domingo, 26 de agosto de 2012

St. John’s Chronicles. Capítulo I


Una explicación tentativa sobre los orígenes del rap.

En la segunda mitad de 1967 yo iniciaba lo que sería mi último año lectivo en Estados Unidos. Vivía con mi familia en una pequeña ciudad de Nueva Inglaterra. Había dos colectividades muy numerosas que le daban un color particular: la italiana y la irlandesa. Esa combinación de inmigrantes pesaba en la población total, y como consecuencia la ciudad tenía una cantidad de parroquias y escuelas católicas muy superior a la media del país.
Yo asistía al sexto grado de una escuela primaria irlandesa llamada St. John y que dependía de la parroquia del mismo nombre. Como la educación privada y católica tenía un buen nivel comparada con la escuela pública, muchas familias de otros credos mandaban a sus hijos a esta y otras escuelas confesionales.
Yo tenía ese año un compañero nuevo. Un chico de raza negra (no se había incorporado todavía el término afroamericano al léxico cotidiano), atlético y de contextura algo grande para el promedio de edad del grado, de 11 años. Probablemente venía de repetir en otro colegio y tenía al menos un año más que el resto de nosotros. Era hijo de ateos y tenía nulos conocimientos religiosos. Era de hablar poco y no entabló amistad con ningún compañero de grado, al menos ese año.
Donde se encendía y se convertía en un auténtico líder era en los recreos. Teníamos un único recreo largo a media mañana y los varones nos juntábamos en la playa de estacionamiento de la iglesia, vacía los días de semana y jugábamos al football americano. Era un formidable mariscal, o quarterback como se conoce allí al estratégico puesto. Jugábamos la versión de ese deporte llamada “de contacto”, o “touch football”, donde tocar al rival que lleva la pelota equivale al tacle, variante muy popular justamente para practicar en playas de estacionamientos y pisos duros, evitando las caídas. Esto hacía virtualmente imprescindible ganar terreno a fuerza de pases en profundidad. Yo era el receptor más hábil del grado y eso nos llevó a unirnos en el juego, ya que éramos la combinación de ataque por excelencia del modesto equipo. De esa manera me convertí en su más cercano amigo dentro del grado, pese a lo distante de la relación, al punto que no recuerdo ni su nombre.
En 6º grado teníamos una maestra laica, a diferencia de los primeros grados donde algunas maestras eran monjas, que vivían en la misma parroquia. Era una mujer de cuarenta y pico que veíamos como “vieja”, oriunda de Boston. Como un gran número de mujeres de Boston de su edad, en la adolescencia había sido novia de JFK. Esporádicamente nos mostraba fotos para afirmar la credibilidad de su relato. Hacía 4 años que lo habían asesinado y faltaba menos de 6 meses para que su hermano Bobby corriera idéntica suerte.
Cada tanto, no todas las semanas, una monja nos enseñaba algo así como Religión, digo esto porque no era una materia formal, sino actividades y  charlas surtidas. Y eventualmente eso incluía asistir a una misa. Iba solo el grado a una pequeña capilla que usaban las monjas para rezar, no a la gran iglesia que quedaba, y queda aún, a pocos metros de la escuela. Ahí un cura daba la misa y la monja observaba y daba indicaciones de lo que había que hacer. Controlaba que todos recemos, cantemos, nos arrodillemos en los momentos indicados, y cosas por el estilo.
Nuestro compañero ateo no podía evitar ir en el pelotón e indefectiblemente se sentaba al lado mío en misa, para usarme a manera de copiloto y así facilitarle una hoja de ruta, simplemente para pasar lo más desapercibido posible y no recibir alguna advertencia de la monja. No tenía la más pálida idea de lo que estaba ocurriendo.        
Pero lo sorprendente fue cuando empezamos a rezar. Todos los chicos recitaban “padre nuestro…que estás en los cielos…santificado….” y por supuesto mi amigo no sabía la letra ni la entendía así convertida en un murmullo colectivo desganado. Pero a los pocos minutos logró mimetizarse con el resto. Simplemente se pegaba a la métrica, repetía la misma entonación y cadencias del resto del grado, pero con una letra que iba improvisando en tiempo real. Jamás escuché versos tan males hablados, blasfemos y desopilantes sincronizados perfectamente con las oraciones típicas de la misa católica. Todo esto realizado mientras mantenía una impenetrable cara de póker. Como corolario de todo eso, la monja quedaba embargada de emoción de ver el compromiso y devoción con que este chico de color se integraba a la misa, a una distancia suficiente para que sus palabras lleguen fundidas con el recitado circundante. Todo lo contrario del insolente latino de pelo largo parado al lado del sujeto, candidato aquel a las más variadas reprimendas, que no hacía otra cosa que intentar reprimir infructuosamente descostillarse de risa durante gran parte de tan solemne acto.   

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