Una explicación tentativa
sobre los orígenes del rap.
En la
segunda mitad de 1967 yo iniciaba lo que sería mi último año lectivo en Estados
Unidos. Vivía con mi familia en una pequeña ciudad de Nueva Inglaterra. Había
dos colectividades muy numerosas que le daban un color particular: la italiana
y la irlandesa. Esa
combinación de inmigrantes pesaba en la población total, y como consecuencia la
ciudad tenía una cantidad de parroquias y escuelas católicas muy superior a la
media del país.
Yo
asistía al sexto grado de una escuela primaria irlandesa llamada St. John y que
dependía de la parroquia del mismo nombre. Como la educación privada y católica
tenía un buen nivel comparada con la escuela pública, muchas familias de otros
credos mandaban a sus hijos a esta y otras escuelas confesionales.
Yo tenía
ese año un compañero nuevo. Un chico de raza negra (no se había incorporado
todavía el término afroamericano al léxico cotidiano), atlético y de contextura
algo grande para el promedio de edad del grado, de 11 años. Probablemente venía
de repetir en otro colegio y tenía al menos un año más que el resto de nosotros.
Era hijo de ateos y tenía nulos conocimientos religiosos. Era de hablar poco y
no entabló amistad con ningún compañero de grado, al menos ese año.
Donde se
encendía y se convertía en un auténtico líder era en los recreos. Teníamos un
único recreo largo a media mañana y los varones nos juntábamos en la playa de
estacionamiento de la iglesia, vacía los días de semana y jugábamos al football
americano. Era un formidable mariscal, o quarterback como se conoce allí al
estratégico puesto. Jugábamos la versión de ese deporte llamada “de contacto”,
o “touch football”, donde tocar al rival que lleva la pelota equivale al tacle,
variante muy popular justamente para practicar en playas de estacionamientos y
pisos duros, evitando las caídas. Esto hacía virtualmente imprescindible ganar
terreno a fuerza de pases en profundidad. Yo era el receptor más hábil del
grado y eso nos llevó a unirnos en el juego, ya que éramos la combinación de
ataque por excelencia del modesto equipo. De esa manera me convertí en su más
cercano amigo dentro del grado, pese a lo distante de la relación, al punto que
no recuerdo ni su nombre.
En 6º
grado teníamos una maestra laica, a diferencia de los primeros grados donde algunas
maestras eran monjas, que vivían en la misma parroquia. Era una mujer de
cuarenta y pico que veíamos como “vieja”, oriunda de Boston. Como un gran
número de mujeres de Boston de su edad, en la adolescencia había sido novia de
JFK. Esporádicamente nos mostraba fotos para afirmar la credibilidad de su
relato. Hacía 4 años que lo habían asesinado y faltaba menos de 6 meses para
que su hermano Bobby corriera idéntica suerte.
Cada
tanto, no todas las semanas, una monja nos enseñaba algo así como Religión,
digo esto porque no era una materia formal, sino actividades y charlas surtidas. Y eventualmente eso incluía
asistir a una misa. Iba solo el grado a una pequeña capilla que usaban las
monjas para rezar, no a la gran iglesia que quedaba, y queda aún, a pocos
metros de la escuela. Ahí
un cura daba la misa y la monja observaba y daba indicaciones de lo que había
que hacer. Controlaba que todos recemos, cantemos, nos arrodillemos en los
momentos indicados, y cosas por el estilo.
Nuestro
compañero ateo no podía evitar ir en el pelotón e indefectiblemente se sentaba
al lado mío en misa, para usarme a manera de copiloto y así facilitarle una
hoja de ruta, simplemente para pasar lo más desapercibido posible y no recibir
alguna advertencia de la
monja. No tenía la más pálida idea de lo que estaba
ocurriendo.
Pero lo
sorprendente fue cuando empezamos a rezar. Todos los chicos recitaban “padre nuestro…que estás en los
cielos…santificado….” y por supuesto mi amigo no sabía la letra ni la
entendía así convertida en un murmullo colectivo desganado. Pero a los pocos
minutos logró mimetizarse con el resto. Simplemente se pegaba a la métrica,
repetía la misma entonación y cadencias del resto del grado, pero con una letra
que iba improvisando en tiempo real. Jamás escuché versos tan males hablados,
blasfemos y desopilantes sincronizados perfectamente con las oraciones típicas
de la misa católica. Todo esto realizado mientras mantenía una impenetrable
cara de póker. Como corolario de todo eso, la monja quedaba embargada de
emoción de ver el compromiso y devoción con que este chico de color se
integraba a la misa, a una distancia suficiente para que sus palabras lleguen
fundidas con el recitado circundante. Todo lo contrario del insolente latino de
pelo largo parado al lado del sujeto, candidato aquel a las más variadas
reprimendas, que no hacía otra cosa que intentar reprimir infructuosamente
descostillarse de risa durante gran parte de tan solemne acto.
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