar?”
Sin que se le escape una insinuación sobre mi incompetencia,
se dirige al dueño del taller y le dice: “necesitamos unos elementos que son
indispensables para resolver esto de una buena vez, se puede encargar?”. A lo
que el empresario tucumano contestó titubeante: “pida no más, le conseguiremos
todo lo que necesite”. El porteño respondió “una muzza, una especial, una
calabresa y 6 cervezas, con eso andaremos bien.” A partir de ahí todo fue
distensión. Mientras comíamos y bebíamos los operarios iban haciendo las
modificaciones en la máquina, turnándose para poder participar del convite.
Para cuando la conversación ya mostraba los síntomas de los cereales fermentados,
la máquina en cuestión ya funcionaba de maravillas. Mi amigo López, el Vasco
Viejo como lo llamo de vez en cuando, nos lleva a un lugar reservado al
empresario local y a mi y le dice: “yo esto lo hago solo porque está mi amigo
Luisito de por medio. Mi intención era llevarme la máquina a Buenos Aires”.
Esta es solo una de interminables anécdotas que compartimos
con Raúl López, amistad que me permitió llegar desde las minas del altiplano
hasta los confines de la Patagonia. Hoy una parte de lo aprendido le retribuyo
respaldando técnicamente las modificaciones e inventos que toda la vida lo
hacía a puro “olfato” o prueba y error. Hoy cuenta con la colaboración de mis
sofisticadas planillas de cálculo que no comparto con nadie más. No hay retiro
en su horizonte. Lo vivo retando por su obstinación por el trabajo y su querido
taller, único local que pudo salvar del holocausto industrial de Martínez de
Hoz que lo transformó de un gran empresario en un pequeño artesano
especialista, a pesar de lo cual su infraestructura y capacidad técnica supera
a la de cualquier colega de nuestra región. La biología me insinúa que no lo
tendré demasiado tiempo conmigo, a tiro de teléfono. Razón por la cual estas
visitas se hacen cada vez más necesarias y emotivas.
SEMANA TRAGICA
Relato libre sobre eventos
desconocidos de la Semana Santa
Luis Octavo
Corvalán
Marzo de 2016
Parte 1: La
llegada
Simón
acomodó el tronco y se sentó. Aprendió la distancia justa. Muy cerca y recibía
un silencio incómodo que podía durar toda la noche. Demasiado lejos y se
condenaba a un anonimato intrascendente y se perdía las novedades. Siempre
había novedades. A esta distancia sabía que Jesús se largaba a hablar solo,
pero sabiendo que Simón, para entonces llamado Pedro, podía escucharlo
claramente. Ese diálogo indefinido, sin interlocutor establecido, fue la manera
que tenía Pedro de llegar un poco más allá de las palabras destinadas a toda la
tropa y poder escarbar adentro de esa mente brillante que tanto le costaba
entender.
Comenzaba a caer la noche pero quedaba tiempo para llegar a las casas de los amigos que los esperaban. Pero la decisión fue acampar afuera y entrar a la ciudad recién con las luces de la mañana. Había que cumplir algunas formas, y eso irritaba particularmente a Jesús, que había dedicado su vida adulta a violarlas. Le importaba el fondo, un mensaje, enseñanzas que rompían con siglos de costumbres que incluso como tales ya se habían distorsionado mal.
El silencio duró algunos minutos, hasta que se escuchó el primer comentario, casi un susurro. “No va a ser fácil”, alcanzó a oír Pedro. Sabía que se refería a la jornada siguiente y los días posteriores. Jerusalén se podía, en tiempos normales. Era un pueblo bullicioso pero manejable. Pero esta semana era distinta. Con las presencia de Herodes y la de Pilatos con sus soldados, los visitantes y mercaderes que aprovechan la situación, Pedro estaba intranquilo. Muchas cosas podían salir mal. No entendía la razón, pero como tantas cosas que no entendía, aceptaba que algún motivo importante debía haber para llegar a Jerusalén justo para estas pascuas. Para mostrar que estaba compenetrado de la situación atinó a comentar: “Conseguimos el burro.”
Comenzaba a caer la noche pero quedaba tiempo para llegar a las casas de los amigos que los esperaban. Pero la decisión fue acampar afuera y entrar a la ciudad recién con las luces de la mañana. Había que cumplir algunas formas, y eso irritaba particularmente a Jesús, que había dedicado su vida adulta a violarlas. Le importaba el fondo, un mensaje, enseñanzas que rompían con siglos de costumbres que incluso como tales ya se habían distorsionado mal.
El silencio duró algunos minutos, hasta que se escuchó el primer comentario, casi un susurro. “No va a ser fácil”, alcanzó a oír Pedro. Sabía que se refería a la jornada siguiente y los días posteriores. Jerusalén se podía, en tiempos normales. Era un pueblo bullicioso pero manejable. Pero esta semana era distinta. Con las presencia de Herodes y la de Pilatos con sus soldados, los visitantes y mercaderes que aprovechan la situación, Pedro estaba intranquilo. Muchas cosas podían salir mal. No entendía la razón, pero como tantas cosas que no entendía, aceptaba que algún motivo importante debía haber para llegar a Jerusalén justo para estas pascuas. Para mostrar que estaba compenetrado de la situación atinó a comentar: “Conseguimos el burro.”
Alcanzó a ver de reojo como Jesús
movía de un lado a otro la cabeza en señal de fastidio. Largos años de
caminatas, de conocer gente, países, de ver el sufrimiento de cerca, de sentir
hambre, amor y odios, se había hecho demasiado hombre. Volvía a Jerusalén
después de dos décadas. Y no era ya el mismo, aquel niño que podía asombrar por
sus conocimientos, recitar los libros, poner en contexto las parábolas con tan
solo 12 años. Ahora eso pasó a segundo plano, incluso mucho era motivo de
descarte. Talión, los muertos, el sábado, las lapidaciones. Cuanta energía
errada, cuanto había por revisar, por cambiar. Quería un nuevo hombre, una
buena nueva, un mundo diferente. Y de esos sueños, el burro era la menor de sus
preocupaciones. Mateo era el que cuidaba esos detalles. Los consideraba hitos
necesarios, para llamar la atención. Jesús en cambio los padecía. Se imaginaba
que siglos entrados, la gente lo recordaría por el burro, por las palmas, por
la ceremonia. Pero Jesús quería que sean sus ideas las que perduren. Y para
ello el burro era un estorbo.
En eso llegó un mensajero.
Confirmaba un dato que Jesús tenía por seguro: su madre y Magdalena ya estaban
en la ciudad. Ese mensaje significaba otro más encriptado e importante: que
Magdalena se había reunido con Claudia. Claudia Prócula, la mujer del prefecto Poncio Pilatos, era amiga de Magdalena y simpatizaba con la causa. Sabía, por su amiga, que Roma y sus autoridades no eran motivo de las enseñanzas de Jesús y no estaban bajo amenaza. Las autoridades religiosas, con Caifás a la cabeza, tenían sus motivos de preocupación. Lo que Claudia desconocía por entonces eran los negocios en común que ilegalmente mantenían su marido y Caifás, tema que estallaría unos años más tarde cortando abruptamente las carreras de ambos.
El resto de la compañía se durmió rápido y la noche ya se había cerrado haciendo desaparecer el horizonte. En la otra dirección, la silueta de la ciudad tibiamente iluminada demarcaba el límite entre el cielo y la tierra, límite que Jesús en más de una ocasión intentó relativizar. Era una de esas cosas que a Simón Pedro le costaba entender. Unos minutos más tarde miró en dirección de Jesús esperando de un momento a otro un comentario que aporte algo más de información, pero ya estaba acostado y profundamente dormido. Y ahí se le vino a la memoria nuevamente la única y breve frase que su maestro había pronunciado: “no va a ser fácil”.
Parte 2: Caifás y
Poncio Pilatos
-Prefecto, lo espera
Caifás.
Suspiro de fastidio.
-Espero que se haya
bañado esta vez. Hacelo pasar.
Aparece vestido con
todos los atributos, la capa con incrustaciones cubriendo la cabeza en una
pompa innecesaria para la ocasión.
-Yusef, que alegría
verte nuevamente.
-Debo esperar las
Pascuas para que dignes visitarme, Poncio.
-Me dijeron mis fuentes
que Cesarea queda a igual distancia de Jerusalén que Jerusalén de Cesarea.
-Eso es un rumor que
generaron tus soldados, amigo. Vos tenés actividades aquí que te necesitan, yo
en Cesarea solo puedo contemplar el mar y comer en exceso, en gran parte por tu
culpa.
-Deberías ir ahora,
tenemos arte, comercio, mujeres. Imposible aburrirte. El mundo no termina en
estas murallas.
Caifás adopta un tono
serio, arrima su cabeza a la del Prefecto y dice:
-Tenemos que resolver lo
del Nazareno. Se está convirtiendo en un problema.
-Estoy al tanto, Yusef,
pero eso es problema tuyo, no el mío.
-Pero si dejo pasar su
arrebato del templo, eso afectará mis intereses. Yo recaudo de lo que allí
ocurre. Y sabemos ambos que ese dinero nos es útil.
-Mirá Yusef, es cierto.
Tenemos actividades que compartimos y tu aporte es ese dinero. Pero si yo
dedico mi tiempo, mi poder y mis soldados para asegurar tu renta, ¿cuál es
entonces tu aporte a nuestro negocio? Para eso me hago cargo del templo y
recaudo yo. ¿Crees que no puedo?
-Se hace llamar el Rey
de lo Judíos. Eso es intolerable, Pilatos. ¿Quién te dice que no va a ir por
vos después?
-¿Venir por mí? Mirá a
tu alrededor Yusef. Yo soy Roma, yo soy César. Un simple Nazareno que ni un
sable porta no es amenaza para mí. Para vos, que te cagaste en las patas cuando
ese Lázaro supuestamente resucitó, es un problema, no para mí.
-Estamos juntos en
mucho, Poncio. Vos me necesitás para terminar el acueducto. Contás con mi
dinero, y es mi pellejo el que se arriesga entregando esos fondos que le
pertenecen al templo. Yo creo en tu palabra que los fondos vendrán de Roma el
año entrante y podré reponer, pero soy yo el que está expuesto.
