A fines de los 70 yo cursaba en la UNT. Y en uno de esos años Tucumán fue sede del Campeonato Argentino de Básquet, el “más argentino de los campeonatos” como se lo conocía. Yo estudiaba con mi gran amigo de toda la vida, Lorenzo, y además me refugiaba en su casa, en Ranchillos, días enteros. Mi amigo era aficionado al deporte de la canastita, y a mí también me gustaba. Tucumán ya había llegado a semi-finales, o algo parecido, así que decidimos ir a ver los partidos de esa noche.
La sede del campeonato era la cancha del Club All Boys, de calle Uruguay al 1500. Y siguiendo una costumbre muy de pueblo, mi amigo tenía un contacto que nos iba a permitir ingresar sin la entrada. No es que hayan estado agotadas, ni que fueran prohibitivas de caras, pero par una par de estudiantes universitarios algo golpeados por la realidad, la posibilidad de entrar sin pagar no dejaba de ser atractiva. El facilitador era un amigo de Ranchillos recientemente ingresado a la fuerza policial y que esa noche iba a estar asignado al operativo de seguridad del evento. Así que todo estaba arreglado. Era un trámite.
Arribamos a la hora señalada, cuando ya estaba por empezar el partido previo al que nos interesaba, que era el que jugaba Tucumán, con sus estrellas del momento, entre ellas el Negro Romano, el Checha Figueroa y etcéteras, como diría Dolina. Nos hacemos presentes en la esquina de 12 de Octubre e Italia, en la época en que el alumbrado público consistía, en el mejor de los casos, de una pantalla con un foco de 300W en la esquina y con suerte otro ídem a la media cuadra. Hasta mis recuerdos se me aparecen en blanco y negro. Y efectivamente, el contacto se presenta a los pocos minutos. Habla con mi amigo, y salimos caminando detrás de él en dirección a la entrada principal, sobre calle Uruguay a mitad de cuadra. Charlaban distendidos durante la cuadra y media que nos llevó llegar a la puerta principal mientras yo acompañaba en silencio. El amigo, de uniforme, se arrima a la puerta, habla en voz baja con uno de los custodios, y alcanzo a ver el típico gesto negativo con la cabeza, mientras explica vaya a saber qué cosa, para finalmente señalar en dirección de calle Lucas Córdoba. El amigo de mi amigo regresa, nos hace retroceder y nos cuenta que por ahí será imposible entrar, hay mucho control de la organización, gente de Buenos Aires. Le informaron que nos haga ingresar por el portón de calle Lucas Córdoba, reservado para vehículos de la organización y custodiado por efectivos de la provincia. Caminamos la cuadra que nos separan del portón y el policía amigo lo golpea, atiende un colega y se produce otro diálogo que desde mi óptica era casi calcado del anterior. La negativa con la cabeza con el agravante que ya ni siquiera le propone una alternativa. Nuestro amigo regresa un poco apesadumbrado comentando que es imposible entrar por ahí, que hay mucho control.
Mientras volvíamos hacia la esquina de Lucas Córdoba y Uruguay yo hago la sugerencia algo inocente “y si compramos las entradas y entramos de una vez?”. Antes de que alguien me conteste aparece un patrullero. Un Torino algo maltrecho, de un color azul envejecido idéntico al de esos buzos que nos hacían comprar para educación física, que ya desde la vidriera de La Tropical parecían viejos. El amigo policía, a esta altura ya convertido en pariente cada vez más cercano, se acerca al chofer del Torino y le empieza a hablar. A los pocos segundos se abren la puerta del acompañante y una de las traseras. Un frío helado me recorre instintivamente la columna. Se bajan dos policías sin ningún tipo de carencia nutricional y nuestro amigo nos dice “suban”. Ante la mirada atónita de Lorenzo y la mía, nos aclara: “ellos van a ingresar por el portón, vayan en el auto y se bajan adentro”. Entro por la puerta de atrás y mi amigo por la de adelante. Quedamos los dos sentaditos al medio de los asientos, flanqueados cada uno por dos servidores públicos convenientemente armados para la ocasión. Sin mediar palabra, el Torino se dirige al portón que nos acababa de negar la entrada. El portón se abre de par en par y el Torino avanza. Cuando llega el chofer a la altura del portón, se acerca un uniformado y mira adentro del vehículo. Y dice con voz firme que no deja lugar a rebatidas: ustedes 4 entran, esos dos se bajan aquí. Los policías del auto nos miran y dicen “lamento muchachos, hicimos lo que pudimos”.
Regresando con ya varias derrotas a cuestas hacia Uruguay y Lucas Córdoba volvemos a ver a nuestro policía amigo que nos pregunta “qué pasó”. Le contamos lo ocurrido y yo insisto con lo de comprar la entrada y dejar de joder. A todo esto el partido previo ya había terminado y Tucumán ya estaba por salir a la cancha. Pero este flamante cabo amigo se sentía en la obligación de cumplir con su promesa y no iba a rendirse tan fácilmente. Mientras pensaba qué recurso faltaba implementar, vemos aproximarse un colectivo de larga distancia entre la multitud. Nuestro pariente adoptivo, ni lerdo ni perezoso, detiene al ómnibus y se acerca a conversar con el chofer. Acto seguido la puerta se abre. Y el amigo nos dice: “suban, es la delegación de Entre Ríos, ellos van a ver el partido y entran sin pagar”. Ya curados de espanto y sin cara alguna, trepamos al colectivo para encontrarnos con una docena y media de chicos promediando el metro noventa y cinco y todos con unas camperas blancas con las letras “Entre Ríos” en cursiva. El colectivo avanza media cuadra y se detiene al frente de la puerta principal donde nos rechazaron la primera vez. El chofer abre la puerta y la delegación baja trotando y pasan libre por la puerta, que se despejó para la ocasión. Entre los atléticos lungos nos largamos con mi amigo, en ropa de calle, tratando de actuar un trote lo más profesional que nuestras raquíticas realidades nos permita para no desentonar tanto con el resto del grupo. Antes de arribar siquiera a la puerta un par de custodios nos sacan de la fila al grito de “estos no son”, dejándonos a nuestra suerte entre un grupo numeroso de oportunistas que se amontonaban alrededor del ingreso esperando vaya a saber qué ocasión para entrar. Terminado el ingreso de los entrerrianos, la puerta se vuelve a cerrar y la policía intenta dispersar a la muchedumbre, entre la que quedamos depositados. Y sin mediar palabra aparece un grupo de uniformados al mando de una media docena de Dobermans que logra la dispersión que los bastones al principio no lograron. Yo, actuando con orgullo y haciéndome al conocedor de perros, me alejo a paso normal y despreocupado, y mientras vuelvo la cabeza para mostrar mi temple al policía, veo que un can erguido en sus dos patas y sostenido por la correa me respiraba a escasos 10 cms de mi cara mientras hacía sonar sus dientes como un cocinero chino picando para un wok.
