miércoles, 22 de febrero de 2017

EL MACHADO QUE HABITA EN MI

Yo nací en castellano. Pero casi de inmediato empecé a crecer en inglés. El castellano era ese idioma que hablaba en casa. Todo lo demás era inglés. Los amigos, la TV, los vecinos, los compañeros, el diario, el aprendizaje formal de la escuela. Y así aprendí a escribir, a leer y a pensar en inglés. Para cuando cumplí 11 yo sentía que dominaba el idioma, para esa edad. Ortografía, gramática, sintaxis, comprensión de textos, capacidad de síntesis, composición. Superaba a la mayoría de mis compañeros que habían nacido en inglés. Ya estaba abocado a la lectura. Había pasado por biografías de ilustres, las novelas detectivescas para adolescentes de Flanklin Dixon, la contraparte masculina de las novelas de Nancy Drew. Y ya había navegado por las tinieblas de Edgar A. Poe. Me leía todo.  
Antes de cumplir los 12 regresé a Argentina. Fue una movida intempestiva, traumática y desde mi punto de vista, totalmente inconsulta. Y Argentina estaba en castellano. Idioma que no leía ni escribía, ni era habitué.
No era algo tan imposible de aprender. La escritura era mucho más intuitiva que en inglés. Pero recién empezaba, arrancando a los 12. Al alcanzar los 14 el inglés abandonado ya mostraba señales de óxido, debía esforzarme para recordar cómo escribir ciertas palabras. Solo el cine me mantenía mínimamente en forma. Y el castellano era de una torpeza de principiante. Tomé conciencia que ya no dominaba ningún idioma. Me costaba decidir en qué leer, mientras pensaba en inglés mi entorno era en castellano. Una tierra de nadie depresiva y frustrante. Solo la pasión por su profesión de Oscar Aguirre, el mítico profesor de literatura del Instituto Técnico y sucesor de mi viejo en ese cargo, me mantenía encendida alguna esperanza de superar mi arranque tardío y falta de oficio.
Durante esas tribulaciones descubrí a Joan Manuel Serrat y por él llegué a Antonio Machado. Primera vez que las letras en castellano me llamaban la atención. Y no me conformé con el disco. Me compré un libro. A pesar de mi limitado vocabulario, lograba una belleza exquisita con palabras que yo entendía. Algunas de las palabras se me piantaban, pero aún entonces se “sentía” bien. Poe sostenía que la poesía llega al alma, a diferencia de la prosa, que llega a la mente. Y allí llegaba este sevillano, al alma.

Así empecé a hacer las paces con el idioma. Entré de la mano de Machado. Hoy fue su día. Murió en el exilio, perseguido por los incorrectos, los condenados por la historia, los nadies, un 22 de febrero de 1939. “Lo nuestro es pasar” decía. Y sí, él pasó. A lo grande. Este profesor rural, humilde, sensible, que sería la mayor expresión entre enormes contemporáneos de una España perdida que no terminaba de morir ni acababa de nacer, como bien lo describió. Mi agradecimiento y homenaje por tanta belleza, por tanto ejemplo, por tanto arte.   

2 comentarios:

  1. Me hizo llorar don Luis...eso no se hace que quiere que le diga...

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