-Yo pude haberte
despedido y haber nombrado un nuevo sacerdote, como hicieron los cuatro que me
precedieron. Pero te mantuve ahí porque te creía un tipo razonable y me prometiste
colaboración. Y que mantendrías tranquilo a tus seguidores. ¿Recordás el
escándalo de las estatuas? Tus hordas me persiguieron hasta Cesarea y rodearon
mi casa más de una semana. No ordené a mis soldados que los maten porque soy un
tipo razonable. Y por suerte uno de esos tuvo la brillante idea de parlamentar
y llegamos a un acuerdo. Retiré los símbolos de Roma para no ofenderlos y la
cosa terminó ahí. Eso fue hace 5 años. Si por unos símbolos de mierda
reaccionaron así, imaginate si ahora mato a uno de sus ídolos. Solo para darte
el gusto, tranquilizarte. No me involucraré en tus asuntos. Si para vos es un
problema, resolvelo con tu gente, con tus tribunales, no me importa. Roma no
tomará cartas en este asunto, no durante las Pascuas. Tengo pocos soldados,
demora semanas o un mes recibir refuerzos de Siria. No me compliqués la vida.
-Está bien. No pelearé
contigo. Voy a ver que puedo hacer con mi gente. Pero al menos te pido la
colaboración de media docena de soldados armados si decidimos detenerlo, anda
siempre con un grupo de al menos 10 seguidores, a veces más.
-Eso ya lo dispones,
pero no me lo arriesgues en situaciones desfavorables. Si vas a detenerlo,
esperá a que quede solo.
-Gracias. Ahí le dejé a
tu asistente dos vasijas de un vino como la gente, no ese vinagre que te traen
de Grecia.
-¿No será ese vino que
tu amigo el Nazareno fabrica de apuro, como me contó Claudia?
Mientras Caifás se
alejaba preocupado se alcanzó a oír la carcajada de Poncio Pilatos que
celebraba su propia ocurrencia.
Parte 3: La misión de
Judas
-¿Por qué ahora, Jesús?
-Es la hora Judas, ya es
tiempo.
-Pero no entiendo por
qué tiene que ser de esta manera.
-Te soy sincero, amigo,
yo tampoco tengo claro por qué. Esta parte no es mi lucha, pero es mi destino.
-¿Y cual era la lucha,
entonces?
-Lo anterior. Los
pueblos, los caminos polvorientos, los pobres, los enfermos, las largas
charlas. Eso era lo mío. Era lo nuestro.
-Sigo sin entender por
qué estamos aquí, por qué te fascina Jerusalén.
-¿Fascinarme? Jerusalén
es conflicto, es guerra, es muerte. Pasarán los siglos y dentro de estas
murallas nos seguiremos matando. Yo estuve aquí de niño, por última vez. Tenía
12 años y tuve que huir como un criminal. Apenas pude despedirme de mi madre.
Pasaron 20 años hasta que tuve el estómago para volver. Y lo más probable que
no salga vivo de esta. No es fascinación precisamente, Judas. Y a vos también
te estoy condenando, amigo del alma. Lamentablemente sos el único que puede
comprender la tragedia que nos acecha. Pedro ni entiende lo que hablo, si no
fuera por Marcos que le explica todo. Los demás les falta mucho. Van a
entender, pero no en estas horas.
Apoyando la mano en el hombro de Judas, Jesús continua:
-Tenés la complejidad
que necesito para la dura misión que te toca. Vas a ir al centro mismo de la
muerte y les dirás exactamente donde encontrarme. No puede pasar de mañana.
-No me van a creer, la
traición es muy obvia.
-Diles que lo haces por
dinero. Toda traición cierra con dinero. Ahí te creerán.
-Lo haré porque creo en
la confianza que depositaste en mí. No es a mí al que creo, creo en tu
sabiduría. Tampoco entiendo, pero lo haré. Y es a pesar que la misión que me
pides excede en largo mi capacidad.
-¡¡Mi misión excede mi
capacidad!!- bramó Jesús. -No entiendo lo que viene, solo sé que es mi misión.
Tengo dudas, tengo miedo. Pero es lo que debe ser. Todos vamos a entender
después, cuando estemos del otro lado. Debes creer en esto Judas, tus amigos te
abandonarán, te repudiarán, pero yo estaré a tu lado.
En la planta alta de la casa estaban todos reunidos.
Hacía mucho que no estaban cómodos, sentados, compartiendo una cena en una
mesa. La charla era distendida, festiva. Jesús estaba, sin embargo, bastante
callado, para variar la costumbre. Y Judas Iscariote sumido en un preocupado
silencio. Antes de que los vinos hicieran efecto, Jesús habló:
-Hemos venido un largo
camino hasta aquí. Han sido buenos y persistentes en este ministerio. Me han
acompañado incluso en situaciones que sé que no entendieron. Esto que estuve haciendo
ustedes lo aprendieron, lo asimilaron. Quiero que continúen con esta tarea
cuando yo no esté.
-Maestro, ¿nos vas a
dejar?
-Se acerca la hora en
que debo regresar. Pero me quedo en cada uno de ustedes. Miren este pan que
estamos compartiendo, tomen un pedazo cada uno y al comerlo están comiendo una
parte mía. Vean esto como una comunión de todos nosotros. Una manera de
concluir en un solo cuerpo, una sola idea. Ese es nuestro poder, el poder de la
iglesia, de nuestra comunidad. Aquí comienza un nuevo tiempo, y son ustedes los
encargados de llevar este mensaje a los confines del mundo. Que este vino sea
mi sangre, que fluirá en cada uno de ustedes. Que con mi muerte se derramará, y
de esa manera todos renaceremos a un nuevo mundo. Vinimos para cambiar, para
terminar con la historia y empezar una nueva vida y construir un mundo
diferente.
Todos miraban asombrados, sabiendo que algo importante
estaba por ocurrir. Solo Judas miraba la mesa, sin decir una palabra, sin
levantar la vista. Jesús viendo su inacción se levantó violentamente y se
dirigió hacia él. Judas se incorporó sobresaltado imaginando una agresión
inminente. Jesús lo toma de la túnica, a la altura del cuello y mirándolo a los
ojos le dice en voz baja pero con agresión:
-Hermano, vos tenés algo
que hacer. Y lo que tienes que hacer, hazlo ahora.
Judas tenía los ojos humedecidos, pero antes que se
hiciera más evidente, dio la vuelta y se marchó.
Todos quedaron en silencio mirando a Jesús, que
permanecía de pie con la vista en la puerta abierta y la oscuridad de la noche
de Jerusalén que nada bueno auguraba.
Parte 4: Olivos
Avanzaba la noche en el Jardín de los Olivos. Sobre el
cantar de los grillos solo se percibía a la distancia los ronquidos de algunos
de los seguidores. Andrés, Bartolomeo, Pedro, todos que se habían comprometido
a la vigilia.
-Padre, aquí estoy
cumpliendo tu palabra, no la mía- recitaba Jesús.
-Vine al mundo por tu
voluntad, recorrí países, aprendí a ser hombre, a sufrir. El hombre con todas
sus limitaciones, sus bondades, su miseria, su dolor y su hambre. Vi gente
pecar no por mala sino por no tener alternativa. Son producto de tu plan, son
tu creación. Yo pasé por las mismas tribulaciones. Aquí estoy, estamos,
cumpliendo tus deseos. Conozco lo que se viene, y me pesa como ningún peso que
tuve. Es un rol el que cumplo, sin siquiera entender completamente su
significado.
Un largo silencio iba acompañado de gruesas gotas de
sudor que al caer eran sudor pero al impactar el suelo era sangre. Por primera
vez Jesús estaba sumido en un mar de dudas y profunda soledad. Como si lo
hubieran empujado a un escenario desconocido, hostil.
-Te pido Padre si hay
algo que puedas hacer para sacarme de encima esta pesada carga. No sé si estoy
preparado para lo que me espera. Si tan solo hubiera otra manera.
Los grillos y ronquidos empezaron a ser sobrepasados por
el sonido de botas y cadenas que se acercaban a través del bosque. Antorchas
iluminaban los metálicos rostros de soldados y un sacerdote que los acompañaba.
Se detuvieron a pocos pasos de Jesús, que se incorporó.
Apareciendo detrás de los soldados, Judas Iscariote se
abre paso y acercándose a Jesús le susurra trémulo al oído:
-Aquí estoy Maestro,
como me lo pediste.
-Hermano Judas, te pedí
la más cruel de las asignaciones y cumpliste. Conmigo estás en paz y perdóname
por hacerte compartir este suplicio.
Terminado el silente intercambio, Judas lo besa en la
mejilla.
A los pocos instantes el séquito se alejaba llevándolo a
Jesús consigo. Judas quedó mirando la escena con gruesas lágrimas que bañaban
su rostro. En su mano derecha aferraba un pequeño saco de monedas. Fue lo
último que vio. Uno de los soldados que permaneció oculto se le acercó por la
espalda, rodeó su cuello con una cuerda y la ajustó hasta que Judas, sin aire,
se desplomó. Temprano a la mañana siguiente lo encontraron colgando de la rama
de un árbol, con la misma cuerda todavía aferrada a su cuello.
Bibliografía:
- El Evangelio de Marcos
-El Evangelio de Lucas
-El Evangelio de Juan
-El Evangelio de Judas Iscariote
-El Evangelio de Felipe
-Tito Flavio Josefo - Las Antigüedades de los Judíos
-Filo de Alejandría - Obras Completas
-Bart D. Erhman - Did Jesus Exist? - 2012
-Bart D. Erhman - Studies in the Textual Criticism of the New Testament - 2006
-Bargil Pixner - With Jesus in Jerusalem - 1996
Bibliografía:
- El Evangelio de Marcos
-El Evangelio de Lucas
-El Evangelio de Juan
-El Evangelio de Judas Iscariote
-El Evangelio de Felipe
-Tito Flavio Josefo - Las Antigüedades de los Judíos
-Filo de Alejandría - Obras Completas
-Bart D. Erhman - Did Jesus Exist? - 2012
-Bart D. Erhman - Studies in the Textual Criticism of the New Testament - 2006
-Bargil Pixner - With Jesus in Jerusalem - 1996
sábado, 5 de marzo de 2016
LA TUMBA ERRONEA DE DI CAPRIO
Cuando James Cameron concibió su romántica Titanic, bautizó a su protagonista Jack Dawson. Y para ubicarlo en el gran barco sin dejar registro lo hace ganar el pasaje de tercera clase a Nueva York a escasos minutos de la partida en un juego de naipes entre apostadores compulsivos. Así se suma a una trama que culminaría en el célebre hundimiento y en su propia muerte.