A esa altura ya Tucumán estaba jugando el último partido de la noche. Y ya era innegable que nuestra estrategia para entrar sin pagar había fracasado de todas las maneras imaginables. Nunca volvimos a encontrar al preocupado facilitador. Aproveché que los revendedores ya estaban intranquilos con los remanentes de entradas sin vender y pude conseguir un par a menos del precio oficial. Así, derrotados pero aceptando la realidad, encaramos la puerta principal con las entradas en la mano y nos dejaron entrar sin problemas, sin siquiera reconocernos de nuestros intentos anteriores. Para cuando llegamos a ubicarnos en las tribunas de madera, ya promediaba el segundo cuarto. Demás está decir que nunca logré engancharme en el partido. La aventura para entrar a la cancha me había dejado exhausto.
sábado, 6 de diciembre de 2014
domingo, 12 de octubre de 2014
EL CAMINO DE LA FÍSICA (I)
Reflexiones Domingueras
12-10-2014
Isaac Newton, a mi entender, junto con James Clerk Maxwell y Albert Einstein, son los tres exponentes más destacados de la física.
Newton definió en un solo libro las bases de la cinemática, la mecánica, la dinámica, las leyes de gravitación universal y hasta la óptica dando una base a toda la disciplina. Incluso definió las bases del cálculo diferencial e integral para demostrar sus teoremas. Maxwell definió las leyes del electromagnetismo que iban a permitir el desarrollo de prácticamente todas las innovaciones que vinieron después, incluyendo los trabajos de Einstein. Siendo el trabajo más importante de este último seguramente su teoría de la relatividad, donde destruye la idea absoluta del tiempo, vinculándolo y haciéndolo depender (relativo) del espacio.
Newton define un concepto que llama “cantidad de movimiento” y lo toma de una idea de Galileo, el otro grande previo a Newton. Matemáticamente la cantidad de movimiento se expresa como el producto de masa por velocidad: m.v
Newton le da mucha trascendencia a este valor al enunciar su idea de inercia (de inerte). Cuando no se aplican fuerzas externas, la cantidad de movimiento de un sistema se mantiene constante. Y si un cuerpo en movimiento impacta a otro, la cantidad de movimiento es lo que define las consecuencias de ese impacto.
Pocas décadas después de Newton, una joven y rebelde francesa llamada Emilie du Chatelet cultivaba las artes y las ciencias y protegía de las autoridades a probablemente el máximo exponente de Francia del siglo XVIII: Voltaire, amigo de la infancia. Apasionada de los trabajos de Newton y de las matemáticas, Madame du Chatelet se anima a contradecirlo, incluso afirmando que Newton se equivocó. Ella logra demostrar que el efecto de un objeto impactando a otro no depende de su masa y su velocidad, sino de la masa y el cuadrado de la velocidad. La forma de expresar esto ahora tiene que ver no con la conservación de la “cantidad de movimiento” m.v sino con la conservación del concepto de energía: E = m.v2. Esta definición no es original de Emilie sino del intelectual alemán Gottfried Liebniz, el eterno rival de Newton y según muchos autores, el verdadero padre del cálculo diferencial. Pero los experimentos y la contundencia de las publicaciones de la francesa terminan zanjando la polémica de una vez por todas a favor del alemán.
Un siglo después, Maxwell, al describir la propagación de las ondas electromagnéticas años antes de que efectivamente se logró emitirlas, calculó que se propagarían a la velocidad de la luz y que esta velocidad era la máxima velocidad físicamente posible, un valor absoluto de la naturaleza. Esto demostraba de paso que la luz no era otra cosa que una onda electromagnética. Esta velocidad máxima absoluta es lo que obsesionó a Einstein por años hasta que logró dar forma a su célebre teoría que, entre otras cosas, vincula la energía con la masa, haciéndolos conceptos (para expresarlo en términos de Domingo Cavallo) convertibles: energía se puede convertir en masa y masa se puede convertir en energía. Si quiero convertir una cierta masa completamente en energía, esta energía tendrá el valor de E = m.c2, la famosísima ecuación de Einstein, donde c es la velocidad de la luz, la máxima y absoluta velocidad del universo. Y vemos que esta ecuación no difiere en nada de la ecuación que proponía Emilie du Chatelet 150 años antes.
Las formas matemáticas de la física tienen un grado de simpleza y de belleza que han ido floreciendo a través de los siglos y los maravillosos descubrimientos y teorías parecen repetir las formas como una coincidencia recurrente. Los descubrimientos de los últimos años explican un poco mejor estas similitudes y coincidencias al unir los fenómenos en uno solo: todo se trata de ondas. Para los que han disfrutado de este relato en la próxima vamos a describir como esto desemboca en la famosa y millonaria búsqueda del bosón de Higgs y la pésimamente bautizada “partícula de Dios”.
