domingo, 4 de septiembre de 2016

LO BITLE

Ayer se cumplieron 52 años de uno de los grandes hitos de mi infancia. El 3 de septiembre de 1964 The Beatles actuaron en el entonces llamado Indiana State Fair Coluseum, un estadio de usos múltiplos construido en la década del 30 como parte del programa de inversiones públicas llamado New Deal de FD Roosevelt que sacaría a los EEUU de la profunda recesión posterior al colapso de octubre de 1929. Mis hermanas de 13 y 14 años hicieron merecido escándalo que les permitió conseguir las escasísimas entradas a la friolera de u$s5 cada una. Fueron 2 actuaciones, las únicas que dieron en ese estado y que albergaron en total a unas 15000 personas por show.
Esa noche, un jueves, toda la familia se trasladó los 80 kms que separaban nuestro pueblo de Bloomington, sede la universidad estatal, hasta la capital del estado de Indiana. Yo con apenas 7 años por cumplir los 8, no tenía derecho para pretender ver el show, así que con mis padres nos quedamos en las inmediaciones del estadio esperando que el breve set de 12 canciones culminara.

Se sabía, sin embargo, por la intensidad del griterío del público mayoritariamente femenino y muy joven, el momento en que los fabulosos 4 subieron al escenario y casi de inmediato comenzó a sonar el ya archiconocido riff de “Twist and Shout” con una claridad y profesionalismo que daba la impresión de ser el disco el que sonaba. Los pibes promediaban entre 21 y 24 años y ya eran el fenómeno mundial más destacado del
momento. Mi viejo, papitador de estar viviendo un momento histórico, descubrió un portón lateral hecho de chapa que a los 2 mts y monedas se convertía en reja y se acercó entre la multitud hasta quedar pegado. No daba para que veamos nada pero no dudó en subirme a sus hombros para que yo vea. Me prendí a las barras y desde ahí pude ver el escenario. Un rectángulo blanco desprovisto de toda decoración que se elevaba un metro del piso y muy iluminado donde había solo 2 micrófonos montados sobre sus respectivos pies que ni jirafa tenían y por donde cantaban los 3 de la delantera. En esa época y a pesar de el antecedente de Elvis que interactuaba mucho con el pie y el micrófono, los pulcros ingleses de rigurosos trajes no tocaban el adminículo para nada, acercándose y alejándose según corresponda.
Y en una tarima más arriba el entrañable y querido Ringo en un mundo aparte. Él sí con un micrófono con jirafa para sus coros y que de paso era lo único que amplificaba su batería, una Ludwig con lo mínimo: un redo, un ton, el clásico bombo con el logo The Beatles, una chancha y 2 platillos. Entre él y los otros las grandes cajas de los hoy clásicos VOX AC100 y que fueron los primeros construidos apenas unas semanas antes para George y John pensando en esa gira. Y nada más. Así me pasé gran parte del breve show que apenas superó la media hora con todo material recontra difundido hasta el cansancio por cuanta emisora de radio uno pillaba, al menos en mi casa. A la salida mis hermanas, que habían pasado todo el evento a grito pelado, eran un mar de lágrimas ambas, un efecto que mis viejos no comprendían pero que yo veía como lo más natural del mundo, ante semejante vivencia. Cualquier otra reacción me hubiera sorprendido, sabiendo lo que provocaba esta banda en el pináculo de su carrera que separaría la música del siglo XX en un antes y después. Unos hot dogs en la feria que rodeaba el estadio y el camino a casa ya bien entrada la noche donde mis hermanas no paraban de hablar de lo que acaban de vivir mientras yo en absoluto silencio y a mi manera no podía cerrar la boca ante el asombro de la experiencia. La música, que me acompañaba desde que tenía memoria, pasaría gradualmente a convertirse en algo central en mi vida y por ese característica ya me considero un privilegiado a pesar de las peripecias de todo tipo que la vida me tenía preparado. Un muy feliz domingo para todos.    
     

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