Juan
Romero tenía 10 años cuando su familia emigró de México hacia California
buscando un futuro mejor. A los 17 años era todavía muy pobre así que para
poder atender a la secundaria Roosevelt de Los Angeles necesitaba trabajar
después de clase. Se iba al Ambassador Hotel donde trabajaba de botones. Esa
semana era muy importante para el Hotel. Ahí se alojó Robert Kennedy mientras
se desarrollaba la fundamental primaria demócrata que prácticamente le aseguraría
la nominación a la presidencia por su partido. El primer día le tocó llevarle
un pedido que había hecho a la habitación. Como era la costumbre, pensaba que
algún asistente recibiría el pedido con total indiferencia y si la suerte le
acompañaba recibiría una propina más o menos atractiva. Mayúscula fue su
sorpresa al ver que el propio candidato era quien le abrió la puerta y no solo
le recibió lo solicitado, sino que le estrechó la mano y le preguntó por su
nombre y también su edad. Juan se sintió conmovido por la dignidad y respeto
que por fin alguien mostró por él. Y se dio cuenta que la fama que precedía a Robert
Kennedy tenía mucho de cierta. La primaria de California arrojó una aplastante
victoria al candidato que prometía tolerancia racial, esperanza para los más
pobres y el fin de la absurda guerra de Vietnam. Con la impresión de su primer
encuentro todavía fresca, la noche del 5 de junio de 1968 Juan Romero se instaló
en la cocina por donde saldría el ahora triunfante candidato luego de su discurso
de agradecimiento. Quería felicitarlo personalmente y estrecharle la mano una
vez más. Y efectivamente, RFK avanzó en su dirección durante la desconcentración.
Lo miró con una sonrisa apacible que indicaba de inmediato que aun lo
recordaba. Las manos se estrecharon en el preciso momento que sonaron 8
disparos, 3 de los cuales impactaron en el cuello y el hombro de Kennedy que
inmediatamente se desplomó. Juan, con sus 17 años, se inclinó de inmediato con
la intención de ayudarlo a reincorporarse. Nadie más se atrevió a reaccionar.
Al verlo de cerca se dio cuenta que no iba a ser posible. Notó que el Senador
movía sus labrios. Arrimó su oído y escuchó las palabras "¿Están todos
bien?" Y el propio Juan nos cuenta
que sentía en ese momento que la vida de Robert Kennedy se desvanecía
literalmente de entre sus manos. Y con ella sintió que se desvanecían las esperanzas que
tenía de un futuro mejor.

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