Newton definió en un solo libro las bases de la cinemática, la mecánica, la dinámica, las leyes de gravitación universal y hasta la óptica dando una base a toda la disciplina. Incluso definió las bases del cálculo diferencial e integral para demostrar sus teoremas. Maxwell definió las leyes del electromagnetismo que iban a permitir el desarrollo de prácticamente todas las innovaciones que vinieron después, incluyendo los trabajos de Einstein. Siendo el trabajo más importante de este último seguramente su teoría de la relatividad, donde destruye la idea absoluta del tiempo, vinculándolo y haciéndolo depender (relativo) del espacio.
Newton define un concepto que llama “cantidad de movimiento” y lo toma de una idea de Galileo, el otro grande previo a Newton. Matemáticamente la cantidad de movimiento se expresa como el producto de masa por velocidad: m.v
Newton le da mucha trascendencia a este valor al enunciar su idea de inercia (de inerte). Cuando no se aplican fuerzas externas, la cantidad de movimiento de un sistema se mantiene constante. Y si un cuerpo en movimiento impacta a otro, la cantidad de movimiento es lo que define las consecuencias de ese impacto.
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| Emilie du Châtelet |
Un siglo después, Maxwell, al describir la propagación de las ondas electromagnéticas años antes de que efectivamente se logró emitirlas, calculó que se propagarían a la velocidad de la luz y que esta velocidad era la máxima velocidad físicamente posible, un valor absoluto de la naturaleza. Esto demostraba de paso que la luz no era otra cosa que una onda electromagnética. Esta velocidad máxima absoluta es lo que obsesionó a Einstein por años hasta que logró dar forma a su célebre teoría que, entre otras cosas, vincula la energía con la masa, haciéndolos conceptos (para expresarlo en términos de Domingo Cavallo) convertibles: energía se puede convertir en masa y masa se puede convertir en energía. Si quiero convertir una cierta masa completamente en energía, esta energía tendrá el valor de E = m.c2, la famosísima ecuación de Einstein, donde c es la velocidad de la luz, la máxima y absoluta velocidad del universo. Y vemos que esta ecuación no difiere en nada de la ecuación que proponía Emilie du Chatelet 150 años antes.
Las formas matemáticas de la física tienen un grado de simpleza y de belleza que han ido floreciendo a través de los siglos y los maravillosos descubrimientos y teorías parecen repetir las formas como una coincidencia recurrente. Los descubrimientos de los últimos años explican un poco mejor estas similitudes y coincidencias al unir los fenómenos en uno solo: todo se trata de ondas. Para los que han disfrutado de este relato en la próxima vamos a describir como esto desemboca en la famosa y millonaria búsqueda del bosón de Higgs y la pésimamente bautizada “partícula de Dios”.
sábado, 9 de agosto de 2014
MELANCÓLICOS ANONIMOS
Simplemente
pensar, en nada justamente. Mi vida estos últimos dos meses ha sido algo
vertiginosa, pa mi gusto. Pero no me debo quejar, ya que es una construcción
adrede.
Pocos
horas separan la llegada a casa desde algún confín, en este caso la ciudad de
Concepción, donde anoche tocamos con los Peces Gordos en un show muy
gratificante (vivo en San Pedro, nos queda lejos) y partir de nuevo hacia otro
lado, el lunes a la madrugada rumbo al Salar de Olaroz.
Entonces
hoy decidí sentarme en el fondo de casa, notebook en mano y contemplar.
Escribir. Parecido a no hacer nada, para algunos. Yo tengo mis dudas, tampoco
me la creo que estoy haciendo “algo”.
La
entropía es un concepto físico molesto. Sirve para poco, pero llega a incomodar
más allá de la física misma, en particular, la filosofía. El universo tiende al
caos. Es más probable un vaso roto a uno sano. ¿Por qué? Porque el proceso de
romper un vaso es un paso sencillo. Una vez roto, volverlo al estado sano es
casi imposible. Y de lograrse, requiere muchos pasos complejos. Dicho eso, me
lleva a pensar que nuestra casa está en un estado físico muy probable. Lo de
escribir en el fondo no solo responde al amor por la naturaleza, es casi el
único lugar posible. A la tarea de acomodar libros iniciada hace semanas, se
suma que hoy estamos pintando. Y ayer podamos un árbol. Así que sentado entre
ramas, estantes y cajas al aire libre, mientras que puertas adentro la casa
parece una de esas fotografías de Bagdad luego de una visita de George W,
escribir parece solo una excusa para no hacer demasiado, en un intento que mis
pocas horas de quietud no se volatilicen en tareas necesarias pero evitables.
En
realidad la suma de tareas es circunstancial. No suelo ser tan exitoso en mi
trabajo ni es cosa de todos los días salir a tocar en otras partes con mi
banda. Escribiendo esto se me vino a la mente la definición del intelectual del
desprendimiento con lo ajeno, don Carlos Saúl cuando atribuía todo a “una
casualidad permanente”. Algo de eso hay aquí, se me late.
Tengo
un amigo, alguien que me enseñó mucho, que tiene su taller en Pompeya. Ese rincón
de Buenos Aires entre tanguero, industrial, algo decadente, con aroma a
Riachuelo que visito casi exclusivamente cuando voy a visitarlo a él. Tiene 85
años y sigue trabajando. Yo lo cargo comparándolo con el Juez Fayt. Y no solo
repite un trabajo que hace desde toda su vida, está innovando, inventando,
buscando aprender y aplicar cosas nuevas. Me hace sentir vergüenza, yo aquí
buscando la manera de trabajar menos. Tengo demasiadas inquietudes más allá del
laburo. Pero me sorprendo muchas veces zambullido entre apuntes, libros y fórmulas
investigando y aprendiendo más sobre mi especialidad. Es evidente que me gusta
la música, la literatura, la historia, la política, las relaciones humanas.
Pero también me gusta lo que elegí a los 18 años cuando decidí entrar a esa
Facultad en particular y a esa carrera. Mi amigo me llama 2 o 3 veces por
semana, un estereotipo de porteño de barrio con todo lo disfrutable y poco de
lo molesto. Ayer discutimos sobre diferencias semánticas. A mi no me gusta la
manera que él, y todos sus colegas, llaman a ciertos conceptos y le explicaba
por enésima vez. Y él entiende y sabe que tengo razón, pero la costumbre, mala,
lo lleva a no cambiar. Los jóvenes somos así, me dice, entendenos, somos duros.