En 1912 la catástrofe del Titanic fue, como no podía ser de otra manera, una noticia de impacto mundial. Los sobrevivientes, unos 700 de una partida de más de 2200 almas, fueron rescatados por el barco Carpatia, como todos recuerdan si vieron la peli. Pero el día 18 de abril, algo más de 48 horas de producida la tragedia, y por pedido del gobierno británico, desde Halifax, capital de la provincia canadiense de Nova Scotia y ciudad más próxima al lugar de la tragedia, parten dos barcos menores al sitio del hundimiento con intención de recoger la mayor cantidad de cadáveres posibles para su correcto entierro y/o devolución a los familiares que así lo reclamen. De las más de 1500 víctimas estos dos barcos recuperaron solo 450 cadáveres. Unos 150 fueron inhumados en el mar mismo, demasiado mutilados por efecto del frío y los animales acuáticos y con la intención de evitar angustias mayores a los familiares. Los restantes, algo más de 300, fueron llevados a Halifax. Se los numeró en forma correlativa. Los que fueron reclamados por la familia se enviaron a Londres, USA y otros países. Pero 123 no fueron reclamados por su familia y aun hoy permanecen enterrados en el cementerio de Halifax. Entre las tumbas de las víctimas del Titanic hay una identificada con el número 227 y el nombre "J. Dawson". Desde el estreno de la película de Cameron esta tumba siempre tiene flores y mensajes. Durante un par de años fue todo un revuelo de fanáticas que visitaban diariamente la tumba del supuesto héroe de la historia.
El personaje realmente enterrado ahí era uno de los trabajadores del depósito de carbón, esos que trabajan paleando bajo la línea de flotación y son reclutados apenas unos días antes de zarpar, de a decenas, a tal punto que, para no demorar el trámite solo piden la inicial de su nombre antes del apellido. "J" en la tumba y en el carnet de afiliado que permitió identificar a la infortunada víctima representa "Joseph" o Joe, y no Jack, como el personaje de di Caprio. No creo que sus pesadas tareas en el barco por los m
El personaje realmente enterrado ahí era uno de los trabajadores del depósito de carbón, esos que trabajan paleando bajo la línea de flotación y son reclutados apenas unos días antes de zarpar, de a decenas, a tal punto que, para no demorar el trámite solo piden la inicial de su nombre antes del apellido. "J" en la tumba y en el carnet de afiliado que permitió identificar a la infortunada víctima representa "Joseph" o Joe, y no Jack, como el personaje de di Caprio. No creo que sus pesadas tareas en el barco por los m
jueves, 21 de enero de 2016
CUARTO PISO
Relato Veraniego
Se despertó a una hora indefinida. El fuerte olor a limpio
de la sábana le resultó extraño. La oscuridad total solo aportaba al
desconcierto. Estaba en la bodega de un barco, en una cama por primera vez en
dos meses, pero no lo recordaba. Lo más concreto que tenía para aferrarse a la
realidad era el sueño que había tenido hace instantes. Era la recreación exacta
de lo vivido 72 horas antes. Estaba en el monte, como llamaban a la loma, parapetado
tras unas rocas, a pocos metros de la guarida excavada en el duro terreno y que
había sido su hogar todo ese tiempo. Su grupo era la última línea de defensa.
Si caían, sería solo cuestión de horas para que Puerto Argentino vuelva a manos
del invasor. Pero se tenía confianza. No era un simple conscripto, era un
infante de marina. El y sus compañeros venían de dos años de instrucción, bien
entrenados, alimentados y bien pertrechados. Mira infrarroja, fusil de mayor
calibre y alcance que el enemigo. Lo pudo ver avanzar en la noche con bastante
anticipación. Si tan solo los miles de otros soldados desplegados en las islas
hubieran tenido su formación, seguridad en si mismo y su entrenamiento, la
guerra ya se habría ganado. Esa noche, recreada por flashes desordenados en su
sueño, había herido al menos a tres, quizá uno muerto. Luego de la derrota, ya
rendido y sin su arma, tuvo que desfilar frente al enemigo. A diferencia de la
mayoría, disimulaba su agotamiento y caminaba erguido, miraba de frente, orgulloso
de estar ileso y sabiendo que su uniforme infundía respeto entre la tropa enemiga.
Recuperado de la desorientación inicial,
se sabía en el barco que lo estaba llevando a la Isla de Ascensión. Sentado en
la cama y en la oscuridad, decidió que la Marina sería su vida. Nada de volver
al mundo civil. Había encontrado su vocación, había estado en batalla, se había
ganado el respeto del enemigo, de sus compañeros y había descubierto una
autoestima que nunca antes había sentido. El regresaba con sus compañeros, los
que sobrevivieron, como parte de un ejército derrotado. Pero en esa oscuridad
absoluta, en medio del Atlántico, él tenía una sensación de triunfo personal
que no se atrevía a compartir.
Los años venideros fueron tumultuosos para las fuerzas
armadas. Pero él se encerró en su profesionalismo. Respetado en la fuerza por
su desempeño en Malvinas, su porte intimidante y su capacidad de aprender, al
poco tiempo ya era un oficial de carrera que vivía sin excesos pero cómodamente,
de su vocación.
Una noche de junio de 1982 había visto la muerte cara a
cara, había estado en batalla con un enemigo formidable. Las luces de la mañana
todavía lo encontraron resistiendo cuando llegó la orden de replegarse. Todo lo
que vino después le resultaba liviano. Sentía que la vida transcurría sin
esfuerzo alguno, que era intocable, que estaba un poco por encima del resto. Y
por su actividad iba siempre acompañado por su arma. Una distinta a la usada
esa noche, pero arma al fin. Ya era una parte suya.
Ahora ya arrimándose a cumplir 30, con mujer y una hija, tenía
todo para sentirse pleno. Solo el contexto, el país, dejaba mucho que desear.
Había retornado la democracia hace varios años pero todo era difícil. El se
mantuvo al margen de los conflictos carapintadas. Se encerró en su
profesionalismo y en la cadena de mandos. No le gustaba la política. Tampoco
quería saber nada que lo identifiquen con la dictadura. El había cumplido los
22 en Malvinas y desde ahí arrancaba su historia, al menos eso pretendía. No se
consideraba un “héroe de Malvinas” como decían algunos. Combatiente, se definía.
Tampoco excombatiente. Si la patria lo requería, estaba preparado para el
combate. Por eso no aceptaba lo de excombatiente.
Ese verano decidió tomarse una vacaciones en serio. Pequeño burguesas
le hubieran parecidos a sus ex compañeros de la secundaria. Merecidas, pensaba él.
Depto de 3 ambientes en Mar del Plata. Segunda quincena. La primera noche, con
su mujer e hija ya dormidas luego del largo viaje y un par de horas en la
playa, decide quedar despierto un buen rato más. Con el living-comedor a
oscuras, abre la ventana y se sienta con medio cuerpo afuera. Enciende un
cigarrillo y le invade una sensación de realización. Lo había logrado. Una
ambición modesta, una vocación que le permitía vivir de lo que le gustaba, una
familia, casa en un barrio y un auto. No le faltaba nada, y antes de cumplir
los 30.
Justamente desde la ventana, donde fumaba tranquilo,
orgulloso, podía ver cuatro pisos más abajo, cerca de la esquina, el techo de
su auto. Un 504 bastante nuevo, no cero kilómetro, pero muy decente. El techo
verde metalizado brillaba, a pesar de estar algo sucio, bajo el amarillo
intenso de la lámpara. Llevaba ya un rato contemplando el auto, detalle que
cerraba el panorama exitoso que había construido en su cabeza, cuando ve
acercarse una persona. Inmediatamente le llama la atención. Se acerca a la
puerta del conductor, mira disimuladamente a ambos lados, y saca del bolsillo
algo que comienza a introducir en la cerradura.
En un instante desaparece la imagen pasiva y de catálogo que había construido en su cabeza retornó el monte, el casco, el enemigo, las balas trazantes, los años de entrenamiento, el enemigo, la guerra, el enemigo. Instantes muy breves pero transcurridos como en una cámara lenta interminable. Mientras el cigarrillo caía al piso del living con la misma mano tomaba su arma que llevaba en el cinto, a su espalda. Sin decir una palabra (eso es de policías, no de soldados), apuntó al intruso que a todo esto alcanzó a abrir la puerta del auto y disparó tres veces. Seguidos, secos, acompasados. El hombre se desplomó sobre la calle. El marino se largó escaleras abajo los 4 pisos y en menos de un minuto estaba en la calle. Ya había varios curiosos a la vuelta del hombre que le impidieron verlo de inmediato. Pero si pudo ver el auto. Había algo extraño, las ruedas, el paragolpes, algo le resultaba poco familiar. Levantando la vista lo ve. Auto de por medio, más cerca de la esquina, alcanza a reconocer su Peugeot 504, estacionado, tranquilo, intacto. Mismo color pero un poco más viejo que el auto estacionado con la puerta abierta. A la par, el hombre tendido, muerto, con su llavero todavía en la mano.
En un instante desaparece la imagen pasiva y de catálogo que había construido en su cabeza retornó el monte, el casco, el enemigo, las balas trazantes, los años de entrenamiento, el enemigo, la guerra, el enemigo. Instantes muy breves pero transcurridos como en una cámara lenta interminable. Mientras el cigarrillo caía al piso del living con la misma mano tomaba su arma que llevaba en el cinto, a su espalda. Sin decir una palabra (eso es de policías, no de soldados), apuntó al intruso que a todo esto alcanzó a abrir la puerta del auto y disparó tres veces. Seguidos, secos, acompasados. El hombre se desplomó sobre la calle. El marino se largó escaleras abajo los 4 pisos y en menos de un minuto estaba en la calle. Ya había varios curiosos a la vuelta del hombre que le impidieron verlo de inmediato. Pero si pudo ver el auto. Había algo extraño, las ruedas, el paragolpes, algo le resultaba poco familiar. Levantando la vista lo ve. Auto de por medio, más cerca de la esquina, alcanza a reconocer su Peugeot 504, estacionado, tranquilo, intacto. Mismo color pero un poco más viejo que el auto estacionado con la puerta abierta. A la par, el hombre tendido, muerto, con su llavero todavía en la mano.
(inspirado en una noticia real)
jueves, 7 de enero de 2016
DESESPERADA POR TUS GOLPES
SOBRE LA PELI FIFTY SHADES OF GREY
Esta frase del título pertenece a mi entrañable amigo y hermano Luis Albornoz. Y se refiere con ironía
y sorna a esa cultura de objetivizar a la mujer, como los deplorables programas
de Tinelli y tanta revista del corazón que hace de cómplice, y la aceptación de
ese rol asignado por algunas mujeres. El motivo de estas líneas me traerá más
dolores de cabeza que mis opiniones políticas, si eso fuera posible. Hace un
par de noches pude ver (en casa y por descuido) el film “50 shades of Grey”,
nombre complicado de traducir pero que literalmente quiere decir “50 sombras de
grises” y que solo cobra sentido si el apellido del protagonista y el nombre
del imperio que posee fuera “Grises”.
