Fue sin querer queriendo…
Para el
mismo lugar y tiempo de la anécdota del capítulo 1, también me ocurrieron cosas
más profundas y trascendentes, que tuvieron una influencia perdurable en mi
vida. La parroquia de St. John tenía su párroco, uno de esos típicos sacerdotes
ovalados bonachones que veíamos en la misa de las 11 los domingos. Pero para
los alumnos de la escuela, el prototipo del cura de nuestro imaginario era el
otro. El segundo en jerarquía de la parroquia hacía las veces de director de la escuela. Un tipo alto,
callado pero atractivo, siempre de sotana negra, que daría tranquilamente para
un Francis Chisolm, rivalizando al nominado Gregory Peck en “Las Llaves del
Reino” (1944).
Una sola
vez, creo, vino al grado a charlar. Después de decir lo que tenía para decir,
que no recuerdo en absoluto, se quedó para responder preguntas. Luego de unas
cuantas, referidas la mayoría a cuestiones de fe, pude notar que en el ambiente
una creciente tensión, como si había algo para preguntar que todos de alguna
manera escabullían. Hasta que, luego de unos minutos, uno de mis compañeros,
con más inocencia que bravura, se animó a la pregunta del millón: “Padre,
cuales son las malas palabras?”
Para
poner en contexto: a los 11 años, en un ambiente de culpa como no puede ser
otro para un grupo de niños católicos, los únicos pecados al alcance de la mano
son la mentira y la mala palabra. La mentira era de sentido común, y no la
teníamos en duda, pero nuestra obsesión era saber lo de las malas palabras. Hasta
dónde podíamos estirar la línea, qué cosas podíamos llegar a decir sin caer en
la categoría de “pecado”, que si bien no iba a ser grave, a la larga nos
afectaba el “scoring” y tendríamos que confesar en algún momento. El padre
respondió con una frase breve, pero de tal nivel filosófico y conceptual, que
ella sola inició un cambio paulatino y definitorio en mi formación y en mi
vida. Dijo textual: “No existe la mala palabra, existe la mala intención”
Mientras
practicaba una explicación más extensa para los caídos del catre, yo me sumía
en un mar de imágenes y recuerdos, conceptos que se reacomodaban y planteos a
futuro que se veían ahora distintos. Fue inesperada. Para los que imaginaban un
listado completo de improperios y calificativos era decepcionante.
Para mi
fue un antes y un después. El tipo me estaba dando una guía muy sencilla para
reconocer el pecado. No debía estudiar un listado del mal, interpretar
mandamientos y caprichos varios. Simplemente con una mínima introspección,
mirarse el alma de vez en cuando, uno podía andar por el sendero del bien, que
de pronto se ensanchó considerablemente, con más confianza y tranquilidad. Eso
con el tiempo produjo un resultado que estoy seguro no era la intención del
padre, cuyo nombre injustamente olvidé. Fui ganado en autoestima, confiando más
en mi criterio y a la larga me convirtió en un libre pensador, situación con la
que me encuentro a gusto hoy.
Son
varias las frases breves y fuertes, de las más variadas fuentes, que
contribuyeron a forjar lo que a golpes llegué a ser hoy, con todas las dudas e
inconsistencias incluidas. Me alegra poder, como en este caso, recordar las
circunstancias y compartirlas con mis amigos.
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