Vos sos un pibe, me dice, desde que nos conocimos, cuando la frase era
absolutamente cierta. La vida tiene sus límites, y la perspectiva cambia a
medida que nos acercamos a ellos. No es el mismo para todos y eso hace incierto
el instante siguiente. Y hay un miedo latente a perder esos afectos. Saber que
algún día tendremos que aprender a vivir sin ellos. Y por eso me emocioné tanto
que aparezca Ignacio/Guido, a tiempo para Estela.
Todos los casos me emocionan, pero en este hay un pequeño adicional. Me hubiera oprimido el corazón, que justamente Estela, la que puso el pecho, el esfuerzo y su vida a la tarea de buscar nietos y con tanto éxito para muchos, se haya ido de este mundo sin encontrar el suyo. Y estando tan cerca. Mirá vos, como empezamos con la entropía y terminamos hablando de esto. En realidad solo quería mencionar que si no fuera por esa ininterrumpida pérdida de afectos con la que uno debe aprender a convivir, la vida sería bastante parecida a perfecta.
Todos los casos me emocionan, pero en este hay un pequeño adicional. Me hubiera oprimido el corazón, que justamente Estela, la que puso el pecho, el esfuerzo y su vida a la tarea de buscar nietos y con tanto éxito para muchos, se haya ido de este mundo sin encontrar el suyo. Y estando tan cerca. Mirá vos, como empezamos con la entropía y terminamos hablando de esto. En realidad solo quería mencionar que si no fuera por esa ininterrumpida pérdida de afectos con la que uno debe aprender a convivir, la vida sería bastante parecida a perfecta.
viernes, 25 de julio de 2014
MENTES QUE BRILLAN
Las tribulaciones de la vida cotidiana me llevan a veces a
pasear por el jardín, el de los senderos que se bifurcan, buscando definiciones
que no logro encontrar en otras partes. Vida, muerte, realidad, fantasía
aparentan cobrar sentido durante esas caminatas. A poco de andar, entre colores
maravillosos, perfumes de flores indefinidas y bifurcaciones inesperadas,
encuentro a un hombre sentado sobre una piedra leyendo un libro antiguo. Era el
tipo de hombre que aparentaba emanar cierta sabiduría. Al verme acercar, baja
el libro y me mira con amabilidad. Lo saludo cordialmente y se me da por
preguntarle su actividad, cuando en realidad quería saber qué hacía ahí.
Soy físico teórico, responde, con un dejo de rubor, como
pidiendo disculpas.
Que oportuno, respondí, porque me interné en este jardín
preguntándome sobre la realidad, como entenderla, interpretarla.
La realidad, como la vemos, no existe, responde. Ante mi
estupor, continúa. Todo el universo está compuesto por ondas. No hay realidad,
como tal. Solo ondas y los campos por donde discurren. Campos de fuerzas,
llamados bosones, campos de partículas, llamados fermiones. Y todo está
compuesto de ondas.
Pero yo veo cosas y las puedo tocar.
Es así, es nuestra percepción. Si observamos con atención
una onda, ésta se convierte en una partícula, pero si no la miramos, sigue
siendo una onda.
¿Si la miro, veo una partícula, pero si no la miro, qué
pasa?
La partícula no existe, al menos no en ese lugar, en ese
momento.
¿Yo con mirar puedo alterar el presente, entonces?
No solo eso. Si la partícula que observa está en movimiento,
proviene de otros puntos por donde pasó antes. Pero solo pasó por ahí si fue
observada. Mirando no solo altera el presente, usted altera el pasado.
Quedé pensando unos segundos y no pude evitar decir:
Con todo respeto, eso me suena contrario a toda intuición, a
toda lógica. Para ser franco, como teoría me parece absurda.
No se justifique amigo, a mi también me parece absurda y
contra toda lógica. Pero en 80 años de ensayos, experiencias y observaciones
jamás se contradijo esa teoría. Siempre se cumplió. Es como funciona la
realidad, el universo.
Cuando pude reaccionar, me di cuenta que todavía estaba con
la boca entreabierta. La transformé en una tímida sonrisa a manera de despedida
y seguí mi camino. Mientras pensaba en lo que acababa de oír iba observando las
maravillas de ligustros, flores y árboles que adornaban el jardín. Pensar que
eran solo visiones que se acomodaban a medida que las miraba. Apareciendo solo
en el instante que posaba la vista en ellas. Me di cuenta que paseaba por el
Jardín de los Presentes. Todo era presente, instantáneo, volátil. Y pensé ¿cómo
puede una teoría tan absurda estar tan acertada?
A poco de andar, en otro claro del jardín encontré un
segundo hombre, sentado también en otra piedra grande, contemplando el paisaje
hasta percatarse de mi presencia. Ilustrado el hombre, me daba la impresión.
¿Es usted físico? se me ocurrió preguntar por toda
presentación.
No, para nada. Respondió.
Soy economista liberal. ¿Y usted?
Yo cuando paseo por aquí sólo divago sobre la realidad y
esas cosas, no soy nada más.
Por supuesto, buen hombre, sería de gran ayuda.
La realidad la maneja el mercado. Las leyes de oferta y
demanda. Si uno deja librada las fuerzas de la naturaleza, el hombre busca su
progreso, realiza inversiones, surgen empresas, fábricas, productores. Si el
estado no interviene con regulaciones e impuestos que todo lo distorsiona, se
produce un círculo virtuoso de crecimiento, los empresarios se enriquecen,
pagan buenos salarios a sus trabajadores, estos consumen y así los grandes
beneficios de pocos se derraman sobre el conjunto de la sociedad, esta progresa
y todos están felices. Y como todos tienen buenos sueldos y son felices, pueden
construir sus propias casas, mandar a sus hijos a escuelas privadas y pagar por
una buena salud, así el estado no debe preocuparse por esos temas y puede
concentrarse en la seguridad, su principal tarea. Eso es lo natural, esa es la
mejor realidad que todos debemos buscar.
