viernes, 13 de marzo de 2020

CRUZ DIABLO EL CAMBIO


Quienes me conocen ya saben de al menos un tema recurrente de mis escritos. Permanentemente me opongo a políticas neoliberales, eso es lo visible, pero en el fondo descreo profundamente del capitalismo como tal. Me pasé largos períodos explicando de qué iba el primero y más recientemente estoy argumentando contra el segundo. Y algunos recordarán los eternos debates con un amigo apasionado de las leyes de mercado y la "libertad" económica. La gran diferencia de uno y otro argumento es que yo puedo mostrar resultados y ejemplos concretos. Mientras tanto yo le pedí durante años ejemplos donde sus propuestas hayan redundado en éxitos económicos, en sociedades articuladas, justas, prósperas y alegres. O al menos algunos de estos resultados.
También, y más recientemente, estuve relatando los progresos de la interna demócrata en los Estados Unidos. Con un sistema bipartidista consolidado e inflexible desde hace dos siglos o más, por algún capricho del destino ese país ha transformado en binarias la mayoría de sus fenómenos de consumo: Coca o Pepsi, Avis o Hertz, McDonald's o Burger King, Ford o Chevrolet, o incluso Nueva York o Los Ángeles, como nos propone Woody Allen en una de sus mejores películas: Annie Hall.
Los progresistas, las ideas de izquierda o cualquiera que se proponga, con mayor o menor éxito intentar transformar el sistema anquilosado, deberá por descarte militar en el partido Demócrata. Los republicanos son por naturaleza conservadores. Y eso limita muchísimo el margen de acción. porque los demócratas son, en una proporción para nada despreciable, también conservadores. E incluso tienen un estatuto que garantiza el conservadurismo contra cualquier intento demasiado serio de desembarco transformador. Contra toda esa estructura debe pelear un candidato "revolucionario" como Bernie Sanders. Ya lo intentó en 2016 y perdió la interna frente a Hillary Clinton, un paladar negro del establishment que representaba lo más clásico de la política vieja de Washington. Cómo el público en general tiene una sensación de cansancio y contraria a la política clásica, votó por el candidato que le pareció más diferente y así ganó un patético empresario del juego, un presentador de talk show absolutamente inculto, inescrupuloso tanto en los negocios como en la vida en general. Y que una vez en la Casa Blanca, hizo lo de siempre: bajó impuestos a los más ricos y recortó privilegios a los más vulnerables. Este año, más incluso que en 2016, esa necesidad de cambio se hizo más visible y popular. Y el partido demócrata reaccionó con más virulencia acompañado por los grandes medios que se encargan de, primero ignorar y luego ridiculizar al candidato que propone profundos cambios. Limpiar la política de la corrupción que significa abandonar las billonarias donaciones que las grandes corporaciones hacen a la clase política también significa que muchos legisladores se queden sin una renta extraordinaria y muy aceitada. De ambos partidos. Aun ganando un candidato como Sanders se verá en enormes dificultades para pasar legislación con el fin de transformar en algo la situación actual. Y por eso desde ya anticipa que necesitará al pueblo en las calles para poder gobernar.

