viernes, 18 de julio de 2014

CRONICAS DE LA INFANCIA: "1959"

“Desde que tengo uso de razón” se escucha por ahí. Yo sospecho que razón empecé a tener allá por 1959, no se si el “uso”. Pero mis recuerdos más remotos comienzan allí. En Enero viajamos con la familia a USA, viaje del que no conservo recuerdo alguno, ni de la Argentina que abandonaba. Recién en abril de ese año empecé a conservar mis recuerdos. Se trataba de un viaje a Washington, donde recuerdo el monumento a Lincoln, su monumental estatua de mármol, sentado, majestuoso, mirando hacia el lago rectangular que ilustra mi muro del FB y al fondo el obelisco de George Washington. El Insituto Smithsoniano era el otro hito de ese día que quedó grabado. Un día de sol pero ventoso, con los sombreros de los varones, prenda obligada todavía, rodando por las veredas y el césped del museo. Recuerdo los autos del futuro, inspirados más en H.G.Wells o Ray Bradbury que en predicciones técnicas más realistas. Y un cohete, la novedad señora, erguido a la par de una de las naves, a la intemperie. Llegaba a la altura del techo del edificio de no más de 3 pisos, pequeño para los standares actuales, y con las siglas USAF, previo a la NASA, que quedaron impresas en mi retina años antes de aprender el abecedario.
Estos recuerdos comenzaron como flashes, como estos símbolos y números que aparecían aleatorios antes de tomar forma la película cuando los cines eran de celuloide. Pocos meses después, con algunos flashes memorables que algún día mencionaré en el medio, finalmente la película arranca y logré conservar un hilo de recuerdos casi ininterrumpido de mis primeros años de vida.
Para fines de ese año ya vivíamos en una casa de la calle Maple, en un pueblo de New Jersey. Imposible parecerse más a una típica película costumbrista de la época. Ahí empecé a interactuar con gente más allá de la propia casa.
Recuerdo en particular un amigo, que se acercó. Era de mi edad, 3 años. Yo hablaba el tucumano que aprendí desde chico y él hablaba un inglés de New Jersey. Conversábamos cada uno en su lengua sin percatarnos que no coincidían, sin que ello impidiera una fluida comunicación. Con el correr de los días nos hicimos inseparables.
Una aventura que se convirtió en rutina era dar una vuelta a la manzana, por la vereda, sin bajarnos a la calle. Era la manzana de él, frente a nuestra casa. Y él era el baqueano, el conocedor. El recorrido lo hacíamos cada uno en su vehículo, nada de ir de a pie. El tenía una bicicleta con las dos rueditas al costado. Yo tenía un triciclo, pero no uno cualquiera. Uno que mis viejos encontraron vaya a saber en que basural o venta de usados. Diferente, importante, nunca volví a ver algo así. Tenía, como su nombre lo indica, tres ruedas. Pero a diferencia de los triciclos infantiles normales, este era de tracción trasera. Si, tal cual. Disponía de unos pedales y corona como una bicicleta, una cadena y un piñon fijo solidario con las ruedas traseras. La rueda delantera era solo para la dirección. Ruedas infladas, silleta cómoda, yo sentía que era un Cadillac, notable vehículo.
El recorrido salía del frente de casa en sentido anti-horario. Íbamos en fila india, mi amigo indefectiblemente al frente y yo atrás. Me daba la sensación que alcanzábamos los confines del universo y volvíamos sanos y salvos a casa.
En uno de esos viajes, cuando estábamos en la esquina más alejada del recorrido, mi amigo se encuentra con un adulto que era evidentemente amigo de su familia. Comienza una charla amena y distendida, mientras nuestra caravana quedaba inmóvil. Pasaban los minutos y yo veía las bocas moverse alegres, intrascendentes, sin entender casi nada del contenido. Y en eso mi minúscula vejiga empieza a hacerse sentir. Yo empiezo a impacientarme pero mi infinita timidez y desconocimiento de cualquier código me inmoviliza. Sólo me limitaba a esperar. La charla continuaba y yo sufriendo en silencio. Años después al leer “El Corazón Delator” de E. A. Poe, la escena de los policías charlando distendidos en la cocina del asesino mientras él por dentro sufre y se aguanta la culpa y el ruido de su corazón por estallar me trajo a la memoria esos interminables minutos en esa esquina tan lejana de mi base natural.
No puedo saber simplemente confiando en ese recuerdo tan remoto, cuantos minutos trascurrieron, pero no había ningún indicio que esa charla estaba llegando a su fin. En un determinado momento la necesidad pudo más que la inseguridad. Maniobré mi nave pasando a la bicicleta de mi amigo y acelerando a fondo me dirigí lo más rápido posible en dirección a casa, casa donde había definitivamente aprendido a controlar esfínteres unos meses antes. Mi amigo, con una voz de angustia irreprimible, se despidió a los tropezones del amigo adulto y empieza a perseguirme en un sollozo descontrolado. Recién ahí pude percatar lo trascendente que era para él ir primero durante el recorrido, y la frustración que significaba haber sido superado. Yo disponía de una estabilidad y velocidad final que superaba sin esfuerzo la bicicleta de mi amigo, y la desesperación por llegar aumentaba mis naturales condiciones. Llegué frente a mi casa y crucé la calle con los recaudos del caso pero mi fisiología aun sin domar por completo pudo más. Mis pantalones de corderoy gris se mojaron completamente y ya aliviado de mis padecimientos, perdí todo vestigio de urgencia. Me senté en las escalinatas de madera de mi casa a mirar como mi amigo entraba a su casa en un solo alarido de desconsuelo, sin comprender hasta el día de hoy que fantasías o frustraciones lo atormentaban a tan corta edad. Yo aprendí, por mi lado, que no alcanzar los objetivos no era algo tan grave si en el intento se puso lo mejor de uno mismo. Remoto pero satisfactorio recuerdo que quise compartir con los amigos.

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