Y si amigo. Debo confesar que su explicación tiene su
lógica, suena muy coherente.
Como era un tema del que sí escuché hablar por décadas, algo
sabía al respecto. Y todavía con la cabeza alterada por las palabras del
físico, se me ocurrió agregar.
Pero en 80 años de ensayos, experiencias y observaciones
jamás se cumplió esa teoría.
Noté que el hombre me miraba sin ver, sabía que buscaba
desesperadamente entre sus memorias el ejemplo concreto que contradiga lo que
acabada de aseverar. Con una tibia sonrisa me di la vuelta para seguir mi
placentero paseo.
Sin ocultar una sonrisa cada vez menos sutil, iba pensando
íntimamente ¿cómo puede una teoría tan razonable estar tan equivocada?
viernes, 18 de julio de 2014
CRONICAS DE LA INFANCIA: "1959"
“Desde que tengo uso de razón” se escucha por ahí. Yo sospecho que razón empecé a tener allá por 1959, no se si el “uso”. Pero mis recuerdos más remotos comienzan allí. En Enero viajamos con la familia a USA, viaje del que no conservo recuerdo alguno, ni de la Argentina que abandonaba. Recién en abril de ese año empecé a conservar mis recuerdos. Se trataba de un viaje a Washington, donde recuerdo el monumento a Lincoln, su monumental estatua de mármol, sentado, majestuoso, mirando hacia el lago rectangular que ilustra mi muro del FB y al fondo el obelisco de George Washington. El Insituto Smithsoniano era el otro hito de ese día que quedó grabado. Un día de sol pero ventoso, con los sombreros de los varones, prenda obligada todavía, rodando por las veredas y el césped del museo. Recuerdo los autos del futuro, inspirados más en H.G.Wells o Ray Bradbury que en predicciones técnicas más realistas. Y un cohete, la novedad señora, erguido a la par de una de las naves, a la intemperie. Llegaba a la altura del techo del edificio de no más de 3 pisos, pequeño para los standares actuales, y con las siglas USAF, previo a la NASA, que quedaron impresas en mi retina años antes de aprender el abecedario.
Estos recuerdos comenzaron como flashes, como estos símbolos y números que aparecían aleatorios antes de tomar forma la película cuando los cines eran de celuloide. Pocos meses después, con algunos flashes memorables que algún día mencionaré en el medio, finalmente la película arranca y logré conservar un hilo de recuerdos casi ininterrumpido de mis primeros años de vida.
Para fines de ese año ya vivíamos en una casa de la calle Maple, en un pueblo de New Jersey. Imposible parecerse más a una típica película costumbrista de la época. Ahí empecé a interactuar con gente más allá de la propia casa.
Recuerdo en particular un amigo, que se acercó. Era de mi edad, 3 años. Yo hablaba el tucumano que aprendí desde chico y él hablaba un inglés de New Jersey. Conversábamos cada uno en su lengua sin percatarnos que no coincidían, sin que ello impidiera una fluida comunicación. Con el correr de los días nos hicimos inseparables.
Una aventura que se convirtió en rutina era dar una vuelta a la manzana, por la vereda, sin bajarnos a la calle. Era la manzana de él, frente a nuestra casa. Y él era el baqueano, el conocedor. El recorrido lo hacíamos cada uno en su vehículo, nada de ir de a pie. El tenía una bicicleta con las dos rueditas al costado. Yo tenía un triciclo, pero no uno cualquiera. Uno que mis viejos encontraron vaya a saber en que basural o venta de usados. Diferente, importante, nunca volví a ver algo así. Tenía, como su nombre lo indica, tres ruedas. Pero a diferencia de los triciclos infantiles normales, este era de tracción trasera. Si, tal cual. Disponía de unos pedales y corona como una bicicleta, una cadena y un piñon fijo solidario con las ruedas traseras. La rueda delantera era solo para la dirección. Ruedas infladas, silleta cómoda, yo sentía que era un Cadillac, notable vehículo.
El recorrido salía del frente de casa en sentido anti-horario. Íbamos en fila india, mi amigo indefectiblemente al frente y yo atrás. Me daba la sensación que alcanzábamos los confines del universo y volvíamos sanos y salvos a casa.
En uno de esos viajes, cuando estábamos en la esquina más alejada del recorrido, mi amigo se encuentra con un adulto que era evidentemente amigo de su familia. Comienza una charla amena y distendida, mientras nuestra caravana quedaba inmóvil. Pasaban los minutos y yo veía las bocas moverse alegres, intrascendentes, sin entender casi nada del contenido. Y en eso mi minúscula vejiga empieza a hacerse sentir. Yo empiezo a impacientarme pero mi infinita timidez y desconocimiento de cualquier código me inmoviliza. Sólo me limitaba a esperar. La charla continuaba y yo sufriendo en silencio. Años después al leer “El Corazón Delator” de E. A. Poe, la escena de los policías charlando distendidos en la cocina del asesino mientras él por dentro sufre y se aguanta la culpa y el ruido de su corazón por estallar me trajo a la memoria esos interminables minutos en esa esquina tan lejana de mi base natural.
No puedo saber simplemente confiando en ese recuerdo tan remoto, cuantos minutos trascurrieron, pero no había ningún indicio que esa charla estaba llegando a su fin. En un determinado momento la necesidad pudo más que la inseguridad. Maniobré mi nave pasando a la bicicleta de mi amigo y acelerando a fondo me dirigí lo más rápido posible en dirección a casa, casa donde había definitivamente aprendido a controlar esfínteres unos meses antes. Mi amigo, con una voz de angustia irreprimible, se despidió a los tropezones del amigo adulto y empieza a perseguirme en un sollozo descontrolado. Recién ahí pude percatar lo trascendente que era para él ir primero durante el recorrido, y la frustración que significaba haber sido superado. Yo disponía de una estabilidad y velocidad final que superaba sin esfuerzo la bicicleta de mi amigo, y la desesperación por llegar aumentaba mis naturales condiciones. Llegué frente a mi casa y crucé la calle con los recaudos del caso pero mi fisiología aun sin domar por completo pudo más. Mis pantalones de corderoy gris se mojaron completamente y ya aliviado de mis padecimientos, perdí todo vestigio de urgencia. Me senté en las escalinatas de madera de mi casa a mirar como mi amigo entraba a su casa en un solo alarido de desconsuelo, sin comprender hasta el día de hoy que fantasías o frustraciones lo atormentaban a tan corta edad. Yo aprendí, por mi lado, que no alcanzar los objetivos no era algo tan grave si en el intento se puso lo mejor de uno mismo. Remoto pero satisfactorio recuerdo que quise compartir con los amigos.