Daré crédito
por ignorancia al libro, cuyos lectores manifiestan superior a la película.
Pero el concepto central no debe diferir demasiado. El film tiene una impecable
fotografía en interiores, deja bastante que desear en tomas externas. Los
protagonistas son de segundo orden y se nota claramente. En un tema tan
delicado las expresiones pasarían a un primer plano y lo gestual debería
trascender a un libreto pobre por donde se lo mire. Pero no estamos hablando de
grandes nombres y el director no dispone de ese lenguaje o directamente no lo
percibe. De haberlo hecho hubiera afilado el lápiz a la hora del casting. Esto
en cuanto a lo técnico.
Ahora
pasemos al mensaje. Aquí hay una celebración grosera del poder adquisitivo y
encima de esa incorrección (desde mi punto de vista) va como aderezo la
transformación de la mujer en un simple capricho pasajero. El personaje
masculino es una amalgama perfecta de Ricardo Arjona y Mauricio Macri, parafraseando
al primero. Un hombre, joven ideal de 27 años soltero y multimillonario, tiene
caprichos que solo se entienden en su condición de tal. Un empleado provincial
categoría 14 recibiría una merecida bofetada con solo insinuar alguno de los
caprichos que se le toman en serio a este individuo de ficción. Un hombre que
vive ejerciendo el poder de manera discrecional gracias a su posición de
dominio dentro de su propio imperio solo se excita si puede trasladar ese
dominio absoluto al plano sexual. Y para ello necesita una partenaire que
acepte todas sus condiciones, que como buen empresario, las expresa en forma de
contrato.
La
frustración que me transmite no pasa ni por asomo por la impunidad y la
demostración de capacidad adquisitiva del protagonista que transciende cómodamente
lo material, sino por la complicidad que recibe por parte del personaje
femenino, que accede por curiosidad y placer a asumir un rol del que estoicamente
algunos tratamos de evitar para este género tan maltratado históricamente. Y
que tanto libro como película haya tenido el éxito que tuvo entre el público
femenino me hace pensar que los avances de las ideas son más lentos que lo
supuesto. Que en pleno siglo XXI se intente demostrar algún tipo de valor a
este juego de sumisión y mostrarlo como una transgresión progresista tipo
libertad sexual dan ganas de gritar “Torquemada volvé, te perdonamos”. Ya no se
si sueno anticuado o demasiado moderno. Pero mi conclusión es esta: una mala película
de un peor concepto.
domingo, 27 de septiembre de 2015
La Muerte de San José. Jesús y Dios, ¿un solo corazón?
Es
clásico en los evangelios el faltante de toda mención a Jesús por un largo
período que, cual exilio de Perón, dura unos 18 años. La última mención de la
juventud es a los 12 años y el famoso berrinche en el Templo. Luego aparece
para un lavado de cabeza con Juan el Bautista aproximadamente a sus 30 años.
Nada se menciona en el medio. Por sus discursos y su actividad se puede deducir
que anduvo por oriente, ya que muchas de sus enseñanzas se parecen más a las
ideas que circulaban en India por entonces que las del Antiguo Testamento y las
costumbres hebreas. Poner la otra mejilla es uno de tantos ejemplos que
contrastan con las anécdotas de los libros del Antiguo Testamento, cargadas con
venganzas de todo tipo.
En
uno de los evangelios ocultos, esos que no llegaron a integrar el Nuevo
Testamento, se menciona, sin embargo, una aparición de Jesús intempestiva en
medio de ese período del que los 4 evangelios no hacen mención alguna. Y es
cuando don José muere. No recuerdo cual evangelio (perdí el libro prologado por
Borges) pero probablemente haya sido el Protoevangelio de Santiago, escrito
cerca del año 150 y del que se conocen más de 140 manuscritos. Cuenta que José
llevaba ya un período largísimo de tiempo muy enfermo y ya estaba agonizando.
Cuando Jesús llega se da con un cuadro típico de un enfermo terminal de
aquellos tiempos. A la familia rodeando al enfermo esperando el desenlace se
sumaban en este caso un séquito de ángeles que revoloteaban por la habitación
sin saber que hacer, ya que se trataba nada menos que del padre terrenal de
Jesús, el ungido. Esta indefinición por parte de estos personajes subalternos
del cielo enviados para aparentemente acompañar el alma de José al otro mundo,
explicaba la eterna agonía de José que no moría de una vez a pesar de su
irremediable condición. Jesús, al hacerse presente, habla con José, hace las
paces y se despide. Luego, dirigiéndose a los ángeles, les dice que está todo
bien y que porsigan con su tarea. Al cabo de este episodio José muere y se va
al cielo.
Aquí
aparecen una serie de señales muy curiosas que merecen señalar. A pesar que
algunos creyentes no les guste, voy a expresar lo que yo saco de este episodio.
Jesús, como mencioné antes, tiene una formación que choca de bruces con algunas
leyes del Antiguo Testamento. Hay un conflicto que subyace a lo largo de los
relatos con su padre, el Dios de la Biblia. Lo que se lee entre líneas el
genial José Saramago lo hace explícito en su formidable ficción “El Evangelio
según Jesucristo”. Aquí hay una resistencia a lo largo del relato de Jesús de
aceptar su rol de carne de cañón para el perdón de los pecados del hombre. No
comprende su rol y se resiste a él. En los evangelios blanqueados, en
particular en el de Juan, hay un episodio muy dramático que deja al descubierto
este conflicto y transcurre minutos antes de ser detenido Jesús, en el Monte de
los Olivos cuando pide sin rodeos al padre que le “saque este peso de encima”.
No quiere ese rol para él. Y en el episodio de José hay una muestra más de esta
diferencia: Jesús no es Dios. Jesús, al igual que Hércules y otros personajes
de la antigüedad que fueron producto de la cruza de un dios y un humano, no es
lo mismo que el dios, es otro personaje. El erudito de la Universidad de
Princeton Bart Erhman justamente dedica un libro a explicar cuando Jesús se
convierte en Dios. Esto pasa más de un siglo después de estos eventos. Mientras
tanto, durante su vida, todo hace pensar que Jesús era una persona y muy
diferente a su padre. Y él conserva en la tierra una cuota de poder que es
respetada o al menos temida por el piquete de ángeles que no se animan a
llevarse el alma de José sin su consentimiento. La muerte de José queda así
documentada en este evangelio y Jesús interrumpe su famosa desaparición de 18
años al hacerse presente en ese momento. La primera vez que lo leí me hice la
fantasía que Jesús promediaba sus 20 cuando muere José, pero investigando más
tarde de otras fuentes aparentemente ocurre muy próximo a su reaparición, cerca
de sus 30.
Unos
quince siglos después, María de Jesús de Ágreda (1602-1665-foto), una monja española,
un buen día empezó a escribir una monumental obra de cuatro tomos con la
historia de María, la madre de Jesús. Esta obra, según esta monja, fue dictada
en sueños por la propia protagonista, convirtiendo este largo relato en la
autobiografía de María, para los que creen en ella. Sin entrar a cuestionar la
validez del documento, la mera historia del mismo y su existencia conforman un
hermoso e intrigante contexto que invita a la lectura. El texto fue reconocido
por Papas y teólogos a lo largo de estos cuatro siglos. Y a mí lo que más me
impresionó es que esta monja del siglo XVII, sin gran erudición ni acceso a los
evangelios ocultos de los primeros siglos, relata con detalle lo que pasó a
conocerse como la “alegre muerte de San José”. Cuenta como José estuvo ocho años
cargando su enfermedad, sus conversaciones con la familia, la aparición de
Jesús y los diálogos con su padre. También destaca la presencia de los ángeles y el estado dubitativo de los mismos. El problema lo soluciona el propio Jesús en términos muy parecidos a los relatados en el evangelio, pero aquí con diálogos y situaciones más detalladas. Ambos relatos sobre la muerte, tan distanciados en tiempo y espacio, asombran por la superposición de la situación. A su muerte, José contaba con 108 años, esto
en sintonía con el Evangelio de Felipe y otros relatos como las del propio
Santiago. Los detalles de como José, ya anciano, termina a cargo de la joven María, además de estar detallados en estos Evangelios, aparece reproducida en el Corán. A los curiosos les sugiero que
busquen las lecturas, tanto de los Evangelios Apócrifos como “La Mística Ciudad
de Dios”, como se llama la obra de la Venerable Sor María de Jesús de Ágreda, como pasó a ser conocida María Coronel de Arana, su nombre de nacimiento. Yo confieso
que estas lecturas me apasionan más que Games of Thrones o el Señor de los
Anillos que tanto furor hacen en la actualidad. Yo tengo mis dudas y respeto
tanto a los que creen como a los que piensan que todo esto es pura fábula. Pero
la mera posibilidad que algo de esto haya ocurrido ya es motivo de un sano
asombro que me resisto a abandonar. sábado, 11 de julio de 2015
LETRAS DE MOLDE
El aplomo de los años me permitió,
paradójicamente, disfrutar mi niñez, desde la distancia. Crecí
rodeado de libros, entre otras cosas. Y me doy cuenta que antes de aprender a
leer y escribir, aprendí a escribir a máquina. Mi viejo tenía su oficina. Un
cuarto grande, enfrentado con el living. La casa, una construcción magnífica de
1812, en Canadá, frente al Río San Lorenzo. En esos años la declararon
monumento histórico. Cuando él estaba en la Universidad, dando clases, yo
entraba a su estudio, agarraba una hoja de papel, indefectiblemente amarilla,
la colocaba en su máquina de escribir y comenzaba a teclear aleatoriamente. Tenía
4 años. En esa época no había fotocopiadoras y Octavio, cada vez que escribía
algo que le interesaba, colocaba carbónico y hacía al menos una copia en simultáneo
con el original. Lo vi escribir hasta por quintuplicado. Y por eso tenía resmas
de hojas blancas y otras amarillas para las copias. Esas eran las mías. Trababa
la máquina, enredaba la cinta, la rebobinaba sin ningún sentido, dejaba mis
dedos manchados de tinta por toda la cubierta gris de la Royal que tuvo por
años. Hoy el destino la puso en mis manos. Aun funciona. Importantes libros
sobre literatura hispano americana se escribieron con esa máquina. Cuando
aparecieron las primeras letras en la escuela, ya me eran familiares. Mi mundo
escrito empezó de molde. Eran las familiares, la de la máquina. Mis hermanas
que me llevaban algunos años, escribían en cursiva. Algo absolutamente
incomprensible para mí. Veía sus cuadernos y me parecían garabatos escritos en
una línea continua, sin solución de continuidad. No relacionaba esas líneas
largas llenas de curvas con mis conocidas letras de molde que estaban todas
separadas, una de otra. Preguntaba qué era eso y ambas me contestaban “son
deberes”. Cuando quedaba solo, agarraba cuadernos en blanco y garabateaba cualquier
cosa en cada hoja, con la excusa de estar haciendo “deberes”. No relacionaba
eso para nada con la “escritura”.
domingo, 5 de julio de 2015
ST. JOHN'S CHRONICLES - Capítuo 3
ESCÉPTICO
Hace ya un par de años largos, cuando comencé con mi muro, subí un par de anécdotas vividas en la última de las escuelas que me tocó asistir en mi larga década por USA y Canadá. Transcurría 1968, apogeo de la guerra fría. Año trágico si los tuvo los EEUU. Ese año fueron asesinados Martin Luther King y Robert Kennedy. Lennon definiría estos hechos junto a otros eventos como "the dream is over". Producir cambios no era fácil.