En esta oportunidad la técnica fue incorporar dos docenas de precandidatos de manera de diluir la presencia de Sanders entre un mar de personajes, el 85% de los cuales era amigable con el establishment y con la dirigencia del partido. Los primeros debates se parecían más a esos concursos de colegio secundario que solía conducir Silvio Soldán allá por los 80. Este año las exigencias de los canales de tener un mínimo consenso para acceder a debatir en vivo redujo la cantidad de aspirantes a 7 u 8. Así las primeras primarias arrojaron 3 o 4 candidatos competitivos con Sanders siempre en la delantera. En el estado de Nevada, una esperanza para el establishment, Bernie Sanders logró un triunfo abrumador alejándose del lote de punta. Y así se llegó al debate previo a la interna de South Carolina donde las encuestas lo daban favorito a Joe Biden, el vicepresidente de Obama simpático entre los afroamericanos, justamente por esta condición. En un debate entre 7, como fue ese caso, la oportunidad de hablar de cada participante es reducida en tiempo y sustancia. Y comentaré más adelante como eso jugó a favor de Biden. Los resultados arrojaron un claro triunfo del ex vicepresidente y eso fue suficiente para que el establishment tenga bien definido quien debe ser su candidato para enfrentar a Sanders en lo que resta de las primarias. A los pocos días vino el supermartes, sin otro debate de por medio y en esas pocas horas entre un evento y otro, renunciaron a su precandidatura Anne Klobuchar, Pete Buttigieg, el billonario Michael Bloomberg y el multimillonario Tom Steyer. Eso dejó la carrera, de cara al supermartes donde la mayor cantidad de delegados se ponían en juego, con solo 3, una de las cuales, Warren, venía muy relegada. Ni lerdos ni perezosos todos los que abandonaron la carrera endosaron a Biden y los electores, como mansos subordinados, votaron en consonancia. Sanders perdió estados donde tenía una cómoda ventaja en todas las encuestas previas, como Maine, Massachusetts y Minnesota, el estado de la renunciante Klobuchar. Al martes siguiente, el pasado, la tendencia se confirmó y Sanders llegó a perder por escaso margen hasta el estado costero de Washington, donde venía como cómodo favorito. Y el estado industrial de Michigan. En todos los estados sureños previsiblemente perdió también. Con una ventaja de 800 a 660 delegados, de 1991 necesarios para ganar la nominación del partido, el establishment ya celebra y propone que se abandone toda la interna y todos se alineen detrás de Biden. Se sospecha, y con mucho argumento, según plantea Anne Vigeland, una joven analista política, que entre la primaria de South Carolina, ganada por Biden por amplio margen y el Supermartes del 3 de marzo hubo llamdos telefónicos de Barack Obama para que los candidatos se bajen de la interna y endosen a Biden. No fue casual.
Pero lo que pocos analizan, exactamente igual que en 2016, es que la carrera no termina ahí. Recién entonces empieza lo importante: derrotar a Donald Trump, el indiscutido candidato del Partido Republicano y actual presidente. Desde la profunda crisis de la década del 30 del siglo pasado, una sola vez un presidente perdió su reelección. Y fue el caso de Jimmy Carter en 1980. Y Joe Biden, en peor medida que Hillary en 2016, no tiene elementos discursivos para derrotar a Trump en noviembre. Así que los demócratas con su comportamiento corporativo llevado adelante por su dirigencia, está garantizándole a Trump cuatro años más en la Casa Blanca. Esa frase "vote blue no matter who" es una mentira. Importa muchísimo el candidato. Ahí las elecciones no son obligatorias y sin un candidato atractivo muchos ni levantan el culo para ir a votar. Menos en un día hábil como arteramente es el sistema norteamericano. Si sos laburante, debes faltar al laburo, perder el día, si quieres votar. Motivo importante que explica los fáciles triunfos conservadores y pro sistemas.
E incluso puedo adelantar como será la estrategia del Donald para triunfar. Hay un tema sensible que Bernie Sanders no explota porque es una persona correctísima y muy caballero. Joe Biden empezó a mostrar evidentes síntomas de una senilidad creciente. Los demócratas lo están resguardando y evitando exposiciones públicas, debates mano a mano o entrevistas largas. Comparando con su prolijo y muy bien estructurado debate con la histriónica Sarah Palin en 2012, su diferencia de desempeño es notable. No puede terminar frases largas, confunde el nombre de su interlocutor, se confunde de Estado, presenta a su hermana y señala a su mujer, anuncia que compite por una senaduría cuando lo hace por la presidencia y muchos ejemplos más, todos registrados en cámara. Sanders no hizo ninguna alusión a esto pero Donald Trump ya está disfrutando de este triste flanco que deja expuesto Biden. La campaña presidencial, de ser Biden el candidato, será horrible. Encima dispone como argumento los turbios negocios del hijo de Biden en Ucrania, tema que fue motivo del pedido de juicio político a Trump pero que una vez declarado inocente por el Senado viene de perillas como torpedo para la campaña.
En teoría el domingo será el debate siguiente. Ya Warren se bajó de la carrera así que será mano a mano entre Biden y Sanders. Se intentó eliminarlo de pleno al debate, pero el canal de televisión ya tenía firmado el contrato. Así que se le cambió la estructura. En lugar de las clásicas 2 horas de pie frente a una tarima como venían siendo, será sentados ambos en cómodos sillones. Y las preguntas no las hará un grupo de moderadores profesionales sino que serán elegidas entre el público. Y la excusa del Coronavirus vino de película para limitar o eliminar el público presente. Y de paso toda aglomeración o "rally" político, medida que beneficia sin duda a Biden, el candidato que hay que mantener oculto.
Y este debate, no el último pero en único previo a las elecciones venideras donde Sanders no lidera las encuestas, es casi su útlima oportunidad para revertir la tendencia. El único estado masivo en delegados y donde tiende como cómodo ganador es Nueva York, el segundo más populoso del país después de California, donde ya ganó.
Sanders, además de proponer una agenda a favor de las grandes mayorías, es el único consistente con su discurso desde hace más de 50 años. No recibe un centavo de las grandes corporaciones, ni Wall Street ni del propio Partido Demócrata que sí lo hace y dispone de importantes sumas de dinero para sus candidatos. Indiscutiblemente honesto, tiene antecedentes notables en temas como salud pública, oponerse a las guerras, derechos de la mujer, de los gays, de las minorías, de imigrantes, latinos, etc. Pero tiene por delante a los grandes medios que no paran de acusarlo de extremista, de simpatizar con dictaduras, de utópico en sus planteos, comunista, etc. Y eso cala en las amorfas mentes de un ciudadano medio que nunca tuvo que preocuparse demasiado por el análisis político ni por desarrollar su espíritu crítico ante la realidad. Entre los menores de 40-45 años Sanders viene arrasando en las elecciones hasta aquí. Y eso da una luz de esperanza de cara al futuro. Sanders, con sus 78 años (Biden tiene 77 y con mucho menos vigor e integridad cognitiva), no tiene ya otra oportunidad si no gana ésta. Pero ya aparecieron nuevos dirigentes que están levantando las mismas banderas y ya ocupan lugares destacados en el entramado político. Yo, con algo de suerte, podría alcanzar a ver algún cambio de rumbo serio dentro de mi ciclo biológico. Pero tengo mis serias dudas de que éste sea el año, visto el enorme esfuerzo del poder real para impedirlo. Todo parece indicar que nos está yendo fantástico y que nada debe cambiar.


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