Para fines de ese año ya vivíamos en una casa de la calle Maple, en un pueblo de New Jersey. Imposible parecerse más a una típica película costumbrista de la época. Ahí empecé a interactuar con gente más allá de la propia casa.
Recuerdo en particular un amigo, que se acercó. Era de mi edad, 3 años. Yo hablaba el tucumano que aprendí desde chico y él hablaba un inglés de New Jersey. Conversábamos cada uno en su lengua sin percatarnos que no coincidían, sin que ello impidiera una fluida comunicación. Con el correr de los días nos hicimos inseparables.
Una aventura que se convirtió en rutina era dar una vuelta a la manzana, por la vereda, sin bajarnos a la calle. Era la manzana de él, frente a nuestra casa. Y él era el baqueano, el conocedor. El recorrido lo hacíamos cada uno en su vehículo, nada de ir de a pie. El tenía una bicicleta con las dos rueditas al costado. Yo tenía un triciclo, pero no uno cualquiera. Uno que mis viejos encontraron vaya a saber en que basural o venta de usados. Diferente, importante, nunca volví a ver algo así. Tenía, como su nombre lo indica, tres ruedas. Pero a diferencia de los triciclos infantiles normales, este era de tracción trasera. Si, tal cual. Disponía de unos pedales y corona como una bicicleta, una cadena y un piñon fijo solidario con las ruedas traseras. La rueda delantera era solo para la dirección. Ruedas infladas, silleta cómoda, yo sentía que era un Cadillac, notable vehículo.
El recorrido salía del frente de casa en sentido anti-horario. Íbamos en fila india, mi amigo indefectiblemente al frente y yo atrás. Me daba la sensación que alcanzábamos los confines del universo y volvíamos sanos y salvos a casa.
En uno de esos viajes, cuando estábamos en la esquina más alejada del recorrido, mi amigo se encuentra con un adulto que era evidentemente amigo de su familia. Comienza una charla amena y distendida, mientras nuestra caravana quedaba inmóvil. Pasaban los minutos y yo veía las bocas moverse alegres, intrascendentes, sin entender casi nada del contenido. Y en eso mi minúscula vejiga empieza a hacerse sentir. Yo empiezo a impacientarme pero mi infinita timidez y desconocimiento de cualquier código me inmoviliza. Sólo me limitaba a esperar. La charla continuaba y yo sufriendo en silencio. Años después al leer “El Corazón Delator” de E. A. Poe, la escena de los policías charlando distendidos en la cocina del asesino mientras él por dentro sufre y se aguanta la culpa y el ruido de su corazón por estallar me trajo a la memoria esos interminables minutos en esa esquina tan lejana de mi base natural.
No puedo saber simplemente confiando en ese recuerdo tan remoto, cuantos minutos trascurrieron, pero no había ningún indicio que esa charla estaba llegando a su fin. En un determinado momento la necesidad pudo más que la inseguridad. Maniobré mi nave pasando a la bicicleta de mi amigo y acelerando a fondo me dirigí lo más rápido posible en dirección a casa, casa donde había definitivamente aprendido a controlar esfínteres unos meses antes. Mi amigo, con una voz de angustia irreprimible, se despidió a los tropezones del amigo adulto y empieza a perseguirme en un sollozo descontrolado. Recién ahí pude percatar lo trascendente que era para él ir primero durante el recorrido, y la frustración que significaba haber sido superado. Yo disponía de una estabilidad y velocidad final que superaba sin esfuerzo la bicicleta de mi amigo, y la desesperación por llegar aumentaba mis naturales condiciones. Llegué frente a mi casa y crucé la calle con los recaudos del caso pero mi fisiología aun sin domar por completo pudo más. Mis pantalones de corderoy gris se mojaron completamente y ya aliviado de mis padecimientos, perdí todo vestigio de urgencia. Me senté en las escalinatas de madera de mi casa a mirar como mi amigo entraba a su casa en un solo alarido de desconsuelo, sin comprender hasta el día de hoy que fantasías o frustraciones lo atormentaban a tan corta edad. Yo aprendí, por mi lado, que no alcanzar los objetivos no era algo tan grave si en el intento se puso lo mejor de uno mismo. Remoto pero satisfactorio recuerdo que quise compartir con los amigos.
lunes, 5 de mayo de 2014
GUITARRAS Y LA TÉCNICA II
SUSTAIN (Parte 1)
Este es un tema que pude ser interesante para el guitarrista
eléctrico. Primero, vamos a definir algunos aspectos mecánicos que intervienen
en este proceso y luego analizar los aspectos generales.
En internet visité algunos sitios especializados en
guitarras eléctricas y debo decir que andan por las ramas con este tema. No he
leído un análisis serio que dé en la tecla.
El sustain es un proceso donde intervienen TODOS los
elementos de nuestro sistema de sonido: guitarra, pedales, amp y parlantes.
Los principios físicos que intervienen son varios: el
péndulo, la elasticidad, la acústica, dinámica, pero por sobre todos estos un
gran principio físico, madre de todos los demás: la conservación de la energía.