En la escuela primaria viví, y me enteré por mis hermanas que en la secundaria pasaba igual, las histéricas paranoias producto de la guerra fría con la URSS. Puedo citar cientos de frases, lecturas, vivencias, todas bajo el barniz de ese conflicto ideológico. Hoy quiero contar de un par de ellos que significó un entredicho con mi maestra de 6to grado en un caso, y en otro asumido en mi acostumbrado silencio.
En geografía estudiábamos los estados de la unión, uno por uno, como si fueran unidades aisladas de toda región o entorno. Así me pude especializar en la economía, la producción y la población de Georgia, por ejemplo, y desconocer por completo lo que ocurría en la vecina Florida.
En geografía mundial pasaba lo mismo. Estudiábamos en detalle la geografía y las costumbres de Taiwán, país por entonces reconocido como China por los USA, negando la existencia de la China continental, nada menos. Varios compañeritos míos tenían hermanos peleando en Vietnam, por entonces. Así que la maestra no podía obviar el tema demasiado. Un día, a mis 11 años, con mi temprana inquietud y mar de dudas, le pregunto por qué teníamos (lo decía así) que ir a pelear en ese pequeño país del confín del mundo, suponiendo el centro ahí en mi escuela. La maestra contestó sin ninguna duda: "porque si no lo frenamos ahí vendrán a atacarnos aquí". En el acto visualice´a los vietnamitas desembarcando en las costas de California, algo que me pareció absolutamente absurdo. La quedé mirando a la maestra con cara de "¿en serio me lo estás diciendo?". Ella quedó en silencio, luego bajó la mirada y siguió con el tema del día. Pequeños gestos que me ganaron el mote de "rebelde" dentro de un grado bastante anodino. Otra cosa que "aprendí" en las lecciones de geografía fue la existencia del extenso tren trans-siberiano. Hoy conozco muchos detalles de su azarosa construcción arrancando desde los tiempos del zar. Pero en ese momento era la novedad. Un detalle del relato me sorprendió: viajar de Moscú hasta el Pacífico tardaba una semana en tren, si todo era normal. Pero la maestra nos hizo resaltar que la vía era una sola. Así que había que esperar a que el tren llegue a un extremo para recién poder otro tren dirigirse en sentido contrario. Esto en un ramal de 9300 kms!!! Yo desde los 8 años me pasaba largas horas caminando por unas vías que pasaban a 2 cuadras de casa cuando vivía en un pueblo del medio oeste, y sabía perfectamente que las vías eran una sola en la mayoría de los tramos rurales. Eso no impedía un normal tráfico de trenes. Y ya había visitado la Marco que a mis casi 60 años me acusa exactamente de lo mismo si hago una defensa de un sistema público de salud o si cuestiono sus vencidas teorías. Viendo en retrospectiva mi infancia comprendo mejor mi visión crítica a cualquier información que recibo y si bien algunas cosas de mi infancia no repetiría, otras, como estos cuestionamientos, me producen orgullo, siendo un pibe bastante indefenso en un medio distorsionado por tensiones que no tenía por qué comprender a esa edad.
Argrentina en dos oportunidades y el trayecto de Bs. As. a Tucumán lo conocía solo por La Estrella del Norte. Tren que paraba en Rosario, Rafaela y La Banda y siempre en cada uno de esos lugares pasaba algún tren de carga o pasajeros en sentido contrario. Y hasta en algún lugar intermedio pasaba un tren al lado en sentido contrario. Guardé un prudente silencio ante la explicación de la misma maestra para no ser señalado de "comunista" que era el mote que uno se ganaba si cuestionaba cualquiera de estas afirmaciones. Por esto me causa tanta gracia mis absurdos debates con
En la escuela primaria viví, y me enteré por mis hermanas que en la secundaria pasaba igual, las histéricas paranoias producto de la guerra fría con la URSS. Puedo citar cientos de frases, lecturas, vivencias, todas bajo el barniz de ese conflicto ideológico. Hoy quiero contar de un par de ellos que significó un entredicho con mi maestra de 6to grado en un caso, y en otro asumido en mi acostumbrado silencio.
En geografía estudiábamos los estados de la unión, uno por uno, como si fueran unidades aisladas de toda región o entorno. Así me pude especializar en la economía, la producción y la población de Georgia, por ejemplo, y desconocer por completo lo que ocurría en la vecina Florida.
En geografía mundial pasaba lo mismo. Estudiábamos en detalle la geografía y las costumbres de Taiwán, país por entonces reconocido como China por los USA, negando la existencia de la China continental, nada menos. Varios compañeritos míos tenían hermanos peleando en Vietnam, por entonces. Así que la maestra no podía obviar el tema demasiado. Un día, a mis 11 años, con mi temprana inquietud y mar de dudas, le pregunto por qué teníamos (lo decía así) que ir a pelear en ese pequeño país del confín del mundo, suponiendo el centro ahí en mi escuela. La maestra contestó sin ninguna duda: "porque si no lo frenamos ahí vendrán a atacarnos aquí". En el acto visualice´a los vietnamitas desembarcando en las costas de California, algo que me pareció absolutamente absurdo. La quedé mirando a la maestra con cara de "¿en serio me lo estás diciendo?". Ella quedó en silencio, luego bajó la mirada y siguió con el tema del día. Pequeños gestos que me ganaron el mote de "rebelde" dentro de un grado bastante anodino. Otra cosa que "aprendí" en las lecciones de geografía fue la existencia del extenso tren trans-siberiano. Hoy conozco muchos detalles de su azarosa construcción arrancando desde los tiempos del zar. Pero en ese momento era la novedad. Un detalle del relato me sorprendió: viajar de Moscú hasta el Pacífico tardaba una semana en tren, si todo era normal. Pero la maestra nos hizo resaltar que la vía era una sola. Así que había que esperar a que el tren llegue a un extremo para recién poder otro tren dirigirse en sentido contrario. Esto en un ramal de 9300 kms!!! Yo desde los 8 años me pasaba largas horas caminando por unas vías que pasaban a 2 cuadras de casa cuando vivía en un pueblo del medio oeste, y sabía perfectamente que las vías eran una sola en la mayoría de los tramos rurales. Eso no impedía un normal tráfico de trenes. Y ya había visitado la Marco que a mis casi 60 años me acusa exactamente de lo mismo si hago una defensa de un sistema público de salud o si cuestiono sus vencidas teorías. Viendo en retrospectiva mi infancia comprendo mejor mi visión crítica a cualquier información que recibo y si bien algunas cosas de mi infancia no repetiría, otras, como estos cuestionamientos, me producen orgullo, siendo un pibe bastante indefenso en un medio distorsionado por tensiones que no tenía por qué comprender a esa edad.
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| Ferrocarril Trans-Siberiano |
martes, 20 de enero de 2015
NI EN LAS DESGRACIAS
En general me resisto a este tipo de notas. Intento ser prudente y buscar directrices que arrimen mi punto de vista a una visión potable para un sector más amplio de amistades y potenciales lectores de mi muro. Mi punto de vista crudo y sin filtros es bastante más extremo y responde a un mundo más ideal que el que lamentablemente tenemos. Al pararme en un sitio más real doy la impresión de coincidir con posturas que, sin ser lo que yo pienso, son, de alguna manera, menos distintas que otras opciones presentes en esta realidad argentina. En el intercambio de ideas a través de mi muro y el muro de amigos y parientes, que lleva ya algunos años, pude llegar a algunas conclusiones. Sé que a muchos le molestará lo que voy a decir, pero no es una sensación, es una conclusión que saqué de repasar cientos de mensajes, comentarios y posts diversos. Este gobierno hizo buenas políticas, según mi parecer. Otras cosas quedaron muy cortas. Y es una característica del peronismo. Es una herramienta de corrección de injusticias, para ser generoso, pero no una herramienta de transformación profunda. Eso es lo que yo espero y a esta altura de mi vida perdí las esperanzas que el peronismo sea el vehículo indicado. A ser franco, nunca las tuve.
Y para respaldar esta conclusión un ejemplo concreto: una medida necesaria, sin duda, y fundamental del primer gobierno de Perón, fue el Estatuto del Peón Rural. Este fue una herramienta que limitaba la discrecionalidad con que el patrón de estancia podía tratar a sus empleados, algo obsceno que ocurría desde antes de Martín Fierro. Muy bien, medida para aplaudir. Ahora bien, ¿cuántas hectáreas en manos de pocas familias privilegiadas de la Argentina se transfirieron a trabajadores rurales, como manera de crear un auténtico mercado interno y sacar a esforzados trabajadores de su endémica condición de pobres e incorporarlos a una clase media creciente y necesaria en todo país que se precie de igualitario? Ninguna. Con todo el apoyo popular, reservas de dinero, apoyo de ejército e iglesia, Congreso y Corte Suprema, no hacer una mínima transformación de fondo es simplemente porque no estaba en la agenda. Y sigue sin estar. Escuchaba en los 70 la frase “la revolución inconclusa” en referencia al derrocamiento de Perón en 1955 y dejar trunco vaya a saber que revolución. Ya entonces yo respondía que no hay tal “inconclusión”, ya que la revolución como tal jamás se planteó.
Y mis esperanzas de verlas son nulas. Simplemente de ver el grado de reacción y enojo que producen simples medidas paliativas como la AUH o jubilaciones a gente que no tiene aportes, más aun un plan de asistencia.
Dicho esto, como para no ser tildado de “planero” o “idiota útil del gobierno”, aclaro a los conservadores y opositores de cualquier cambio, o a los mismos simpatizantes de esta gestión que creen que llegamos al mejor de los mundos, que mis ideas van mucho más allá de esta realidad. Si por defender algunas medidas recibo las puteadas que recibo, no quiero pensar los calificativos que me haré merecedor si digo lo que realmente quiero para enderezar definitivamente este país.
