Mi viejo en su juventud escribió un libro que, google
mediante, descubro que aún se referencia como definitorio del “Postmodernismo”
en la literatura hispanoamericana. El período brillante entre las dos grandes
guerras del siglo XX. Ese período tiene un correlato en la literatura norteamericana
que por suerte el destino puso parcialmente en mis manos. Si bien mi
especialización cayó en la técnica, el ambiente en que pasé mi primera infancia
me iba a conducir hacia las letras tarde o temprano. Yo había ya leído libros
al azar durante mi primera década de vida donde por alguna razón la historia y
las biografías me fascinaron más que la ficción, tan proclive a esas edades.
Theodore Roosevelt, Abraham Lincoln y la historia de la Segunda Guerra Mundial
fueron mis primeros temas “serios” entre los 8 los 11 años. Sin descartar las
novelas detectivescas de los Hardy Brothers, el equivalente masculino de Nancy
Drew, destinadas ahora sí a los pibes de mi edad. Esto me depositó unos años
después en las manos de Arthur Conan Doyle cuya obra completa me devoré en
menos de un año. Cuando mi viejo se percató que yo pasaba cuantiosos minutos
mirando los lomos de su extensa biblioteca entró en acción. Se levantó de su
silla, fue directo a sacar dos libros y me dijo “empezá por aquí”. Me prestó “El
señor de las Moscas” de William Golding, que ganaría luego el premio Nobel de Literatura,
y “La Naranja Mecánica” de Anthony Burgess, contemporáneos y británicos ambos.
Ahí arrancó un proceso que me llevaría por hitos caprichosos de la literatura
del siglo XX. Ahora entro en tema:
Volviendo al período post moderno, el azar y
Netflix me regaló la película “Genius” que en castellano tiene el insulso
nombre de “Pasión por las Letras” y cuyo título original también despista un
poco, ya que la peli va de la vida del editor Maxwell Perkins, el “Editor de
Genios” como es el correcto nombre del libro en que se basa el film. Escrito
por el biógrafo Andrew Scott Berg que se paseaba por los pasillos de la
Universidad de Princeton mientras nosotros vivíamos a pocos kilómetros y mi
viejo en la Universidad de Rutgers escribía el mencionado libro, este autor
relata la vida de un editor de New York que descubre nada menos que a Francis Scott
Fitzgerald, Ernest Hemmingway y Thomas Wolfe. El film recorta la narrativa a un
período breve que arranca en 1929 y relata la relación entre Perkins (Collin
Firth) y Wolfe (Jude Law) y sus esposas (Laura Linney y Nicole Kidman
respectivamente). Los otros dos autores que conforman el selecto grupo de “genios”
a que hace referencia Berg en su libro lo interpretan Guy Pierce y Dominic West
(The Affair). El trío de autores forman parte de lo mejorcito de la literatura
de ese período. Fitzgerald y Wolfe morirían jóvenes, probablemente por eso se
los conoce como “la generación perdida” de la literatura norteamericana.
La película que se estrenó en 2016, dirigida
por Michael Grandage, un director teatral inglés, me emocionó
como pocas películas que vi recientemente. Con un 50% de aprobación promedio
entre críticos y público más aprecio mi reacción ante el film (por alguna
neurosis personal no me gusta gustar del gusto masivo). Aunque los personajes
son principalmente estadounidenses, la producción y los actores son
predominantemente ingleses, incluso la locación que se supone New York y sus
suburbios fue mayormente filmada en Manchester.
Para
un día de lluvia, para los amantes de un buen guión, buenos diálogos y los
conflictos humanos recomiendo esta película aunque no se hayan visto tan
identificados con esta época y sus letras.

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