La Hamaca y el Arco: aquí dos ejemplos cotidianos: la hamaca
del jardín o del parque de diversiones es básicamente un péndulo:
independientemente de cuan alto nos hamaquemos, el período o tiempo que nos
lleva completar un ciclo (salir del punto A y regresar a él) será siempre el
mismo. Pero con el tiempo, si no ejercemos algún aporte externo de energía, la
hamaca o columpio se detiene. Hay rozamiento en sus puntos de apoyo y hay
resistencia del aire que se opone al movimiento.
El Arco: aquí tenemos un pedazo de madera o fibra de vidrio
o metal que mantenemos en una determinada posición mediante un hilo. Esta
posición la llamaremos de reposo. Al tensar la cuerda, la madera o lo que sea
se deforma. Internamente, las moléculas y las fibras se estresan gracias a la
energía aportada por el brazo del arquero. Esta energía se almacena en estas
moléculas que ahora están deformadas y cuando suelto la cuerda, vuelven
violentamente a su posición anterior liberando esa energía y que se puede
utilizar para desplazar una flecha o proyectil.
Esto nos ayudará a entender lo que tengo que decir.
El sustain de una guitarra eléctrica es un proceso
particular y diferente al sustain en una guitarra clásica o acústica. Algunos
puntos hay en común, pero hay una diferencia sustancial. En las guitarras
eléctricas el sustain puede llegar a hacerse indefinido. Algo completamente
inexistente en una guitarra sin amplificación.
La guitarra es básicamente un conjunto de cuerdas apoyadas
en dos puntos y de un determinado largo. Si estiro una cuerda con una púa o con
el dedo estoy replicando la situación de estirar un arco. Estoy tensando la
cuerda y ésta tenderá a volver a su situación de reposo. Pero a diferencia del
arco que tiene un hilo que limita su recorrido, aquí la cuerda comenzará un
recorrido que la llevará más allá del reposo hasta tensarla nuevamente en
sentido inverso y así comienza una oscilación idéntica a la de la hamaca. No
importa cuanto estiremos la cuerda, siempre demorará igual tiempo en completar
un ciclo. Siempre sonará a la misma nota musical. Al igual que la hamaca, hay
elementos que intervienen para amortiguar esta vibración. Una es la elasticidad
en los puntos de apoyo de la propia cuerda, un tema que profundizaremos cuando
veamos la calibración de la guitarra, otra, la resistencia del aire (como en la
hamaca), otro es el efecto de los imanes de los mics sobre las cuerdas
metálicas que tienden a querer frenarla, otra es la amortiguación en los
elementos de unión entre los dos puntos de apoyo: puente con cuerpo, cuerpo con
mango, mango con clavija, cuerda con cejuela (o cejilla). En definitiva, la
cuerda con el tiempo volverá a su estado de reposo. Cuanto más demore este
proceso de alcanzar el reposo nuevamente, más “sustain” decimos que tiene una
guitarra. O que durante más tiempo “sostiene” la nota. Pero indefectiblemente
el sonido se apaga. Esto analizando exclusivamente la guitarra. Todo cambia
cuando enchufamos los otros fierros. Eso lo vemos en el próximo post.
GUITARRAS Y LA TÉCNICA 1
Amigos guitarristas, algunos me conocen, otros no. Llevo décadas tocando intermitentemente la guitarra y sé que en nuestro medio hay eximios guitarristas, una densidad de luthiers por habitante único en sudamérica y bandas de todo tipo y género musical. No tango nada que enseñarle a nadie en lo musical ni en lo que hace a la artesanía de los instrumentos. Pero mi especialidad es el electromagnetismo y como las guitarras eléctricas son, de alguna manera, dispositivos electromagnéticos, es en este campo que quiero hacer unos aportes producto de mi experiencia profesional y del hecho de que mal o bien, llevo muchos años lidiando con estos hermosos instrumentos. De a uno iré subiendo comentarios, algunos evaluaciones personales, otros fundamentos técnicos que les puede resultar interesantes. Espero que les sea de su interés y les sirva cuando llegue el momento de tomar alguna decisión sobre la compra, canje, o armado de un sistema de sonido para el instrumento en cuestión. Empecé con los comentarios técnicos que acompañaron la reparación de un micrófono de un Fender Jazz Bass de Pedro Gómez y que felizmente ya terminé y que mañana ya estará en manos de su dueño para oír los comentarios finales sobre como quedó. Voy a buscar los archivos con los textos y estarán disponibles en mi blog en breve.
Aquí, de muestra, un pequeño consejo que la mayoría ya sabe y me parece obvio mencionarlo, pero me motivó incluirlo cuando presencié hace poco exactamente lo contrario:
¿QUE GUITARRA COMPRAMOS?
Esta es la pregunta del millón. Y no tiene una respuesta. Depende de cada uno. Pero indefectiblemente, cuando estamos en el negocio y tenemos dudas respecto de varios probables instrumentos, vamos a querer probarlos. Hace poco vi un adolescente eligiendo una guitarra. Lo primero que pidió es una pedalera modelo tal que es la que él usa normalmente y la programó acorde a su uso. Y ahí le dio volumen a un equipo que pidió lo más similar al suyo y comenzó el show. Si vamos a procesar el sonido de la guitarra, estamos modificando el sonido "puro" del instrumento y en definitiva vamos a escuchar más el proceso que el instrumento mismo. Y si las pedaleras son del tipo digital, una SX de segunda selección sonará igual que una Les Paul '57 Custom. Lo correcto es enchufar la guitarra con un cable sin nada en el medio y en un equipo sin efectos y con los tonos planos, para poder variarlos desde el instrumento. Ese será el sonido puro del instrumento y es lo que nos permite comparar a la hora de comprar. Es más, Botafogo recomienda tocar la guitarra al aire, sin cable siquiera. Aquí desacuerdo con el barbudo porque no permite escuchar como capta el micrófono el sonido, ni la incidencia magnética de cuerdas ni la impronta de la madera en la generación de la forma de onda, algo único de cada instrumento. Si el argumento es que nunca tocás la guitarra de esa manera, mi respuesta será que no te rebanes los sesos ni gastando dinero de más. Cualquier instrumento que te resulte cómodo a la mano y sea calibrable, o sea, corregible sus errores de afinación, altura de cuerdas y altura de micrófonos, te servirá a tus objetivos. Si en algún momento de tu música necesitás un sonido sin efectos, eso es lo que debes escuchar a la hora de decidir una compra y te permitirá diferenciar cual de los instrumentos es más apto a tu oído, que es lo que importa en definitiva.