Mi intención, sin embargo, fue ir tirando ideas y comentarios como para despertar en el interlocutor la inquietud de al menos plantear o discutir algunos temas. Remontándome al descubrimiento de América, el proceso colonial, la revolución, las guerras de independencia, la organización nacional, el sufragio universal y los tironeos de poder del siglo XX que llevaron a 50 años de golpes de estado y niveles de violencia sorprendentes para un país que se vanagloria de ser pacífico. Salvo honrosas excepciones, las respuestas a cualquier planteo abundan en epítetos, frases en mayúsculas y signos de admiración seriales. Y me doy la libertad de interpretar estas reacciones. Creo, respetuosamente, que los hechos, la historia, las evidencias y la realidad actual estorban, de alguna manera, en la construcción del imaginario que estas personas tienen. Se han hecho una imagen en la cabeza que no admiten cuestionar. Y si uno plantea contextos históricos, hechos de la realidad o razones para cuestionar esa particular manera de ver, la reacción es el enojo, la puteada y la intemperancia. Crispación. Palabra acuñada para definir el estado de ánimo inducido por Cristina Fernández hacia el resto de la sociedad. Hoy veo que el enojo y la impaciencia parte de, no digamos “la oposición” sino de la gente de a pie que por una razón u otra no está a gusto con esta gestión. Yo comprendo que exista gente no conforme, yo muchas veces viví gestiones que no me agradan. Pero lo patético de la oposición y la incapacidad de generar alternativas atractivas y competitivas electoralmente hace que el gobierno, luego de 12 años de gestión, conserve todavía buena salud electoral, y eso lleva a mayor intolerancia, odio y reacción. Y en este caso, el gobierno no tiene la culpa. Se sabe que en política, los lugares que no se ocupan lo ocupan otros. Y no apareció un personaje o movimiento político que haya logrado ubicarse en el centro de la escena, o durar en él más de unas pocas semanas. Es lo que hay. Es pobre, lo sé, por eso planteo la discusión política. Y solo recibo ladridos.
La muerte de este fiscal, penosa, dudosa, política, conmovedora, lejos de invitar al análisis, ha despertado una catarata de conclusiones a priori que no se sustentan en la realidad, simplemente conforman la idea ya asumida de que todo lo malo que pasa en el país es responsabilidad del gobierno. Si aumenta el pan, si la ciudad se inunda o si el fiscal muere. Algunas cosas son responsabilidad del gobierno, otras no. Y hay otros poderes que influyen y actúan políticamente. No se castiga a un delincuente y la culpa es de Cristina. Nadie dice que la culpa es del Poder Judicial. Un poder que escapa a la voluntad popular casi por completo. Y está compuesto por personas, con ideas, con capacidad de ser influenciadas, con agenda. Es más fácil y tranquilizante decir es “el gobierno” sin siquiera recordar lo aprendido en la secundaria que decía que el gobierno tiene tres patas, y el ejecutivo es solo una. Eso tranquiliza porque reafirma el concepto que tenemos de que es el gobierno el responsable de todos los males. Indagar circunstancias es ocioso, van a desvirtuar nuestra conclusión previa y minar nuestra construcción de lugar. Y eso molesta. Así creo yo que funcionan las mentes de muchos. Y creo que es la misma razón por la cual recibo puteadas como respuesta a planteos de debate, ideas, de usar la razón, o simplemente pedir paciencia antes de saltar a conclusiones. Y termino con lo que ya dije muchas veces. La clase política es tan mediocre, corrupta y falta de ideas porque es un fiel reflejo de lo que somos como ciudadanos. De onda lo digo. Y no me importa que me puteen. Si lo digo respetuosamente, me putean igual. He dicho.
Y mis esperanzas de verlas son nulas. Simplemente de ver el grado de reacción y enojo que producen simples medidas paliativas como la AUH o jubilaciones a gente que no tiene aportes, más aun un plan de asistencia.
Dicho esto, como para no ser tildado de “planero” o “idiota útil del gobierno”, aclaro a los conservadores y opositores de cualquier cambio, o a los mismos simpatizantes de esta gestión que creen que llegamos al mejor de los mundos, que mis ideas van mucho más allá de esta realidad. Si por defender algunas medidas recibo las puteadas que recibo, no quiero pensar los calificativos que me haré merecedor si digo lo que realmente quiero para enderezar definitivamente este país.
Mi intención, sin embargo, fue ir tirando ideas y comentarios como para despertar en el interlocutor la inquietud de al menos plantear o discutir algunos temas. Remontándome al descubrimiento de América, el proceso colonial, la revolución, las guerras de independencia, la organización nacional, el sufragio universal y los tironeos de poder del siglo XX que llevaron a 50 años de golpes de estado y niveles de violencia sorprendentes para un país que se vanagloria de ser pacífico. Salvo honrosas excepciones, las respuestas a cualquier planteo abundan en epítetos, frases en mayúsculas y signos de admiración seriales. Y me doy la libertad de interpretar estas reacciones. Creo, respetuosamente, que los hechos, la historia, las evidencias y la realidad actual estorban, de alguna manera, en la construcción del imaginario que estas personas tienen. Se han hecho una imagen en la cabeza que no admiten cuestionar. Y si uno plantea contextos históricos, hechos de la realidad o razones para cuestionar esa particular manera de ver, la reacción es el enojo, la puteada y la intemperancia. Crispación. Palabra acuñada para definir el estado de ánimo inducido por Cristina Fernández hacia el resto de la sociedad. Hoy veo que el enojo y la impaciencia parte de, no digamos “la oposición” sino de la gente de a pie que por una razón u otra no está a gusto con esta gestión. Yo comprendo que exista gente no conforme, yo muchas veces viví gestiones que no me agradan. Pero lo patético de la oposición y la incapacidad de generar alternativas atractivas y competitivas electoralmente hace que el gobierno, luego de 12 años de gestión, conserve todavía buena salud electoral, y eso lleva a mayor intolerancia, odio y reacción. Y en este caso, el gobierno no tiene la culpa. Se sabe que en política, los lugares que no se ocupan lo ocupan otros. Y no apareció un personaje o movimiento político que haya logrado ubicarse en el centro de la escena, o durar en él más de unas pocas semanas. Es lo que hay. Es pobre, lo sé, por eso planteo la discusión política. Y solo recibo ladridos.
La muerte de este fiscal, penosa, dudosa, política, conmovedora, lejos de invitar al análisis, ha despertado una catarata de conclusiones a priori que no se sustentan en la realidad, simplemente conforman la idea ya asumida de que todo lo malo que pasa en el país es responsabilidad del gobierno. Si aumenta el pan, si la ciudad se inunda o si el fiscal muere. Algunas cosas son responsabilidad del gobierno, otras no. Y hay otros poderes que influyen y actúan políticamente. No se castiga a un delincuente y la culpa es de Cristina. Nadie dice que la culpa es del Poder Judicial. Un poder que escapa a la voluntad popular casi por completo. Y está compuesto por personas, con ideas, con capacidad de ser influenciadas, con agenda. Es más fácil y tranquilizante decir es “el gobierno” sin siquiera recordar lo aprendido en la secundaria que decía que el gobierno tiene tres patas, y el ejecutivo es solo una. Eso tranquiliza porque reafirma el concepto que tenemos de que es el gobierno el responsable de todos los males. Indagar circunstancias es ocioso, van a desvirtuar nuestra conclusión previa y minar nuestra construcción de lugar. Y eso molesta. Así creo yo que funcionan las mentes de muchos. Y creo que es la misma razón por la cual recibo puteadas como respuesta a planteos de debate, ideas, de usar la razón, o simplemente pedir paciencia antes de saltar a conclusiones. Y termino con lo que ya dije muchas veces. La clase política es tan mediocre, corrupta y falta de ideas porque es un fiel reflejo de lo que somos como ciudadanos. De onda lo digo. Y no me importa que me puteen. Si lo digo respetuosamente, me putean igual. He dicho.
