Alguna vez comenté en un artículo el curioso paralelismo que Carl Sagán saca a relucir al comparar el castigo divino impuesto a las mujeres en el Génesis, por ser Eva la instigadora del pecado original. "En gran manera multiplicaré tu dolor en el parto, con dolor darás a luz los hijos" (Génesis 3:16). Y Sagan lo explica por la naturaleza del pecado en sí: alimentarse del arbol de la sabiduría expandió la cabeza a los humanos de tal manera y en tan poco tiempo que el resto del cuerpo de las mujeres no pudo adaptarse a la misma velocidad y todavía hoy están en proceso de alcanzar la fisionomía necesaria y por ende aún siguen "pariendo con dolor". A idéntica conclusión llega Noam Chomsky desde la lingüística. Algún día volveré a ese tema más extensamente.
Hoy quiero referirme a otro paralelismo entre las
ciencias duras y las escrituras -aclaro que es un antojo mío, un ejercicio
intelectual surgido de un capricho, y para nada buscando polémicas, bajadas de
línea o justificando tal o cual creencia- que puede explicar un rasgo
inexplicable y que obliga a un gran salto de fe entre los creyentes y es uno de
los argumentos preferidos de los agnósticos, como es mi caso, y en mayor medida
los ateos.
Y el es tema de la eternidad de Dios (no refiero a un
versículo en particular porque hay como mínimo 35 que refieren a la eternidad
de Dios). ¿Cómo es posible que haya existido siempre? ¿Qué no haya tenido un
principio? ¿Quién lo puso ahí? No me entra en la cabeza que algo haya existido
por siempre. Son algunas de las preguntas y afirmaciones que se escuchan
respecto a este tema. Y sin embargo, no es algo demasiado complicado explicar.
Y aquí entra la física. Física cuántica para ser más preciso.
Aquí la clave la da el propio Jesús, hijo de Dios y
que comparte sus características. A pesar que algunas vertientes actuales que
se arrogan entender la Biblia mejor que otros, sostienen que Jesús tuvo un
principio, la noción aceptada por la gran mayoría de cristianos y estudiosos de
las escrituras es que Jesús también estuvo siempre y que es "eterno".
Veamos qué nos dice en Juan 8:12: "Yo soy la luz del mundo".
Y aquí nos tiró un centro a todos para un hipotético
cabeceo mucho antes de estar en condiciones de hacerlo. Veamos: Max Planck
propuso a principios del siglo XX que la energía almacenada en un cuerpo se
componía de un múltiplo entero de una cierta magnitud de energía, o
"cuanto". O sea, la energía estaba compuesto por un número entero de
"unidades discretas" de energía. Sobre esta base, que dio comienzo a
la mecánica cuántica, Albert Einstein basó su teoría que sostenía que la luz
también se componía de múltiplos enteros de una determinada unidad elemental de
energía. Y más tarde en 1926, Gilbert Lewis bautizó a esa unidad de energía de
luz como "fotón".
El fotón es una partícula elemental y que responde a
esa dualidad tan fascinante de partícula/onda (que pueden ver en mi traducción
del video de Jim Al Khalili https://www.youtube.com/watch?v=tINdW7FvJsE).
Este fotón se entiende como la partícula elemental de luz.
Dentro de un rango de frecuencias aptas para el ojo humano, pero no excluyente.
Y el fotón se propaga a la velocidad de la luz. Al que permanence despierto le
parecerá de perogrullo esta afirmación, estamos hablando de luz, precisamente.
Ahora, si Jesús es luz, está compuesto por un número
entero de fotones. Y si los fotones se mueven a la velocidad de la luz, hay una
ley física que define lo que se llama "dilatación" del tiempo, y no
es otra cosa que la escala en que su tiempo transcurre respecto del tiempo de
una persona que está en un marco de referencia cualquiera, todos nosotros
digamos. Y entonces, ¿cuánto tiempo transcurre para Jesús su tiempo respecto
del nuestro? La ley física que define esto es la siguiente: la proporcionalidad
entre un tiempo y otro lo define el índice 1/√(1-v2/c2). Aclaro para sortear
las limitaciones de FB: El denominador de esa ecuación es 1 menos un cociente
que refiere a v, la velocidad del individuo en cuestión, al cuadrado respecto o
divido por c, la velocidad de la luz también al cuadrado. Pero si nuestro
sujeto se desplaza justamente a esa velocidad por ser luz, el cociente último
se vuelve 1. Y 1 menos 1 es cero. Y si intentamos dividir por cero eso nos da
infinito. O sea, el tiempo para Jesús es infinito: no tiene ni principio ni
tiene fin.
Y esta propiedad no es exclusiva, para desilusión de los creyentes. Para un fotón, unidad de luz, que partió del Big Bang y que vemos aun hoy, 13700 millones de años después como radiación de fondo cósmico, todo ese largo período de tiempo se produjo en un solo instante, ya que para él el tiempo no transcurre. Es eterno, al igual que Jesús.
Así que la respuesta para el misterio de un Dios
eterno está incluida en el propio libro que plantea el misterio, tal cual
estructuraba sus cuentos Sir Arthur Conan Doyle.


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