Abrazo, muchachos.
Esta es la pregunta del millón. Y no tiene una respuesta. Depende de cada uno. Pero indefectiblemente, cuando estamos en el negocio y tenemos dudas respecto de varios probables instrumentos, vamos a querer probarlos. Hace poco vi un adolescente eligiendo una guitarra. Lo primero que pidió es una pedalera modelo tal que es la que él usa normalmente y la programó acorde a su uso. Y ahí le dio volumen a un equipo que pidió lo más similar al suyo y comenzó el show. Si vamos a procesar el sonido de la guitarra, estamos modificando el sonido "puro" del instrumento y en definitiva vamos a escuchar más el proceso que el instrumento mismo. Y si las pedaleras son del tipo digital, una SX de segunda selección sonará igual que una Les Paul '57 Custom. Lo correcto es enchufar la guitarra con un cable sin nada en el medio y en un equipo sin efectos y con los tonos planos, para poder variarlos desde el instrumento. Ese será el sonido puro del instrumento y es lo que nos permite comparar a la hora de comprar. Es más, Botafogo recomienda tocar la guitarra al aire, sin cable siquiera. Aquí desacuerdo con el barbudo porque no permite escuchar como capta el micrófono el sonido, ni la incidencia magnética de cuerdas ni la impronta de la madera en la generación de la forma de onda, algo único de cada instrumento. Si el argumento es que nunca tocás la guitarra de esa manera, mi respuesta será que no te rebanes los sesos ni gastando dinero de más. Cualquier instrumento que te resulte cómodo a la mano y sea calibrable, o sea, corregible sus errores de afinación, altura de cuerdas y altura de micrófonos, te servirá a tus objetivos. Si en algún momento de tu música necesitás un sonido sin efectos, eso es lo que debes escuchar a la hora de decidir una compra y te permitirá diferenciar cual de los instrumentos es más apto a tu oído, que es lo que importa en definitiva.
Abrazo, muchachos.
jueves, 1 de mayo de 2014
LA SAGA DE PEDRO
Ayer recibimos el famoso alambre de 0,06 mm de diámetro para
poder rearmar el mic del Fender Jazz Bass de Pedro Gómez.
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| Micrófono con Imanes a la vista - Cinta poliester |
Desarmamos el mic sacando los viejos alambres para dejarlo
listo para bobinar y nos damos con que el mic es de aquellos que mencionamos en
los post anteriores. Está bobinado directamente sobre los imanes sin nada de
por medio. Y eso explica la falla del mismo. Le comenté a Pedro que lo único
raro del mic eran unas manchas aparentemente de una reacción química, como si algún
bourbon u otro producto químico le hubieran penetrado. Pero teniendo en cuenta
los comentarios en la red sobre los primeros micrófonos bobinados directamente
sobre el alnico de los imanes y que presentaban con el tiempo reacciones
químicas, creo que la razón de la falla quedó demostrada. Y eso encaja con la
sintomatología descripta por Pedro, el mic se fue callando de a poco hasta
morir. No es que se apagó de un día para otro, como un corte accidental del
alambre, se fue contaminando hasta dejar de funcionar. Bueno, la cosa es que
antes de introducir los alambres vimos que este problema se solucionaba con una
cinta de papel o similar para aislar el alnico del alambre de cobre esmaltado.
En nuestro caso disponemos de unos aislantes sintéticos de poliéster muy muy
delgados del orden de 0,00625mm que nos permite envolver con varias vueltas a
los imanes sin incidir en las dimensiones del micrófono, y siendo sintéticos no
necesitan un barnizado previo. En la foto se observa el mic desarmado con los imanes a la vista y la cinta de poliester con que aislaremos.
![]() |
| Mic Aislado con Poliester listo para bobinar |
![]() |
| Mic montado en torno semi-automático alta velocidad |
Usamos un torno del tipo semi-automático (hay que pilotearlo
a mano) de alta velocidad. Este permite dar las 8000 vueltas que tiene el mic
Fender en menos de 90 segundos. (alta velocidad para los standards míos, hay
mucho más rápidos). Pero eso es solo recomendable en bobinas redondas o
cuadradas. El mic es muy alargado y es algo delicado así que usamos velocidades
mucho más bajas. En total me llevó 12 minutos terminar el micro con el cuidado
del caso. El torno dispone de un cuentavueltas digital con memoria
indispensable para un buen trabajo. Se observa el 0 antes de empezar y el 8000
indicando las espiras correctas al terminar. A simple vista el micro aparece
lleno con la misma cantidad de alambre que el modelo original, esto es un buen
síntoma de que no hubo pifies en la confección del mismo ni en la elección del
alambre. Sacamos el mic del torno.
Luego procedemos a soldar con cuidado el final de la bobina
al terminal correspondiente. Una vez soldado controlamos la resistencia del
alambre y nos da 7,78 kOhms, prácticamente idéntico a los
![]() |
| Mic Terminado con sus 8000 espiras |
Aquí el micro ya está casi listo para colocar de vuelta en
el bajo. Pero vamos a darle una mano liviana de un barniz secado al aire para
protegerlo algo mejor del ambiente. El único barniz secado al aire que dispongo
es uno del tipo Glyptal para terminación, justamente para este tipo de
aplicaciones superficiales. Es un barniz de color rojo así que el aspecto del
mic cambiará, pero como no es visible ya que tiene una tapa plástica que le da
la forma definitiva no hay problema con esto. Ya solo queda armar el bajo. Eso
será mañana. Hoy es el día del trabajador, no nos olvidemos.
![]() |
| Verificar el Valor de la Resistencia |
![]() |
| Mic Recubierto por Barniz Glyptal Protector |
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