domingo, 11 de enero de 2015
SIN CALCULADORA
Relatos Veraniegos III
No es poco frecuente para mi ir a un almacén u otro negocio y comprar un par de cosas que cuestan, por ejemplo, 12 y 7 pesos y ver sacar una calculadora, teclear los números para recién decirte, es 19. Comprendo y soy tolerante, tengo el oficio de calculista y los números me son familiares, pero por ahí es lindo emplear la cabeza, más que nada para tener una idea más acabada de la realidad, aunque sea de forma aproximada, y sin rebanarnos los sesos. Como es verano y muchos tienen un poco más de tiempo libre, quiero proponerles un ejercicio para mostrar criterios de cálculo aplicado a algo cotidiano y que nos permiten tener una idea aproximada de ciertas magnitudes. Ahí va:
Supongamos que un día leemos la noticia: "En el Gran San Miguel, de cada 200 niños que nacen a diario, el 15% sufren X carencia". Algo que uno puede leer y seguir nuestro camino, o interesarnos medianamente. Mi primera curiosidad sería preguntarme, ¿cómo saben que son 200 los niños que nacen a diario? Sin duda consultan algún registro, es lo más fácil. Ahora yo, desde mi casa, sin acceso a los registros, ¿puedo saber si la noticia es acertada, una exageración, se quedan corto? Veamos. Para simplificar las cosas, supongamos que el Gran San Miguel tiene una población de 1 millón de habitantes. Esto es bastante acertado. A partir de este dato podríamos estimar cuántas son mujeres, el promedio de edad, los años fértiles, la probabilidad de embarazo, etc, etc. Esto sería analizar las causas de los nacimientos. Muy complejo. Veamos los efectos: el aumento de población. Aquí tenemos un criterio más fácil. En los últimos 50 años la población aumentó aproximadamente un 10% cada 10 años. Podemos suponer entonces que cada año aumentó a groso modo un 1%. Si tenemos un millón de habitantes, esto significa que cada año nacen 10 mil pibes más respecto de las personas que mueren. De esa manera justificamos el aumento de población que observamos. Por día nacerán 10000/365 chicos, siempre por encima de las muertes. No queremos usar calculadora. Veamos como podemos resolver de manera aproximada esta división. Si el año tuviera 333 días sería fácil, ya que 10 mil dividido en 333 nos da 30. Y si en año tuviera 400 días también, la división es fácil y el resultado da 25 niños. Puedo estimar que 365 cae casi a mitad de camino entre 333 y 400, por lo tanto en el GSM nacen a diario unos 27-28 niños más respecto de las personas que mueren. Faltaría saber cuantos mueren por día. Y aquí también podemos partir de los datos poblacionales. Digamos que el promedio de vida en nuestro medio es de 75 años. Esto multiplicado por 365 nos da cuantos días en promedio vive cada hombre. 75 x 365 parece difícil sin calculadora, pero recurramos al mismo artificio de recién. Si el año tuviera 400 días es fácil: 75 x 400 = 30000 días, promedio de vida. Si el año tuviera 333 días, esto es lo mismo que multiplicar por 1000 y dividir por 3, cosas fáciles de hacer: 75 x 1000 nos da 75000, eso dividido en 3 nos da 25000 días. El hombre vive en promedio algo intermedio entre 25000 y 30000 días. Digamos que un hombre promedio en el GSM vive 27500 días y luego, lamentablemente muere. Invirtiendo el razonamiento podemos decir: si reunimos un grupo de 27500 personas, en promedio se nos morirá una por día. En el Gran San Miguel dijimos que hay un millón de personas. Entonces por día mueren 1 millón dividido en 27500 personas. Esto, sin calculadora, lo podemos estimar de la siguiente manera: Un millón dividido en 25000 nos da 40, un resultado que podemos calcular mentalmente. Un millón dividido en 30000 nos da 33,3 personas. La división que necesitamos hacer de 1000000/27500 cae justo en el medio de estos dos valores. Digamos, para redondear, que ese resultado es 37. Son las personas que mueren a diario en el GSM. Y como ya sabíamos que a diario nacen entre 27 y 28 niños más que el número de personas que fallecen cada día, ya podemos saber cuantos nacimientos hay cada día en el Gran San Miguel. Es simplemente 37 + 28 = 65. En el radio urbano de nuestra capital y alrededores nacen cada día, en promedio 65 niños. Y sin recurrir ni a registros ni a elaborados cálculos. Volviendo a la nota que leímos en el diario, ahora sabemos que en realidad el promedio de nacimientos diarios es de 65, y decir que "de cada 200 niños que nacen a diario..." es un dato erróneo, más de 3 veces superior a la realidad. Este ejemplo inventado, es sin embargo, exactamente representativo de muchas noticias que efectivamente se publican, algunas de las cuales ya subí como ejemplo a mi muro. Pero la intención era además, mostrar como con algo de intuición, un poco de creatividad y aprovechando el tiempo libre que el verano permite, podemos, como quien no quiere la cosa, obtener información sobre el mundo que nos rodea. Espero que les haya resultado de algún interés. Feliz domingo a los amigos
Supongamos que un día leemos la noticia: "En el Gran San Miguel, de cada 200 niños que nacen a diario, el 15% sufren X carencia". Algo que uno puede leer y seguir nuestro camino, o interesarnos medianamente. Mi primera curiosidad sería preguntarme, ¿cómo saben que son 200 los niños que nacen a diario? Sin duda consultan algún registro, es lo más fácil. Ahora yo, desde mi casa, sin acceso a los registros, ¿puedo saber si la noticia es acertada, una exageración, se quedan corto? Veamos. Para simplificar las cosas, supongamos que el Gran San Miguel tiene una población de 1 millón de habitantes. Esto es bastante acertado. A partir de este dato podríamos estimar cuántas son mujeres, el promedio de edad, los años fértiles, la probabilidad de embarazo, etc, etc. Esto sería analizar las causas de los nacimientos. Muy complejo. Veamos los efectos: el aumento de población. Aquí tenemos un criterio más fácil. En los últimos 50 años la población aumentó aproximadamente un 10% cada 10 años. Podemos suponer entonces que cada año aumentó a groso modo un 1%. Si tenemos un millón de habitantes, esto significa que cada año nacen 10 mil pibes más respecto de las personas que mueren. De esa manera justificamos el aumento de población que observamos. Por día nacerán 10000/365 chicos, siempre por encima de las muertes. No queremos usar calculadora. Veamos como podemos resolver de manera aproximada esta división. Si el año tuviera 333 días sería fácil, ya que 10 mil dividido en 333 nos da 30. Y si en año tuviera 400 días también, la división es fácil y el resultado da 25 niños. Puedo estimar que 365 cae casi a mitad de camino entre 333 y 400, por lo tanto en el GSM nacen a diario unos 27-28 niños más respecto de las personas que mueren. Faltaría saber cuantos mueren por día. Y aquí también podemos partir de los datos poblacionales. Digamos que el promedio de vida en nuestro medio es de 75 años. Esto multiplicado por 365 nos da cuantos días en promedio vive cada hombre. 75 x 365 parece difícil sin calculadora, pero recurramos al mismo artificio de recién. Si el año tuviera 400 días es fácil: 75 x 400 = 30000 días, promedio de vida. Si el año tuviera 333 días, esto es lo mismo que multiplicar por 1000 y dividir por 3, cosas fáciles de hacer: 75 x 1000 nos da 75000, eso dividido en 3 nos da 25000 días. El hombre vive en promedio algo intermedio entre 25000 y 30000 días. Digamos que un hombre promedio en el GSM vive 27500 días y luego, lamentablemente muere. Invirtiendo el razonamiento podemos decir: si reunimos un grupo de 27500 personas, en promedio se nos morirá una por día. En el Gran San Miguel dijimos que hay un millón de personas. Entonces por día mueren 1 millón dividido en 27500 personas. Esto, sin calculadora, lo podemos estimar de la siguiente manera: Un millón dividido en 25000 nos da 40, un resultado que podemos calcular mentalmente. Un millón dividido en 30000 nos da 33,3 personas. La división que necesitamos hacer de 1000000/27500 cae justo en el medio de estos dos valores. Digamos, para redondear, que ese resultado es 37. Son las personas que mueren a diario en el GSM. Y como ya sabíamos que a diario nacen entre 27 y 28 niños más que el número de personas que fallecen cada día, ya podemos saber cuantos nacimientos hay cada día en el Gran San Miguel. Es simplemente 37 + 28 = 65. En el radio urbano de nuestra capital y alrededores nacen cada día, en promedio 65 niños. Y sin recurrir ni a registros ni a elaborados cálculos. Volviendo a la nota que leímos en el diario, ahora sabemos que en realidad el promedio de nacimientos diarios es de 65, y decir que "de cada 200 niños que nacen a diario..." es un dato erróneo, más de 3 veces superior a la realidad. Este ejemplo inventado, es sin embargo, exactamente representativo de muchas noticias que efectivamente se publican, algunas de las cuales ya subí como ejemplo a mi muro. Pero la intención era además, mostrar como con algo de intuición, un poco de creatividad y aprovechando el tiempo libre que el verano permite, podemos, como quien no quiere la cosa, obtener información sobre el mundo que nos rodea. Espero que les haya resultado de algún interés. Feliz domingo a los amigos
sábado, 6 de diciembre de 2014
EL PLACER DE LO PROHIBIDO
A fines de los 70 yo cursaba en la UNT. Y en uno de esos años Tucumán fue sede del Campeonato Argentino de Básquet, el “más argentino de los campeonatos” como se lo conocía. Yo estudiaba con mi gran amigo de toda la vida, Lorenzo, y además me refugiaba en su casa, en Ranchillos, días enteros. Mi amigo era aficionado al deporte de la canastita, y a mí también me gustaba. Tucumán ya había llegado a semi-finales, o algo parecido, así que decidimos ir a ver los partidos de esa noche.
La sede del campeonato era la cancha del Club All Boys, de calle Uruguay al 1500. Y siguiendo una costumbre muy de pueblo, mi amigo tenía un contacto que nos iba a permitir ingresar sin la entrada. No es que hayan estado agotadas, ni que fueran prohibitivas de caras, pero par una par de estudiantes universitarios algo golpeados por la realidad, la posibilidad de entrar sin pagar no dejaba de ser atractiva. El facilitador era un amigo de Ranchillos recientemente ingresado a la fuerza policial y que esa noche iba a estar asignado al operativo de seguridad del evento. Así que todo estaba arreglado. Era un trámite.
Arribamos a la hora señalada, cuando ya estaba por empezar el partido previo al que nos interesaba, que era el que jugaba Tucumán, con sus estrellas del momento, entre ellas el Negro Romano, el Checha Figueroa y etcéteras, como diría Dolina. Nos hacemos presentes en la esquina de 12 de Octubre e Italia, en la época en que el alumbrado público consistía, en el mejor de los casos, de una pantalla con un foco de 300W en la esquina y con suerte otro ídem a la media cuadra. Hasta mis recuerdos se me aparecen en blanco y negro. Y efectivamente, el contacto se presenta a los pocos minutos. Habla con mi amigo, y salimos caminando detrás de él en dirección a la entrada principal, sobre calle Uruguay a mitad de cuadra. Charlaban distendidos durante la cuadra y media que nos llevó llegar a la puerta principal mientras yo acompañaba en silencio. El amigo, de uniforme, se arrima a la puerta, habla en voz baja con uno de los custodios, y alcanzo a ver el típico gesto negativo con la cabeza, mientras explica vaya a saber qué cosa, para finalmente señalar en dirección de calle Lucas Córdoba. El amigo de mi amigo regresa, nos hace retroceder y nos cuenta que por ahí será imposible entrar, hay mucho control de la organización, gente de Buenos Aires. Le informaron que nos haga ingresar por el portón de calle Lucas Córdoba, reservado para vehículos de la organización y custodiado por efectivos de la provincia. Caminamos la cuadra que nos separan del portón y el policía amigo lo golpea, atiende un colega y se produce otro diálogo que desde mi óptica era casi calcado del anterior. La negativa con la cabeza con el agravante que ya ni siquiera le propone una alternativa. Nuestro amigo regresa un poco apesadumbrado comentando que es imposible entrar por ahí, que hay mucho control.
Mientras volvíamos hacia la esquina de Lucas Córdoba y Uruguay yo hago la sugerencia algo inocente “y si compramos las entradas y entramos de una vez?”. Antes de que alguien me conteste aparece un patrullero. Un Torino algo maltrecho, de un color azul envejecido idéntico al de esos buzos que nos hacían comprar para educación física, que ya desde la vidriera de La Tropical parecían viejos. El amigo policía, a esta altura ya convertido en pariente cada vez más cercano, se acerca al chofer del Torino y le empieza a hablar. A los pocos segundos se abren la puerta del acompañante y una de las traseras. Un frío helado me recorre instintivamente la columna. Se bajan dos policías sin ningún tipo de carencia nutricional y nuestro amigo nos dice “suban”. Ante la mirada atónita de Lorenzo y la mía, nos aclara: “ellos van a ingresar por el portón, vayan en el auto y se bajan adentro”. Entro por la puerta de atrás y mi amigo por la de adelante. Quedamos los dos sentaditos al medio de los asientos, flanqueados cada uno por dos servidores públicos convenientemente armados para la ocasión. Sin mediar palabra, el Torino se dirige al portón que nos acababa de negar la entrada. El portón se abre de par en par y el Torino avanza. Cuando llega el chofer a la altura del portón, se acerca un uniformado y mira adentro del vehículo. Y dice con voz firme que no deja lugar a rebatidas: ustedes 4 entran, esos dos se bajan aquí. Los policías del auto nos miran y dicen “lamento muchachos, hicimos lo que pudimos”.
Regresando con ya varias derrotas a cuestas hacia Uruguay y Lucas Córdoba volvemos a ver a nuestro policía amigo que nos pregunta “qué pasó”. Le contamos lo ocurrido y yo insisto con lo de comprar la entrada y dejar de joder. A todo esto el partido previo ya había terminado y Tucumán ya estaba por salir a la cancha. Pero este flamante cabo amigo se sentía en la obligación de cumplir con su promesa y no iba a rendirse tan fácilmente. Mientras pensaba qué recurso faltaba implementar, vemos aproximarse un colectivo de larga distancia entre la multitud. Nuestro pariente adoptivo, ni lerdo ni perezoso, detiene al ómnibus y se acerca a conversar con el chofer. Acto seguido la puerta se abre. Y el amigo nos dice: “suban, es la delegación de Entre Ríos, ellos van a ver el partido y entran sin pagar”. Ya curados de espanto y sin cara alguna, trepamos al colectivo para encontrarnos con una docena y media de chicos promediando el metro noventa y cinco y todos con unas camperas blancas con las letras “Entre Ríos” en cursiva. El colectivo avanza media cuadra y se detiene al frente de la puerta principal donde nos rechazaron la primera vez. El chofer abre la puerta y la delegación baja trotando y pasan libre por la puerta, que se despejó para la ocasión. Entre los atléticos lungos nos largamos con mi amigo, en ropa de calle, tratando de actuar un trote lo más profesional que nuestras raquíticas realidades nos permita para no desentonar tanto con el resto del grupo. Antes de arribar siquiera a la puerta un par de custodios nos sacan de la fila al grito de “estos no son”, dejándonos a nuestra suerte entre un grupo numeroso de oportunistas que se amontonaban alrededor del ingreso esperando vaya a saber qué ocasión para entrar. Terminado el ingreso de los entrerrianos, la puerta se vuelve a cerrar y la policía intenta dispersar a la muchedumbre, entre la que quedamos depositados. Y sin mediar palabra aparece un grupo de uniformados al mando de una media docena de Dobermans que logra la dispersión que los bastones al principio no lograron. Yo, actuando con orgullo y haciéndome al conocedor de perros, me alejo a paso normal y despreocupado, y mientras vuelvo la cabeza para mostrar mi temple al policía, veo que un can erguido en sus dos patas y sostenido por la correa me respiraba a escasos 10 cms de mi cara mientras hacía sonar sus dientes como un cocinero chino picando para un wok.
A esa altura ya Tucumán estaba jugando el último partido de la noche. Y ya era innegable que nuestra estrategia para entrar sin pagar había fracasado de todas las maneras imaginables. Nunca volvimos a encontrar al preocupado facilitador. Aproveché que los revendedores ya estaban intranquilos con los remanentes de entradas sin vender y pude conseguir un par a menos del precio oficial. Así, derrotados pero aceptando la realidad, encaramos la puerta principal con las entradas en la mano y nos dejaron entrar sin problemas, sin siquiera reconocernos de nuestros intentos anteriores. Para cuando llegamos a ubicarnos en las tribunas de madera, ya promediaba el segundo cuarto. Demás está decir que nunca logré engancharme en el partido. La aventura para entrar a la cancha me había dejado exhausto.
La sede del campeonato era la cancha del Club All Boys, de calle Uruguay al 1500. Y siguiendo una costumbre muy de pueblo, mi amigo tenía un contacto que nos iba a permitir ingresar sin la entrada. No es que hayan estado agotadas, ni que fueran prohibitivas de caras, pero par una par de estudiantes universitarios algo golpeados por la realidad, la posibilidad de entrar sin pagar no dejaba de ser atractiva. El facilitador era un amigo de Ranchillos recientemente ingresado a la fuerza policial y que esa noche iba a estar asignado al operativo de seguridad del evento. Así que todo estaba arreglado. Era un trámite.
Arribamos a la hora señalada, cuando ya estaba por empezar el partido previo al que nos interesaba, que era el que jugaba Tucumán, con sus estrellas del momento, entre ellas el Negro Romano, el Checha Figueroa y etcéteras, como diría Dolina. Nos hacemos presentes en la esquina de 12 de Octubre e Italia, en la época en que el alumbrado público consistía, en el mejor de los casos, de una pantalla con un foco de 300W en la esquina y con suerte otro ídem a la media cuadra. Hasta mis recuerdos se me aparecen en blanco y negro. Y efectivamente, el contacto se presenta a los pocos minutos. Habla con mi amigo, y salimos caminando detrás de él en dirección a la entrada principal, sobre calle Uruguay a mitad de cuadra. Charlaban distendidos durante la cuadra y media que nos llevó llegar a la puerta principal mientras yo acompañaba en silencio. El amigo, de uniforme, se arrima a la puerta, habla en voz baja con uno de los custodios, y alcanzo a ver el típico gesto negativo con la cabeza, mientras explica vaya a saber qué cosa, para finalmente señalar en dirección de calle Lucas Córdoba. El amigo de mi amigo regresa, nos hace retroceder y nos cuenta que por ahí será imposible entrar, hay mucho control de la organización, gente de Buenos Aires. Le informaron que nos haga ingresar por el portón de calle Lucas Córdoba, reservado para vehículos de la organización y custodiado por efectivos de la provincia. Caminamos la cuadra que nos separan del portón y el policía amigo lo golpea, atiende un colega y se produce otro diálogo que desde mi óptica era casi calcado del anterior. La negativa con la cabeza con el agravante que ya ni siquiera le propone una alternativa. Nuestro amigo regresa un poco apesadumbrado comentando que es imposible entrar por ahí, que hay mucho control.
Mientras volvíamos hacia la esquina de Lucas Córdoba y Uruguay yo hago la sugerencia algo inocente “y si compramos las entradas y entramos de una vez?”. Antes de que alguien me conteste aparece un patrullero. Un Torino algo maltrecho, de un color azul envejecido idéntico al de esos buzos que nos hacían comprar para educación física, que ya desde la vidriera de La Tropical parecían viejos. El amigo policía, a esta altura ya convertido en pariente cada vez más cercano, se acerca al chofer del Torino y le empieza a hablar. A los pocos segundos se abren la puerta del acompañante y una de las traseras. Un frío helado me recorre instintivamente la columna. Se bajan dos policías sin ningún tipo de carencia nutricional y nuestro amigo nos dice “suban”. Ante la mirada atónita de Lorenzo y la mía, nos aclara: “ellos van a ingresar por el portón, vayan en el auto y se bajan adentro”. Entro por la puerta de atrás y mi amigo por la de adelante. Quedamos los dos sentaditos al medio de los asientos, flanqueados cada uno por dos servidores públicos convenientemente armados para la ocasión. Sin mediar palabra, el Torino se dirige al portón que nos acababa de negar la entrada. El portón se abre de par en par y el Torino avanza. Cuando llega el chofer a la altura del portón, se acerca un uniformado y mira adentro del vehículo. Y dice con voz firme que no deja lugar a rebatidas: ustedes 4 entran, esos dos se bajan aquí. Los policías del auto nos miran y dicen “lamento muchachos, hicimos lo que pudimos”.
Regresando con ya varias derrotas a cuestas hacia Uruguay y Lucas Córdoba volvemos a ver a nuestro policía amigo que nos pregunta “qué pasó”. Le contamos lo ocurrido y yo insisto con lo de comprar la entrada y dejar de joder. A todo esto el partido previo ya había terminado y Tucumán ya estaba por salir a la cancha. Pero este flamante cabo amigo se sentía en la obligación de cumplir con su promesa y no iba a rendirse tan fácilmente. Mientras pensaba qué recurso faltaba implementar, vemos aproximarse un colectivo de larga distancia entre la multitud. Nuestro pariente adoptivo, ni lerdo ni perezoso, detiene al ómnibus y se acerca a conversar con el chofer. Acto seguido la puerta se abre. Y el amigo nos dice: “suban, es la delegación de Entre Ríos, ellos van a ver el partido y entran sin pagar”. Ya curados de espanto y sin cara alguna, trepamos al colectivo para encontrarnos con una docena y media de chicos promediando el metro noventa y cinco y todos con unas camperas blancas con las letras “Entre Ríos” en cursiva. El colectivo avanza media cuadra y se detiene al frente de la puerta principal donde nos rechazaron la primera vez. El chofer abre la puerta y la delegación baja trotando y pasan libre por la puerta, que se despejó para la ocasión. Entre los atléticos lungos nos largamos con mi amigo, en ropa de calle, tratando de actuar un trote lo más profesional que nuestras raquíticas realidades nos permita para no desentonar tanto con el resto del grupo. Antes de arribar siquiera a la puerta un par de custodios nos sacan de la fila al grito de “estos no son”, dejándonos a nuestra suerte entre un grupo numeroso de oportunistas que se amontonaban alrededor del ingreso esperando vaya a saber qué ocasión para entrar. Terminado el ingreso de los entrerrianos, la puerta se vuelve a cerrar y la policía intenta dispersar a la muchedumbre, entre la que quedamos depositados. Y sin mediar palabra aparece un grupo de uniformados al mando de una media docena de Dobermans que logra la dispersión que los bastones al principio no lograron. Yo, actuando con orgullo y haciéndome al conocedor de perros, me alejo a paso normal y despreocupado, y mientras vuelvo la cabeza para mostrar mi temple al policía, veo que un can erguido en sus dos patas y sostenido por la correa me respiraba a escasos 10 cms de mi cara mientras hacía sonar sus dientes como un cocinero chino picando para un wok.
A esa altura ya Tucumán estaba jugando el último partido de la noche. Y ya era innegable que nuestra estrategia para entrar sin pagar había fracasado de todas las maneras imaginables. Nunca volvimos a encontrar al preocupado facilitador. Aproveché que los revendedores ya estaban intranquilos con los remanentes de entradas sin vender y pude conseguir un par a menos del precio oficial. Así, derrotados pero aceptando la realidad, encaramos la puerta principal con las entradas en la mano y nos dejaron entrar sin problemas, sin siquiera reconocernos de nuestros intentos anteriores. Para cuando llegamos a ubicarnos en las tribunas de madera, ya promediaba el segundo cuarto. Demás está decir que nunca logré engancharme en el partido. La aventura para entrar a la cancha me había dejado exhausto.
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